JUAN PABLO II
I LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR
II EL ESPOSO ESTA CON VOSOTROS
Amadísimas familias:
1. La celebración del Año de la Familia me ofrece la grata
oportunidad de llamar a la puerta de vuestros hogares, deseoso de saludaros con
gran afecto y de acercarme a vosotros. Y lo hago mediante esta carta, citando
unas palabras de la Encíclica Redemptor hominis,
que publiqué al comienzo de mi ministerio petrino: El hombre es el camino de la Iglesia.
Con estas palabras deseaba referirme sobre todo a las múltiples
sendas por las que el hombre camino y, al mismo tiempo, quería subrayar cuán
vivo y profundo es el deseo de la Iglesia de acompañarle en recorrer los
caminos de su existencia terrena. La Iglesia toma parte en los gozos y
esperanzas, tristezas y angustias del camino cotidiano de los
hombres, profundamente persuadida de que ha sido Cristo mismo quien la conduce
por estos senderos: es El quien ha confiado el hombre a la Iglesia; lo ha
confiado como camino de su misión y
de su ministerio.
La
familia - camino de la Iglesia
2. Entre los numerosos caminos, la familia es el primero y el más importante. Es un camino común,
aunque particular, único e irrepetible, como irrepetible es todo hombre; un
camino del cual no puede alejarse el ser humano. En efecto, él viene al mundo
en el seno de una familia, por lo cual puede decirse que debe a ella el hecho mismo
de existir como hombre. Cuando falta la familia, se crea en la persona que
viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente
durante toda la vida. La Iglesia, con afectuosa solicitud, está junto a quienes
viven semejantes situaciones, porque conoce bien el papel fundamental que la
familia está llamada a desempeñar. Sabe, además, que normalmente el hombre sale de la familia para realizar,
a su vez, la propia vocación de vida en un nuevo núcleo familiar. Incluso
cuando decide permanecer solo, la familia continúa siendo, por así decirlo, su
horizonte existencial como comunidad fundamental sobre la que se apoya toda la
gama de sus relaciones sociales, desde las más inmediatas y cercanas hasta las
más lejanas. ¿No hablamos acaso de familia
humana al referirnos al conjunto de los hombres que viven en el mundo?
La familia tiene su origen en el mismo amor con que el Creador
abraza al mundo creado, como está expresado
al principio, en el libro del Génesis (1,1). Jesús ofrece una prueba suprema
de ello en el Evangelio: Tanto amó Dios
al mundo que dio a su Hijo único (Jn 3,16). El Hijo unigénito, consustancial al Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, entró
en la historia de los hombres a través de una familia: El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con
todo hombre. Trabajó con manos de hombre, ...amó con corazón de hombre. Nacido
de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a
nosotros excepto en el pecado. lo hace empezando por la
familia en la que eligió nacer y crecer. Se sabe que el Redentor transcurrió
gran parte de su vida oculta en Nazaret: sujeto
(Lc 2,51) como Hijo del hombre a
María, su Madre, y a José, el carpintero. Esta obediencia filial, ¿no es ya la primera expresión de aquella
obediencia suya al Padre hasta la muerte
(Flp 2,8), mediante la cual redimió al mundo?
El
misterio divino de la Encarnación del Verbo está, pues, en estrecha relación
con la familia humana. No sólo con una, la de
Nazaret, sino, de alguna manera, con cada familia, análogamente a cuanto el
Concilio Vaticano II afirma del Hijo de Dios, que en la Encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo
hombre. Siguiendo a Cristo venido al mundo para servir (Mt 20,28), la Iglesia considera el servicio a la
familia una de sus tareas esenciales. En este sentido, tanto el hombre como la
familia constituyen el camino de la
Iglesia.
El Año
de la Familia
3. Precisamente por estos motivos la Iglesia acoge con gozo la iniciativa, promovida por la
Organización de la Naciones Unidas, de
proclamar el 1994 Año Internacional de la Familia.
Tal iniciativa pone de manifiesto que la cuestión familia es
fundamental para los Estados miembros de la ONU. Si la Iglesia toma parte en
esta iniciativa es porque ha sido enviada por Cristo a todas las gentes (Mt 28,19). Por otra parte, no es la primera vez
que la Iglesia hace suya una iniciativa internacional de la ONU. Baste
recordar, por ejemplo, el Año Internacional de la Juventud, en 1985. También de
este modo, la Iglesia se hace presente en el mundo haciendo realidad la
intención tan querida al Papa Juan XXIII, inspiradora de la Constitución
conciliar Gaudium et spes.
En la fiesta de la
Sagrada Familia de 1993 se inauguró en toda la Comunidad Eclesial el Año de la
Familia, como unas de las etapas significativas
en el itinerario de preparación para el Gran Jubileo del año 2.000, que
señalará el fin del segundo y el inicio del tercer Milenio del nacimiento de
Jesucristo. Este Año debe orientar nuestros pensamientos y nuestros corazones
hacia Nazaret, donde el 26 de diciembre pasado ha sido inaugurado con una
solemne Celebración eucarística, presidida por el Legado Pontificio.
