22.4 por ciento de exito

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Me llegó el otro día una estadística sobre los factores que influyen para que una pareja no se divorcie. Parece que el divorcio aumenta (o disminuye) según seis factores: el ingreso económico a la casa, la educación, el momento en que se tienen los hijos, el momento del matrimonio, los antecedentes familiares, y la religiosidad. Cada factor tiene un peso diferente, por ejemplo, el factor del ingreso es de los más importantes. el estudio muestra que las parejas relativamente maduras, con un cierto grado de religiosidad, que vienen de familias estables, que ganan lo suficiente para minimizar las presiones financieras, y tienen la inteligencia y la disciplina para terminar ambos la Universidad y sacar con responsabilidad a los hijos son con mucho más capaces para tener matrimonios exitosos. Por otra parte los que manifiestan madurez, inteligencia y autodisciplina en otros modos tienen probabilidades de ser fuertes aunque les pueda costar un poco más. Y los que combinan la madurez humana con un profundo compromiso con los valores espirituales en el corazón de la vida de familia, tienen casi asegurado el éxito frenando desórdenes casi impredecibles. Nada de esto es absoluto, porque las personas varían y las circunstancias también. Las estadísticas nos enseñan a aprender del pasado para tener cierta visión del futuro. Y nos dicen que determinados comportamientos llevan a mejores consecuencias que otros.


Déjenme reflexionar en voz alta sobre esto. Ciertamente si los hijos ven un matrimonio sólido y bien avenido les será más fácil entender que el matrimonio no es una relación sin problemas, sin pleitos, sino una relación en la que el compromiso se pone por encima de todo eso. El ejemplo que la generación anterior da a la que sigue es muy importante, para el bien o para el mal. Si los padres defendieron el valor del matrimonio los hijos tendrán más motivos para hacerlo cuando les llegue la dificultad. Una segunda reflexión me viene de la necesidad de entender el compromiso matrimonial como un momento muy especial de madurez personal, no hablo de independencia, ni de autonomía, ni de vida sexual activa. Hablo de madurez, de capacidad para responsabilizarse de uno mismo y lo que es más importante poder ser responsable del otro y de los hijos que vayan a venir. La decisión por el otro en el matrimonio requiere tomarse con gran seriedad y no empujada por la fiebre que producen un montón de hormonas alborotadas.


Pero hay algo más todavía. Cuando sumamos todos estos factores dejan un margen, para ser exactos del 22.42 por ciento, de riesgo de divorcio. Esta es la parte de la libertad, del esfuerzo personal, de la decisión de seguir adelante, de la capacidad de perdonar. Si uno quiere lograr el matrimonio perfecto debe saber que no lo va a encontrar. Lo que va a encontrar en cada relación es la propuesta de entregar la propia libertad, la propia persona. Esta donación necesita el mejor caldo de cultivo posible, pero nunca se suplirá con nada. A lo mejor es lo que los ya vamos delante de la vida necesitamos recordar, necesitamos volver a poner nuestra donación al otro por delante de todo. A lo mejor es lo que las generaciones que nos siguen necesitan saber, que mientras no estén dispuestos a una donación incondicional, su matrimonio realmente no tiene nada, aunque tenga dinero, aunque tenga educación, aunque tengan hijos, aunque tengan la edad requerida, aunque sus padres sean maravillosos, y aunque vayan a misa todos los domingos.