120 años de Doctrina Social de la Iglesia

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El título en realidad es poco exacto: basta leer las cartas de San Pablo, o el Evangelio mismo para darnos cuenta de que el mensaje cristiano no es un conjunto de consideraciones intimistas exclusivamente espirituales, sino que implica una fuerte responsabilidad social. Sin embargo, como cuerpo doctrinal a se, desarrollado ex profeso por los Romanos Pontífices, ciertamente la Encíclica Rerum Novarum del 15 de mayo de 1891 marca un hito en el desarrollo doctrinal de la Iglesia, e inicia una serie de aportaciones de los papas al respecto, siendo la última encíclica dedicada a este apasionante tema Caritas in Veritate de Benedicto XVI.
Roma tiene la ventaja de la sabiduría, con la solera que dan los siglos aporta una perspectiva particularmente valiosa a los problemas del trepidante presente. Países, imperios, sistemas económicos y políticos pasan, pero la dignidad humana y el ansia de Dios permanecen, siendo la Iglesia testigo y levantando los Pontífices acta del drama humano. Las situaciones son diversas: Leon XIII levanta su voz contra los excesos del liberalismo, que oprimía duramente a la clase trabajadora, cuando la otra alternativa -el movimiento marxista entonces en ciernes- se manifestaba más nocivo que la misma enfermedad.
A 100 años de esta encíclica, Juan Pablo II sacaba a la luz “Centesimus annus”, constatando entonces la caída del comunismo: el fracaso del socialismo real como respuesta a los problemas de los trabajadores. Al mismo tiempo hacía notar que la doctrina social de la Iglesia no constituye una especie de “vía media” entre capitalismo y socialismo, sino que señalando las deficiencias de ambos sistemas, y rescatando lo rescatable de los mismos, simplemente se limita a ofrecer principios de reflexión, criterios de juicio y líneas de acción a tomar en cuenta. Las soluciones debemos idearlas a cada momento los ciudadanos corrientes, particularmente los políticos, desde la libertad y la correspondiente responsabilidad personales. La Iglesia no ofrece un sistema determinado, ni aporta soluciones  concretas a los acuciantes problemas sociales: simplemente recuerda las exigencias de la dignidad humana, y levanta la voz cuando esta dignidad no es convenientemente salvaguardada. Busca crear una cultura de la dignidad humana, que prevalezca sobre el capital y los medios de producción.
Más tarde Benedicto XVI, en medio de la dura crisis económica que todavía perdura, denuncia la insuficiencia del sistema económico actual (mucho antes de que surgiera en movimiento de “los indignados”), haciendo ver que sus carencias no son superficiales, sino de raíz. El individualismo a ultranza se muestra nocivo de la dignidad humana (convierte al hombre en “lobo del hombre”), haciendo que en su afán de poseer se destruya a sí mismo y a sus semejantes. Insta de nuevo a una cultura de la solidaridad, donde todos se sientan responsables de todos, no abandonando en el estado la responsabilidad exclusiva por los necesitados; rescata el papel de las sociedades intermedias, particularmente la familia, y formula el principio de gratuidad, antítesis del planteamiento capitalista.
Una vez más la familia debe recuperar su puesto primordial en la sociedad, ya que es ahí donde se aprende la gratuidad, donde se vive el desinterés en las relaciones humanas. La familia es –cuando no está enferma en sí misma- la mejor maestra de solidaridad, y por tanto la mejor escuela para aprender a vivir en sociedad. Una familia enferma no puede producir sino sociedades enfermas, donde abunden individuos aislados, egoístas, desinteresados por el prójimo: ningún sistema económico ni político es capaz a la larga de paliar estas deficiencias, y las soluciones momentáneas que se ofrezcan no serán sino parches superficiales, paños calientes, aspirinas para el cáncer, quedando intacto el verdadero problema.
A lo largo de estos 120 años la doctrina social de la Iglesia se ha enriquecido, ha profundizado; también algunas de las directrices de acción ofrecidas para problemas puntuales han sido superadas. Sin embargo sus aportaciones más profundas permanecen vivas: el empeño por construir una sociedad a la medida de la dignidad humana será siempre necesario.
Es deseable que no desoigamos las sugerencias que nos brinda (nunca busca imponer) el Magisterio: apela a la capacidad humana para descubrir la verdad, a la razón y a la sociabilidad humana; por ello sus propuestas pueden compartirse con personas de otros credos o sin ellos, pero de buena voluntad, comprometidas con la sociedad. ¡Ojala no sean rechazadas por simples prejuicios! por venir de quien vienen. En su momento ha denunciado la mentira que encierran el marxismo y el capitalismo a ultranza: hemos visto que dichos sistemas o han caído, o hacen agua por todos lados. Quizá todo ello nos invite a prestar más atención a esta voz que no busca imponer sus dogmas, sino sensibilizar a la sociedad con la dignidad de la persona humana.