A lo largo de este Año será importante descubrir los testimonios del amor y solicitud de la
Iglesia por la familia: amor y solicitud expresados ya desde los inicios
del cristianismo, cuando la familia era considerada significativamente como iglesia doméstica. En nuestros días
recordamos frecuentemente la expresión iglesia
doméstica, que el Concilio ha hecho suya y cuyo contenido deseamos
que permanezca siempre vivo y actual. Este deseo no disminuye al ser
conscientes de las nuevas condiciones de vida de las familias en el mundo de
hoy. Precisamente por esto es mucho más significativo el título que el Concilio
eligió, en la Constitución pastoral Gaudium
et spes, para indicar los cometidos de la Iglesia en la situación actual: Fomentar la dignidad del matrimonio y de la
familia. Después del Concilio, otro
punto importante de referencia es la Exhortación apostólica Familiarnte Carta me dirijo no a la familia en abstracto, sino a cada familia de cualquier región de la tierra, dondequiera que se
halle geográficamente y sea cual sea la diversidad y complejidad de su cultura
y de su historia. El amor con que tanto
amó Dios al mundo (Jn 3,16), el amor con que Cristo amó hasta el extremo a todos y cada uno (Jn 13,1), hace posible
dirigir este mensaje a cada familia, célula
vital de la grande y universal familia
humana. El Padre, Creador del universo, y el Verbo encarnado, Redentor de la
humanidad, son la fuente de esta apertura universal a los hombres como hermanos
y hermanas, e impulsan a abrazar a todos
con la oración que comienza con las hermosas palabras: Padre nuestro.
La oración hace que el Hijo de Dios habite en medio de nosotros: Donde están dos o tres reunidos en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,20). Esta Carta alas
Familias quiere ser ante todo una súplica a Cristo para que permanezca en cada
familia humana; una invitación, a través de la pequeña familia de padre e
hijos, para que El esté presente en la fran familia de las naciones, a fin de
que todos, junto con El, podamos decir de verdad: ¡Padre nuestro!. Es necesario que la oración sea el elemento
predominante del Año de la Familia en la Iglesia: oración de la familia, por la
familia y con la familia.
Es significativo que, precisamente en la oración y mediante la oración, el
hombre descubra de manera sencilla y profunda su propia subjetividad típica:
en la oración el yo humano percibe
más fácilmente la profundidad de su ser como persona. Esto es válido también para la familia, que no es solamente la célula fundamental de la sociedad, sino
que tiene también su propia subjetividad, la cual encuentra precisamente su primera
y fundamental confirmación y se consolida cuando sus miembros invocan juntos: Padre nuestro. La oración refuerza la
solidez y la cohesión espiritual de la familia, ayudando a que ella participe
de la fuerza de Dios. En la solemne bendición nupcial, durante el rito del
Matrimonio, el celebrante implora al Señor:
Infunde sobre ellos (los novios) la gracia del Espíritu Santo, a fin de que, en
virtud de tu amor derramado en sus corazones, permanezcan fieles a la alianza
conyugal. Es de esta efusión del Espíritu Santo de donde
brota el vigor interior de las familias, así como la fuerza capaz de unirlas en
el amor y en la verdad.
Amor y solicitud por todas las familias
5. ¡Ojalá que el Año de la Familia llegue
a ser una oración colectiva e incesante de cada iglesia doméstica y de todo el pueblo de Dios! Que esta oración
llegue también a las familias en dificultad o en peligro, las desesperanzadas o
divididas, y las que se encuentran en situaciones que la Familiaris consortio califica como irregulares. ¡Que todas puedan sentirse abrazadas por el amor y la solicitud de los
hermanos y hermanas!
Que la oración, en el Año de la Familia, constituya ante todo un
testimonio alentador por parte de las familias que, en la comunión doméstica,
realizan su vocación de vida humana y cristiana. ¡Son tantas en cada nación,
diócesis y parroquia! Se puede pensar razonablemente que esas familia
constituyan la norma, aun teniendo en
cuanta las no pocas situaciones
irregulares. Y la experiencia demuestra cuán importante es el papel de una
familia coherente con las normas morales, para que el hombre, que nace y se
forma en ella, emprenda sin incertidumbres el camino del bien, inscrito siempre en su corazón. En
nuestros días, ciertos programas sostenidos por medios muy potentes parecen
orientarse por desgracia a la disgregación de las familias. A veces parece
incluso que, con todos los medios, se intente presentar como regulares y atractivas -con apariencias
exteriores seductoras- situaciones que en realidad son irregulares.
En efecto, tales situaciones contradicen la verdad y el amor que deben inspirar la recíproca relación entre
hombre y mujer y, por tanto son causa de tensiones y divisiones en las
familias, con graves consecuencias especialmente sobre los hijos. Se oscurece
la conciencia moral, se deforma lo que es verdadero, bueno y bello, y la
libertad es suplantada por una verdadera y propia esclavitud. Ante todo esto,
¡qué actuales y alentadoras resultan las palabras del apóstol Pablo sobre la
libertad con que Cristo nos ha liberado, y sobre la esclavitud causada por el
pecado (cf. Gál 5,1)!
Vemos, por tanto, cuán oportuno e incluso
necesario es para la Iglesia un Año de la Familia; qué indispensable esrmal'>irregulares.
En efecto, tales situaciones contradicen la verdad y el amor que deben inspirar la recíproca relación entre
hombre y mujer y, por tanto son causa de tensiones y divisiones en las
familias, con graves consecuencias especialmente sobre los hijos. Se oscurece
la conciencia moral, se deforma lo que es verdadero, bueno y bello, y la
libertad es suplantada por una verdadera y propia esclavitud. Ante todo esto,
¡qué actuales y alentadoras resultan las palabras del apóstol Pablo sobre la
libertad con que Cristo nos ha liberado, y sobre la esclavitud causada por el
pecado (cf. Gál 5,1)!
