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La Conversión

¿Vuelta a Dios?

Tashia Gutiérrez de Vallenilla

El tiempo cuaresmal nos introduce en el ámbito de un reencuentro personal y colectivo del hombre consigo mismo y con Dios, así cómo, con las verdades eternas y sobrenaturales que la pedagogía divina de la salvación ha querido marcarnos para impulsarnos a la conversión y a la penitencia, principio y fin de su rehabilitación y condición para recuperar lo que con sus solas fuerzas no podría alcanzar: la amistad con Dios, su gracia y la vida sobrenatural, la única en la que puede el ser humano encontrar aquellas respuestas que le den sentido a su existencia.

Este tiempo, que ha de ser propicio, nos sitúan ante la imperiosa necesidad que tiene el hombre de iniciar el proceso de su conversión, único camino posible para lograr el equilibrio que lo conduce a la paz interior: concordia de cuerpo y alma, unidad del ser.

Lo que la llamada a la penitencia y a la reconciliación tiene de específico, frente a otras llamadas o medios que pueden provenir del mismo mensaje cristiano, es el llamado a procurar un cambio, una vuelta, una renuncia a posiciones estables, definitivas, inamovibles, que el hombre establece por razones de egoísmo, de comodidad o conveniencia, sin tener en cuenta a los demás, con sus necesidades y derechos, por ello prescindiendo de Dios, de su soberanía y voluntad, o adulterando la propia armonía de la naturaleza de la que el hombre es deudor.

La llamada a la conversión es una llamada a salir, a distanciarse y despegarse del propio "yo", con sus intereses y pretensiones egoístas, para ponerse en un camino de acercamiento, en una actitud de diálogo, en una disposición de solidaridad hacia los demás; por ello, lo específico de la conversión es el bien que se busca desde la raíz misma del mal, que está en el corazón mismo del hombre, allí donde solamente puede entrar con libertad, con soberanía, cada uno dentro de sí mismo, allí donde se decide por tanto, el bien, asumiendo sinceramente las propias responsabilidades.

Lo específico de la conversión es que se comienza por reconocer lo que hay de mal en la realidad y lo que uno tiene que ver con éste mal, ya que no se puede curar una enfermedad que no es reconocida. No se puede edificar sobre arena, es decir, no se puede nacer a una vida nueva, al hombre nuevo, sin morir al hombre viejo.

¿Cómo se puede hacer para que el hombre de hoy reconozca esta realidad y la acepte, ayudándolo a reconocerse pecador?

La auténtica y profunda realidad del pecado se ha reconocido siempre desde la realidad del amor y de la misericordia divina. La conversión se produce cuando se descubre o se intuye que Dios viene a nuestro encuentro. La conversión es por lo tanto, un movimiento que no se inicia si no se ha sentido ya como llamada, acción de la gracia, que como una promesa, nos hace intuir la mano extendida del Dios de la misericordia y del perdón. La conversión cristiana, apunta y se dirige siempre a Jesucristo, nos lleva y nos conduce a Él.

No es el pecado lo que mueve al hombre a cambiar, sino la esperanza de encontrar en Cristo la salvación, ya que el sentimiento aislado del propio pecado, sólo produce el desprecio de uno mismo y nos lleva a la desesperación. La conciencia cristiana del pecado depende por lo tanto, fundamentalmente de la fe en Jesucristo, ya que sentirse pecador en el contexto bíblico y cristiano significa humillarse y considerarse indigno ante la presencia de Jesús, ante la manifestación de su santidad y de su gracia: "Apártate de mi, que soy un pecador".

Desde esta perspectiva, penitencia y reconciliación, puede decirse que se apoyan sobre el cauce de los siete sacramentos y por ellos discurre el proceso de la conversión que el cristiano está llamado a realizar en su vida, conducido por Jesús y por la Iglesia.

Siguiendo este proceso el cristiano puede llevar a cabo su obra de conversión, en comunión sacramental con Cristo y con su Iglesia, edificándose y fortaleciéndose con la virtud de los signos sagrados.