Vemos, por tanto, cuán oportuno e incluso
necesario es para la Iglesia un Año de la Familia; qué indispensable es el testimonio de todas las familias que
viven cada día su vocación; cuán urgente es una
gran oración de las familias, que aumente y abarque el mundo entero, y en
la cual se exprese una acción de gracias por el amor en la verdad, por la efusión de la gracia del Espíritu Santo, por la presencia de Cristo
entre padres e hijos: Cristo Redentor y Esposo, que nos amó hasta el extremo (cf. Jn 13,1). Estamos plenamente
persuadidos de que este amor es más
grande que todo (Cf. 1 Cor 13,13); y creemos que es capaz de superar
victoriosamente todo lo que no sea amor.
¡Que se eleve incesantemente durante este Año la oración de la
Iglesia, la oración de las familias, iglesias
domésticas! Y que sea acogida por Dios y escuchada por los hombres, para que
no caigan en la duda, y los que vacilan a causa de la fragilidad humana no
cedan ante la atracción tentadora de los bienes sólo aparentes, como son los
que se proponen en toda tentación.
En Caná de Galilea, donde Jesús fue invitado a un banquete de bodas,
su Madre se dirige a los sirvientes diciéndoles: Haced lo que él os diga (Jn 2,5). También a nosotros, que
celebramos el Año de la Familia, dirige María esas mismas palabras. Y lo que
Cristo nos dice, en este particular momento histórico, constituye una fuerte
llamada a una gran oración con las familias y por las familias. Con esa
plegaria la Virgen Madre nos invita a unirnos a los sentimientos de su Hijo,
que ama a cada familia. El manifestó este amor al comienzo de su misión de
Redentor, precisamente con su presencia santificadora en Caná de Galilea,
presencia que permanece todavía.
Oremos por las familias de todo el mundo. Oremos, por medio de
Cristo, con Cristo y en Cristo, al Padre
de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra (cf. Ef 3,15).
I LA CIVILIZACION DEL AMOR
Varón y mujer los creó
6. El cosmos, inmenso y diversificado, el mundo de todos los seres
vivientes, está inscrito en la paternidad
de Dios como su fuente, (Cf. Ef 3, 14-16). Está inscrito, naturalmente,
según el criterio de la analogía, gracias al cual no es posible distinguir, ya
desde el comienzo del libro del Génesis, la realidad de la paternidad y
maternidad y, por consiguiente, también la realidad de la familia humana. Su
clave interpretativa está en el principio de la imagen y semejanza de
Dios, que el texto bíblico pone de relieve (Gén 1,26). Dios crea en virtud de
su palabra: ¡Hágase! (cf. Gén 1,3).
Es significativo que esta palabra de Dios, en el caso de la creación del
hombre, sea completada con estas otras: Hagamos
al hombre a nuestra imagen y semejanza (Gén 1,26). Antes de crear al
hombre, parece como si el Creador entrara dentro de sí mismo para buscar el
modelo y la inspiración en el misterio de su Ser, que ya aquí se manifiesta de
alguna manera como el Nosotros
divino. De este misterio surge, por medio de la creación, el ser humana: Creó Dios al hombre a imagen suya: a
imagen de Dios le creó; varón y mujer los
creó (Gén 1,27).
Bendiciéndolos, dice Dios a los nuevos seres: Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla (Gén
1,28). El libro del Génesis usa expresiones ya utilizadas en el contexto de la
creación de los otros seres vivientes: Multiplicaos;
pero su sentido analógico es claro. ¿No es precisamente ésta, la analogía de la
generación y de la paternidad y maternidad, la que resalta a la luz de todo el
contexto? Ninguno de los seres vivientes, excepto el hombre, ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. La
paternidad y maternidad humanas, aun siendo
biológicamente parecidas a las de otros seres de la naturaleza, tienen en
sí mismas, de manera esencial y exclusiva, una semejanza con Dios, sobre la que se funda la familia, entendida
como comunidad de vida humana, como comunidad de personas unidas en el amor (communio personarum).
A la luz del Nuevo Testamento es posible descubrir que el modelo originario de la familia hay que
buscarlo en Dios mismo, en el misterio trinitario de su vida. El Nosotros divino constituye el modelo eterno
del nosotros humano; ante todo, de
aquel nosotros que está formado por
el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza divina. Las palabras del
libro del Génesis contienen aquella verdad sobre el hombre que concuerda con la
experiencia misma de la humanidad. El hombre es creado desde el principio como varón y mujer: la vida
de la colectividad humana -tanto de las pequeñas comunidades como de la
sociedad entera- lleva la señal de esta dualidad originaria. De ella derivan la
masculinidad y la femineidad de cada individuo, y de ella
cada comunidad asume su propia riqueza característica en el complemento
recíproco de las persona. A esto parece referirse el fragmento del libro del
Génesis: Varón y mujer los creó (Gén
1,27). Esta es también la primera afirmación de la igual dignidad del hombre y
de la mujer: ambos son personas igualmente. Esta constitución suya, de la que
deriva su dignidad específica, muestra desde el principio las características del bien común de la humanidad y
la mujer aportan su propia contribución, gracias a la cual se encuentran, en la
raíz misma de la convivencia humana, el carácter de comunión y de
complementariedad.
La
alianza conyugal
7. La familia ha
sido considerada siempre como al expresión primera y fundamental de la naturaleza social del hombre. En su
núcleo esencial esta visión no ha cambiado ni siquiera en nuestros días. Sin
embargo, actualmente se prefiere poner de relieve todo lo que en familia -que
es la más pequeña y primordial comunidad humana- representa la aportación
personal del hombre y de la mujer. En efecto, la familia es una comunidad de
personas, para las cuales el propio modo de existir y vivir juntos es la
comunión: communio personarum.
También aquí, salvando la absoluta trascendencia del Creador respecto de la
criatura, emerge la referencia ejemplar al Nosotros
divino. Sólo las personas son capaces
de existir en comunión. La familia
arranca de la comunión conyugal que el Concilio Vaticano II califica como alianza, por la cual el hombre y la mujer se entregan y aceptan mutuamente.
El libro del Génesis nos presenta esta verdad cuando, refiriéndose
a la constitución de la familia mediante el matrimonio, afirma que dejará el hombre a su padre y a su madre y
se unirá a su mujer, y se harán una sola carne (Gén 2,24). En el Evangelio,
Cristo polemizando con los fariseos, cita esas mismas palabras y añade: De manera que ya no son dos, sino una sola
carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre (Mt 19,6). El
revela de nuevo el contenido normativo de una realidad que existe desde el principio (Mt 19,8) y que conserva
siempre en sí misma dicho contenido. Si el Maestro lo confirma ahora, en el umbral de la Nueva Alianza,
lo hace para que sea claro e inequívoco el carácter indisoluble del matrimonio,
como fundamento del bien común de la
familia.
Cuando junto con el Apóstol, doblamos las
rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad y maternidad (cf.
Ef 3, 14-15), somos conscientes de que ser padres es el evento mediante el cual
la familia, ya constituida por la alianza del matrimonio, se realiza en sentido pleno y específico. La maternidad implica necesariamente la paternidad y,
recíprocamente, la paternidad implica necesariamente
la maternidad: es el fruto de la dualidad, concedida por el Creador al ser
humano desde el principio.
Me he referido a dos conceptos afines entre sí, pero no idénticos:
comunión y comunidad. La comunión
se refiere a la relación personal entre el yo
y el tu. La comunidad, en cambio, supera este esquema apuntando hacia una sociedad, un nosotros. La familia, comunidad de personas, es por consiguiente la
primera sociedad humana. Surge cuando
se realiza la alianza del matrimonio, que abre a los esposos a una perenne
comunión de amor y de vida, y se completa plenamente y de manera específica al
engendrar los hijos: la comunión de
los cónyuges da origen a la comunidad
familiar. Dicha comunidad está conformada profundamente por aquello que
constituye la esencia propia de la comunión.
¿Puede existir, a nivel humano, una de quien toma nombre toda
paternidad, para que su paternidad y maternidad encuentren en aquella fuente la
fuerza para renovarse continuamente en el amor.
Paternidad y maternidad son en sí mismas una particular
confirmación del amor, cuya extensión y profundidad originaria nos descubren.
Sin embargo, esto no sucede automáticamente. Es más bien un cometido confiado a
ambos: al marido y a la mujer. En su vida la paternidad y la maternidad
constituyen una novedad y una riqueza
sublime, a la que no pueden acercarse sino es de rodillas.
La experiencia enseña que el amor humano, orientado por su
naturaleza hacia la paternidad y la maternidad, se ve afectado a veces por una crisis profunda y por tanto se encuentra
amenazado seriamente. En tales casos, habrá que pensar en recurrir a los
servicios ofrecidos por los consultorios matrimoniales y familiares, mediante
los cuales es posible encontrar ayuda, entre otros, de psicólogos y
psicoterapeutas específicamente preparados. Sin embargo, no se puede olvidar
que son siempre válidas las palabras del Apóstol: Doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en
el cielo y en la tierra (Ef 3, 14-15). El matrimonio, el matrimonio
sacramento, es una alianza de personas en el amor. Y el amor puede ser profundizado y custodiado solamente por el Amor, aquel
Amor que es derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom 5,5). La oración del
Año de la Familia, ¿no debería concentrarse en el punto crucial y decisivo del
paso del amor conyugal a la generación y, por tanto, a la paternidad y
maternidad?
¿No es precisamente entonces cuando resulta indispensable la efusión de la gracia del Espíritu Santo,
implorada en la celebración litúrgica del sacramento del matrimonio?
El Apóstol, doblando sus rodillas ante el Padre, lo invoca para
que conceda... ser fortalecidos por la
acción de su Espíritu en el hombre interior (Ef 3,16). Esta fuerza del hombre interior es necesaria
en la vida familiar, especialmente en sus momentos críticos, es decir, cuando
el amor -manifestado en el rito litúrgico del consentimiento matrimonial con
las palabras: Prometo serte fiel... todos
los días de mi vida- está llamado a superar una difícil prueba.
Unidad de los dos
8. Solamente las personas
son capaces de pronunciar estas palabras; sólo ellas pueden vivir en comunión, en base a su recíproca
elección, que es o debería ser plenamente consciente y libre. El libro del
Génesis, al decir que el hombre abandonará al padre y a la madre para unirse a
su mujer (cf. Gén 2,24), pone de relieve la elección
consciente y libre, que es el origen del matrimonio, convirtiendo en marido
a un hijo y en mujer a una hija. ¿Cómo puede entenderse adecuadamente esta
elección recíproca si no se considera la plena verdad de la persona, o sea, su
ser racional y libre? El Concilio Vaticano II habla de la semejanza con Dios
usando términos muy significativos. Se refiere no solamente a la imagen y
semejanza divina que todo ser humano posee ya de por sí, sino también y sobre
todo a una cierta semejanza entre la
unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y el
amor.
Esta formulación, particularmente rica de contenido, confirma ante
todo aquello que determina la identidad íntima de cada hombres y de cada mujer.
Esta identidad consiste en la capacidad
de vivir en la verdad y en el amor; más aún, consiste en la necesidad de
verdad y de amor como dimensión constitutiva de la vida de la persona. Tal
necesidad de verdad y de amor abre al hombre tanto a Dios como a las criaturas.