¿Penitencia o reconciliación?

Estos dos conceptos, que son claves para entender la realidad del sacramento de la penitencia, no deben ser contrapuestos, como si se tratara de poner fin al régimen de la "penitencia", para optar declaradamente por el de "reconciliación". Es cierto que la expresión "sacramento de la reconciliación" concuerda más con la sensibilidad del hombre contemporáneo, y que la de "sacramento de la penitencia" podría evocar imágenes de una etapa ya superada, más propia de una religiosidad oscurantista, rechazada hoy por un hombre de talante más abierto y secular; sin embargo, el hombre contemporáneo no es insensible a la idea de la recuperación del sentido de la vida, de la reconciliación consigo mismo o de cambio del proyecto vital. En el fondo de estas ideas está subyacente el sentido último de la verdadera penitencia, de la "metanoia" evangélica.

En el sacramento de la penitencia no hay reconciliación sin penitencia, al menos entendida esta última como exigencia de una realización posterior a la previa recepción de la absolución sacramental. Los términos reconciliación y penitencia se implican y se explican mutuamente.

El penitente que recibe el perdón sacramental debe estar dispuesto a objetivar no sólo en buenos deseos, sino además, en frutos u obras de penitencia el camino de su conversión personal; de hecho, la reconciliación sin la penitencia no se conjugaría adecuadamente con la libertad y la responsabilidad del hombre, pues el perdón sería acogido por un penitente, cuyo papel quedaría reducido al de un sujeto meramente pasivo. El perdón concedido por el rito sacramental no puede ser concebido como una simple amnistía. Cuando Santo Tomás de Aquino habla de los actos del penitente como materia del sacramento, está elevándole a la categoría del concelebrante: en él también la Iglesia hace penitencia y se actúa la redención del Señor. Los actos del penitente, siempre acompañados por la gracia sacramental, van regenerando evolutivamente al miembro doliente del Cuerpo del Señor, hasta integrarlo plenamente en el flujo vital de la caridad eclesial. No puede haber plena integración eclesial si no hay plena curación.

Según lo expuesto, podemos decir, que el sacramento de la penitencia implica no sólo una reconciliación con Dios y una reconciliación con la Iglesia, es también una reconciliación con uno mismo.

La estructura antropológica de la reconciliación del cristiano pecador se actúa en la penitencia mediante la parte que le toca al penitente como sujeto activo en la obra de su propia reconciliación, por lo que es necesario, volver a recuperar el valor de la satisfacción sacramental, las obras de penitencia propuestas por el ministro del sacramento, que en este caso no actúa sólo ni principalmente como juez, sino sobre todo como médico, maestro y pastor.

El llamado a la conversión es siempre nuevo y actual, tenemos la necesidad de convertirnos, esto es de propiciar un cambio de mentalidad y de actitudes como una exigencia de la cercanía inminente del reino (Mc 1, 15).

Toda la Iglesia tiene que ponerse en actitud de conversión, e Iglesia somos todos los bautizados, lo cual supone, ante todo la toma de conciencia serena de un pecado que llevamos dentro: "Si decimos que no tenemos pecado, nos estamos engañando" ( 1 Jn 1, 8). Supone también esta conversión, descubrir que hay un pecado en los hombres, en sus actitudes o instituciones, del cual somos todos, en un sentido u otro, cómplices y responsables, esto es lo que a veces se llama "situación de pecado" esto es: injusticias, desigualdad, insensibilidad ante el dolor y la pobreza, etc.

El llamado a la conversión implica una vuelta a Dios por medio de la Iglesia, cuya misión es una sola: salvar integralmente al hombre; como "la vocación suprema del hombre es una sola, es decir divina (GS 22).

El reino de Dios ha entrado por Cristo en la historia, el llamado es una invitación a la conversión y a la fe, al anonadamiento y a la cruz, como condición esencial de seguimiento del Señor, es una exhortación a la vigilancia y a la fidelidad.

 

 


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