Lo abre a las demás personas, a la vida
en comunión, particularmente al matrimonio y a la familia. En las palabras
del Concilio, la comunión de las
personas deriva, en cierto modo, del misterio del Nosotros trinitario y, por tanto, la comunión conyugal se refiere también a este misterio. La familia,
que se inicia con el amor del hombre y la mujer, surge radicalmente del
misterio de Dios. Esto corresponde a la esencia más íntima del hombre y de la
mujer, y a su natural y auténtica dignidad de personas.
El hombre y la mujer en el matrimonio se unen entre sí tan
estrechamente que vienen a ser -según el libro del Génesis- una sola carne (Gén 2,24). Los dos
sujetos humanos, aunque somáticamente diferentes por constitución física como
varón y mujer, participan de modo similar
de aquella capacidad de vivir en la
verdad y el amor. Esta capacidad, característica del ser humano en cuanto
persona, tiene a la vez una dimensión espiritual y corpórea. Es también a
través del cuerpo como el hombre y la mujer están predispuestos a tomar una comunión de personas en el matrimonio.
Cuando, en virtud de la alianza conyugal, ellos se unen de modo que llegan a
ser una sola carne (Gén 2,24), su unión debe realizarse en la verdad y el amor, poniendo así de
relieve la madurez propia de las personas creadas a imagen y semejanza de Dios.
La familia que nace de esta unión basa su solidez interior en la
alianza entre los esposos, que Cristo elevó a Sacramento. La familia recibe su
propia naturaleza comunitaria -más aún, sus características de comunión -de aquella comunión
fundamental de los esposos que se prolonga en los hijos. ¿Estáis dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los
hijos, y a educarlos...?, les pregunta el celebrante durante el rito del
matrimonio. La respuesta de los novios
corresponde a la íntima verdad del amor que los une.
Sin embargo, su unidad, en vez de encerrarlos en sí mismos, los
abre a una nueva vida, a una nueva persona. Como padres, serán capaces de dar
la vida a un ser semejante a ellos, no solamente hueso de sus huesos y carne de su carne (cf. Gén 2,23), sino
imagen y semejanza de Dios, esto es, persona.
Al preguntar: ¿Estáis dispuestos?, la Iglesia recuerda a los
novios que se hallan ante la potencia
creadora de Dios. Están llamados a ser padres, o sea, a cooperar con el
Creador dando la vida. Cooperar con Dios llamando a la vida a nuevos seres
humanos significa contribuir a la transmisión de aquella imagen y semejanza divina
de la que es portador todo nacido de
mujer.
Genealogía de la persona
9. Mediante la comunión de personas, que se realiza en el
matrimonio, el hombre y la mujer dan origen a la familia. Con ella se relaciona
la genealogía de cada hombre: la
genealogía de la persona. La paternidad y la maternidad humanas están
basadas en la biología y, al mismo tiempo, la superan. El Apóstol, doblando las rodillas ante el Padre, de
quien toma nombre toda paternidad [y
toda maternidad] en los cielos y en la tierra, pone ante
nuestra consideración, en cierto modo, el mundo entero de los seres vivientes,
tanto los espirituales del cielo como los corpóreos de la tierra. Cada
generación halla su modelo originario en la Paternidad de Dios. Sin embargo, en
el caso del hombre, esta dimensión cósmica
de semejanza con Dios no basta para definir adecuadamente la relación de
paternidad y maternidad. Cuando la unión conyugal de los dos nace un nuevo
hombre, éste trae consigo al mundo una particular imagen y semejanza de Dios
mismo: en la biología de la generación
está inscrita la genealogía de la persona.
Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son colaboradores de
Dios Creador en la concepción y generación de un nuevo ser humano, no nos referimos sólo al
aspecto biológico; queremos subrayar más bien que en la paternidad y maternidad humanas Dios mismo está presente de un modo diverso de como lo está en
cualquier otra generación sobre la tierra.
En efecto, solamente de Dios puede provenir aquella imagen y semejanza, propia del ser humano, como sucedió en la
creación. La generación es, por consiguiente, la continuación de la creación.
Así pues, tanto en la concepción como en el nacimiento de nuación de la creación.
Así pues, tanto en la concepción como en el nacimiento de un nuevo
ser, los padres se hallan ante un gran
misterio (Ef 5,32). También el nuevo
ser humano, igual que sus padres, es
llamado a la existencia como persona y a
la vida en la verdad y en el amor. Esta llamada se refiere no sólo a lo
temporal, sino también a lo eterno. Tal es la dimensión de la genealogía de la
persona, que Cristo nos ha revelado definitivamente, derramando la luz del
Evangelio sobre el vivir y el morir humanos y, por tanto, sobre el significado
de la familia humana.
Como afirma el Concilio, el hombre es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma. El origen del hombre no se
debe sólo a las leyes de la biología, sino directamente a la voluntad creadora
de Dios: voluntad que llega hasta la genealogía de los hijos e hijas de las
familias humanas. Dios ha amado al hombre
desde el principio y lo sigue amando en cada concepción y nacimiento humano.
Dios ama al hombre como un ser
semejante a El, como persona. Este hombre, todo hombres, es creado por Dios por si mismo. Esto es válido para todos,
incluso para quienes nacen con enfermedades o limitaciones. En la constitución
personal de cada uno está inscrita la voluntad de Dios que ama al hombre, el
cual tiene como fin, en cierto sentido, a sí mismo. Dios entrega la hombre a sí
mismo, confiándolo contemporáneamente a la familia y a la sociedad, como
cometido propio. Los padres, ante un nuevo ser humano, tienen o deberían tener
plena conciencia de que Dios ama a
este hombre por sí mismo.
Esta expresión sintética es muy profunda. Desde el momento de la
concepción y, más tarde, del nacimiento, el nuevo ser está destinado a expresar plenamente su humanidad, a
encontrarse plenamente como persona.
El destino último del hombre, ¿no está en contraste con la
afirmación de que Dios ama al hombre por
sí mismo? Si es creado para la vida divina, ¿existe verdaderamente el
hombre para sí mismo? Esta es una
pregunta clave, de gran interés, tanto para el inicio como para el final de la
existencia terrena: es importante para todo el curso de la vida, Dios lo
apartara definitivamente de su existir por
sí mismo. ¿Qué relación hay entre la
vida de la persona y su participación en la vida trinitaria? Responde san
Agustín: Nuestro corazón está inquieto
hasta que no descanse en ti. Este corazón inquieto indica que no hay contradicción entre una y otra
finalidad, sino más bien una relación, una coordinación y unidad profunda. Por
su misma genealogía, la persona, creada a imagen y semejanza de Dios, participando precisamente en su Vida,
existe por sí misma y se realiza. El contenido de esta realización es la
plenitud de vida en Dios, de la que habla Cristo (cf. Jn 6, 37-4C), quien nos
ha redimido previamente para introducirnos en ella (cf. Mc 10,45).
Los esposos desean los hijos para sí, y en ellos ven la coronación
de su amor recíproco. Los desean para la famiidi-language:AR-SA'>[20] Este corazón inquieto indica que no hay contradicción entre una y otra
finalidad, sino más bien una relación, una coordinación y unidad profunda. Por
su misma genealogía, la persona, creada a imagen y semejanza de Dios, participando precisamente en su Vida,
existe por sí misma y se realiza. El contenido de esta realización es la
plenitud de vida en Dios, de la que habla Cristo (cf. Jn 6, 37-4C), quien nos
ha redimido previamente para introducirnos en ella (cf. Mc 10,45).
Los esposos desean los hijos para sí, y en ellos ven la coronación
de su amor recíproco. Los desean para la familia, como don más excelente. En el amor conyugal, así
como en el amor paterno y materno, se inscribe la verdad sobre el hombre,
expresada de manera sintética y precisa por el Concilio al afirmar que Dios ama al hombre por sí mismo. Con el amor
de Dios ha de armonizarse el de los padres. En ese sentido, éstos deben amar a la nueva criatura humana
como la ama el Creador. El querer humano está siempre e inevitablemente
sometido a la ley del tiempo y de la caducidad. En cambio, el amor divino es
eterno. Antes de haberte formado yo en el
seno materno, te conocía -escribe el profeta Jeremías-, y antes que nacieses,
te tenía consagrado (1,5). La genealogía de la persona está, pues, unida
ante todo con la eternidad de Dios, y en segundo término con la paternidad y
maternidad humana que se realiza en el tiempo. Desde el momento mismo de la
concepción el hombre está ya ordenado a la eternidad en Dios.
El bien común del matrimonio y de la familia
10. El consentimiento matrimonial define y hace estable el bien que es común al matrimonio y a la
familia. Te quiero a ti,... como esposa -como esposo- y me entro a ti, y
prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la
enfermedad, todos los días de mi vida. El matrimonio es una
singular comunión de personas. Sobre la base de esta comunión, la familia está
llamada a ser comunidad de personas. Es un compromiso que los novios asumen ante Dios y su Iglesia, como les
recuerda el celebrante en el momento de expresarse mutuamente el
consentimiento. De este compromiso son
testigos quienes participan en el rito; en ellos están representadas, en cierto
modo, la Iglesia y la sociedad, ámbitos vitales de la nueva familia.
Las palabras del consentimiento matrimonial definen lo que
constituye el bien común de la pareja y
de la familia. Ante todo, el bien común de los esposos, que es el amor, la
fidelidad, la honra, la duración de su unión hasta la muerte: todos los días de mi vida. El bien de
ambos, que lo es de cada uno, deberá ser también el bien de los hijos. El bien
común, por su naturaleza, a la vez que une a las personas, asegura el verdadero
bien de cada una. Si la Iglesia, como por otra parte el Estado, recibe el
consentimiento de los esposos, expresado con las palabras anteriormente
citadas, lo hace porque está escrito en
sus corazones (cf. Rom 2,15). Los esposos se dan mutuamente el consentimiento
matrimonial, prometiendo, es decir, confirmando ante Dios, la verdad de su
consentimiento. En cuanto bautizados, ellos son, en la Iglesia, los ministros
del sacramento del matrimonio. San Pablo enseña que este recíproco compromiso
es un gran misterio (Ef 5,32).
Las palabras del consentimiento expresan, pues, lo que constituye
el bien común de los esposos e indican lo
que debe ser el bien común de la futura familia. Para ponerlo en evidencia la
Iglesia les pregunta si están dispuestos a recibir y educar cristianamente a
los hijos que Dios le conceda. La pregunta se refiere al bien común del futuro
núcleo familia, teniendo presente la genealogía de las personas, que está
inscrita en la constitución misma del matrimonio y de la familia. La pregunta
sobre los hijos y su educación está vinculada estrictamente con el
consentimiento matrimonial, con la promesa de amor, de respeto conyugal, de
fidelidad hasta la muerte. La acogida y educación de los hijos -dos de los
objetivos principales de la familia- están condicionadas por el cumplimiento de
ese compromiso. La paternidad y la maternidad representan un cometido de naturaleza no simplemente
física, sino espiritual; en efecto, por ellas pasa la genealogía de la
persona, que tiene su inicio eterno en Dios y que debe conducir a El.
El Año de la Familia, año de especial oración de las familias,
debería concientizar a cada familia sobre esto de un modo nuevo y profundo.
¡Qué riqueza de aspectos bíblicos podría constituir el substrato de esa
oración! Es necesario que a las palabras de la Sagrada Escritura se añada
siempre el recuerdo personal de los
esposos-padres, y el de los hijos y nietos. Mediante la genealogía de las
personas, la comunión conyugal se hace comunión
de generaciones. La unión sacramental de los dos, sellada con la alianza
realizada ante Dios, perdura y se consolida con la sucesión de las
generaciones. Esta unión debe convertirse en unidad de oración. Pero para que
esto pueda transparentarse de manera significativa en el Año de la Familia, es
necesario que la oración se convierta en una costumbre radicada en la vida
cotidiana de cada familia. La oración es acción de gracias, alabanza a Dios,
petición de perdón, súplica e invocación. En cada una de estas formas, la oración de la familia tiene mucho que
decir a Dios. También tiene mucho que decir a los hombres, empezando por la
reciproca comunión de personas unidas por lazos familiares.
¿Qué es el hombre para
que te acuerdes de él? (Sal 8,5), se pregunta el
salmista. La oración es la situación en la cual, de la manera más sencilla, se
manifiesta el recuerdo creador y paternal de Dios: no sólo y no tanto el
recuerdo de Dios por parte del hombre, sino más bien el recuerdo del hombre por parte de Dios. Por esto, la oración de
la comunidad familiar puede convertirse en ocasión de recuerdo común y
recíproco; en efecto, la familia es la comunidad de generaciones. En la oración
todos deben estar presentes: los que viven y quienes ya han muerto, como también
los que aún tienen que venir al mundo. Es preciso que en la familia se ore por
cada uno, según la medida del bien que para él constituye la familia y del bien
que él constituye para la familia. La oración confirma más sólidamente ese
bien, precisamente como bien común familiar. Más aún, la oración es el inicio
también de este bien, de modo siempre renovado. En la oración, la familia se
encuentra como el primer nosotros en el que cada uno es yo y tu; cada uno es
para el otro marido o mujer, padre o madre, hijo o hija, hermano o hermana,
abuelo o nieto.
¿Son así las familias a las que me dirijo con esta Carta?
Ciertamente no pocas son así, pero en la época actual se ve la tendencia a
restringir el núcleo familia al ámbito de dos generaciones. Esto sucede a
menudo por la escasez de viviendas disponibles, sobre todo en las grandes
ciudades. Pero muchas veces esto es debido también a la convicción de que
varias generaciones juntas son un obstáculo para la intimidad y hacen demasiado
difícil la vida. Pero, ¿no es precisamente éste el punto más débil? Hay poca vida verdaderamente humana en las
familias de nuestros días. Faltan las personas con las que crear y
compartir el bien común; y sin embargo el bien, por su naturaleza, exige ser
creado y compartido con otros: el bien
tiende a difundirse (boum est
diffusivum sui). El bien cuanto más común
es, tanto más propio es también: mío
-tuyo- nuestro. Esta es lo lógica intrínseca del vivir en el bien, en la verdad
y en la caridad. Si el hombre saber aceptar esta lógica y seguirla, su
existencia llega a ser verdaderamente una entrega
sincera.
La entrega sincera de sí
mismo
11. El Concilio, al afirmar que el hombre es la única criatura sobre
la tierra amada por Dios por sí misma, dice a continuación que él no puede encontrarse plenamente a sí mismo
sino en la entrega sincera de sí mismo. Esto podría parecer una
contradicción, pero no lo es absolutamente. Es, más bien, la gran y maravillosa
paradoja de la existencia humana: una existencia llamada a servir la verdad en el amor. El amor hace que el hombre se realice
mediante la entrega sincera de sí mismo. Amar significa dar y recibir lo que no
se puede comprar ni vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente.
La entrega de la persona exige, por su naturaleza, que sea
duradera e irrevocable. La indisolubilidad del matrimonio deriva primariamente
de la esencia de esa entrega: entrega de
la persona a la persona. En este entregarse recíproco se manifiesta el carácter esponsal del amor. En el
consentimiento matrimonial los novios se llaman con el propio nombre: Yo, ... te quiero a ti, ... como esposa
(como esposo) y me entrego a ti, y prometo serte fiel... todos los días de mi
vida. Semejante entrega obliga mucho más intensa y profundamente que todo
lo que puede ser comprado a cualquier
precio. Doblando las rodillas ante el Padre, del cual proviene toda parternidad
y maternidad, los futuros padres se hacen conscientes de haber sido redimidos. En efecto, han sido comprados
a un precio elevado, al precio de la
entre más sincera posible, la sangre de
Cristo, en la que participan por medio del sacramento. Coronamiento
litúrgico del rito matrimonial es la Eucaristía -sacrificio del cuerpo entregado y de la sangre derramada-, que en el
consentimiento de los esposos encuentra, de alguna manera, su expresión.
Cuando el hombre y la mujer, en el matrimonio, se entregan y se
reciben recíprocamente en la unidad de una
sola carne, la lógica de la entrega sincera entra en sus vidas. Sin
aquélla, el matrimonio sería vacío, mientras que la comunión de las personas,
edificada sobre esa lógica, se convierte en comunión de los padres. Cuando
transmiten la vida al hijo un nuevo tu
humano se inserta en la órbita del nosotros
de los esposos, una persona que ellos llamarán con un nombre nuevo: nuestro hijo...; nuestra hija... He
adquirido un varón con el favor del Señor (Gén 4,1), dice Eva, la primera
mujer de la historia. Un ser humano, esperado durante nueve meses y manifestado después a los padres,
hermanos y hermanas. El proceso de la concepción y del desarrollo en el seno
materno, el parto, el nacimiento, sirven para crear como un espacio adecuado
para que la nueva criatura pueda manifestarse como don. Asi es, efectivamente, desde el principio. ¿Podría, quizás,
calificarse de manera diversa este ser frágil e indefenso, dependiente en todo
de sus padres y encomendado completamente a ellos? El recién nacido se entrega
a los padres por el hecho mismo de nacer. Su
vida es ya un don, el primer don del Creador a la criatura.
En el recién nacido se
realiza el bien común de la familia. Como el bien
común de los esposos encuentra su cumplimiento en el amor esponsal, dispuesto a
dar y acoger la nueva vida, así el bien común de la familia se realiza mediante
el mismo amor esponsal concretado en el recién nacido. En la genealogía de la
persona está inscrita la genealogía de la familia, lo cual quedará para memoria
mediante las anotaciones en el registro de Bautismos, aunque éstas no son más
que la consecuencia social del hecho de
que ha nacido un hombre en el mundo (Jn 16,21).
Ahora bien, ¿es también verdad que el nuevo ser humano es un don
para los padres? ¿Un don para la sociedad? Aparentemente nada parece indicarlo.
El nacimiento de un ser humano parece a veces un simple dato estadístico,
registrado como tantos otros en los balances demográficos. Ciertamente, el
nacimiento de un hijo significa para los padres ulteriores esfuerzos, nuevas
cargas económicas, otros condicionamientos prácticos. Estos motivos pueden
llevarlos a la tentación de no desear
otro hijo En algunos ambiente
sociales y culturales la tentación resulta más fuerte. El hijo, ¿no es, pues,
un don? ¿Viene sólo para recibir y no para dar? He aquí algunas cuestiones
inquietantes, de las que el hombre actual no se libra fácilmente. El hijo viene a ocupar un espacio, mientras parece
que en el mundo cada vez haya menos. Pero, ¿es realmente verdad que l hijo
no aporta nada a la familia y a la sociedad? ¿No es quizás una partícula de aquel bien común sin el
cual las comunidades humanas se disgregan y corren el riesgo de desaparecer?
¿Cómo negarlo? El niño hace de sí mismo un don a los hermanos, hermanas,
padres, a toda la familia. Su vida se
convierte en don para los mismos donantes de la vida, los cuales no dejarán
de sentir la presencia del hijo, su participación en la vida de ellos, su
aportación a su bien común y al de la comunidad familia. Verdad, ésta, que es
obvia en su simplicidad y profundidad, no obstante la complejidad, y también la
eventual patología, de la estructura psicológica de ciertas personas. El bien común de toda la sociedad está en el
hombre que, como se ha recordado, es el
camino de la Iglesia. Ante todo, él es la gloria de Dios: Gloria Dei vivens homo, según la conocida expresión de san Ireneo, que podría traducirse así: La gloria de Dios es que l hombre viva.
Estamos aquí, puede decirse, ante la definición más profunda del hombre: la gloria de Dios es el bien común de todo
lo que existe; el bien común del género humano.
¡Sí, el hombre es un bien
común!: bien común de la familia y de la
humanidad de cada grupo y de las múltiples estructuras sociales. Pero hay que
hacer una significativa distinción de grado y de modalidad: el hombre es bien
común, por ejemplo, de la Nación a la que pertenece o del Estado del cual es
ciudadano; pero lo es de una manera mucho más concreta, única e irrepetible
para su familia; lo es no sólo como individuo que forma parte de la multitud
humana, sino como este hombre. Dios
creador lo llama a la existencia por sí
mismo; y con su venida al mundo el hombre comienza, en la familia, su gran aventura, la aventura de la vida. Este hombre, en cualquier caso, tiene derecho a la propia afirmación debido a su
dignidad humana. Esta es precisamente la que establece el lugar de la
persona entre los hombres y, ante todo, en la familia. En efecto, la familia es
-más que cualquier otra realidad social- el ambiente en que el hombre puede
vivir por sí mismo a través de la
entrega sincera de sí. Por esto, la familia es una institución social que no se
puede ni se debe sustituir: es el
santuario de la vida.
El hecho de que está naciendo un hombre -ha nacido un hombre en el mundo (Jn 16,21)-, constituye un signo pascual. Jesús mismo, como refiere
el evangelista Juan, habla de ello a los discípulos antes de su pasión y
muerte, parangonando la tristeza por su marcha con el sufrimiento de una mujer
parturienta: La mujer, cuando va a dar a
luz, está triste [es decir, sufre], porque le ha llegado su hora; pero cuando
ha dado a luz al niño, ya no se acuerda de aprieto por el gozo de que ha nacido
un hombre en el mundo (Jn 16,21). La
hora de la muerte de Cristo, (cf. Jn 13,1) se parangona aquí con la hora
de la mujer en los dolores de parto; el nacimiento de un nuevo hombre se
corresponde plenamente con la victoria de la vida sobre la muerte realizada por
la resurrección del Señor. Esta comparación se presta a diversas reflexiones.
Igual que la resurrección de Cristo es la manifestación del Vida más allá del umbral de la muerte,
así también el nacimiento de un niño es manifestación de la vida, destinada
siempre, por medio de Cristo, a la plenitud
de la vida que está en Dios mismo: Yo
he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10). Aquí
se manifiesta en su valor más profundo el verdadero significado de la expresión
de san Ireneo: Gloria