22 EL MAESTRO
CRISTO SE DEDICO A ENSEÑAR.
¿COMO ENSEÑO?
1. Con poder arrollador. Los Evangelios nos dicen que la nota de
autoridad era reconocida en su enseñanza pública. El tono de muchas de sus
sentencias lo pone de manifiesto. Su "a vosotros os digo" ("yo os digo", "os
aseguro") es en todos los evangelios un rasgo inseparable de su estilo. Y no
sólo se pronunciaba tajantemente sobre puntos discutidos, sino que no tenia
inconveniente en oponer su juicio a las veneradas tradiciones de su pueblo e
incluso, como se verá, eventualmente a las prescripciones de la ley de
Moisés, divinamente inspirada, como se creía.
2. Convence pero respetando. Sin embargo, el tono un tanto imperio so de
tales sentencias debe ser contrapesado con la consideración de otro rasgo de
sus enseñanzas no menos destacado en nuestros documentos. Los Evangelios
refieren cierto número de diálogos en los que Jesús aporta unos argumentos
para llegar a una conclusión. Por lo regular se resumen con la mayor
brevedad, pero bajo su forma concisa y estilizada cabe rastrear una
auténtica discusión en la que muy a menudo, el que plantea la cuestión es
llevado a dar respuesta a su propia pregunta, a contestarla como planteada
en una forma en que no había pensado antes. Naturalmente, muchas parábolas
tenían por objeto servir a este intento: se invita al oyente a dar su
parecer sobre una situación ficticia, y luego se le requiere a aplicar su
juicio a la situación real.
Esto puede ilustrarse con un pasaje muy conocido del evangelio según San
Lucas. Un doctor de la ley formuló la pregunta:
"¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?" El diálogo que se entabla
se desarrolla poco más o menos de esta manera: Jesús: "¿Qué lees tu mismo en
la ley?" El doctor: "Amarás a Dios y a tu prójimo". Jesús: "Ahí lo tienes".
El doctor: "¿Y Quién es mi prójimo?".
Luego sigue la conocida parábola, del "buen samaritano" que prestó
socorro a un extraño, y la pregunta "¿Cuál de los tres resultó ser prójimo
de aquel hombre?" El doctor: "El que tuvo misericordia de él". Jesús: "Pues
anda, haz tú lo mismo" (Lc.10, 25-37). La conclusión es bastante perentoria,
pero el que había preguntado fue conducido a ella con un proceso, en el que
él mismo había tomado parte real. En tales casos ejercitó Jesús su
autoridad, llevando a las gentes, quizá contra su voluntad, al punto en el
que tenían que asumir la responsabilidad de la decisión. Si una persona
declinaba la demanda. Jesús dejaba simplemente la cosa a su consideración.
Marcos cuenta la historia de un joven rico que acudió a Jesús pidiéndole
consejo sobre el mismo asunto. Era un joven bueno y se nos dice que Jesús le
tomó afecto. Pero le desconcertó con el requerimiento: "anda, vende todo lo
que tienes, dáselo a los pobres, y sígueme". El joven no tuvo valor. Jesús
comentó con melancolía " Qué difícil es entrar en el Reino de Dios; más
fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el
reino de Dios" (Mc.10, 17-25). No debemos pasar por alto la nota de
simpatía: Jesús sabía muy bien que no pedía poco; sin embargo formuló la
demanda. Y aun cuando el joven se negó, no intentó convencerlo o hacerle
presión, sino que dejó que se marchase alicaído. Allí había, sí, autoridad
que respetaba la libertad de la persona.
3. Con autoridad de Dios. Aquello era autoridad, sin respaldo de posición
oficial o de prestigio tradicional, y no digamos de sanciones lega les o de
la sanción definitiva de la fuerza. Aquella autoridad debía de estribar en
alguna cualidad indefinible de Jesús mismo. Los testimonios del Evangelio
apañas si; nos permiten ir más lejos, sino es por deducción. Después de su
acto autoritario de expulsar a los mercaderes del atrio del templo se nos
dice que se dirigió a Jesús esta pregunta de boca jarro: "¿Con qué autoridad
haces eso? ¿Quién te ha dado esa autoridad?" El se negó a responder más que
en términos evasivos, que daban a entender que si los que le interrogaban no
lo veían por sí mismos, era inútil decírselo. (Mc. 11, .27-33).
El conato quizás más acertado de definición, que Jesús dio por bueno, fue
el de un oficial del ejército que solicitaba su ayuda.
La historia se nos cuenta en Mateo y Lucas, con variantes de detalle,
pero con plena conformidad en los puntos esenciales del diálogo. El oficial
recurrió a Jesús en favor de un miembro de su familia, o quizá de un criado
preferido que se hallaba gravemente enfermo. En apoyo de su solicitud adujo
el siguiente argumento: "No tienes más que decir una palabra, y el muchacho
se curará. Lo sé, porque yo también soy subalterno, que tengo soldados bajo
mis órdenes, y le digo a uno: "Ve", y va; y a otro: "Ven" y viene" (Mt. 8.
5-10; Lc.7, 2- 9). El sentido: es claro, él mismo está sujeto a un oficial
superior, éste a su vez, a un jefe local, el cual finalmente depende del
César de Roma. Y por eso el "centurión", precisamente porque obedece
lealmente a sus superiores, puede dar órdenes que están respaldadas por la
autora dad suprema del emperador mismo. La autoridad que se espera que
ejerza Jesús está sujeta a la misma condición. Es un argumento digno de
notarse. Por lo menos da a entender cuánto impresionaba la autoridad misma
de Jesús a uno que era completamente extraño.
Pero todavía es más notable que Jesús parezca haberlo refrendado, lo cual
sólo era posible en el sentido de que la autoridad que él ejerce es la del
Dios todopoderoso, precisamente porque él mismo le obedece lealmente. Esto
se dice en términos explícitos en el Evangelio según San Juan: "Yo no hago
nada por mi cuenta, sino que, conforme a lo que el Padre me enseñó, así
hablo. Y el que me envió está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago
siempre lo que es de su agrado...y la palabra que estáis oyendo no es mía
sino del Padre que me envió". (Jn.8, 28-29; 14,24).
4. Dedicado a una misión. Juan explícita lo que en otros evangelios debe
leerse entre líneas. Ahora bien, la reticencia que éstos observan en tales
materias refleja con toda probabilidad la reserva que Jesús mismo mantuvo y
que debemos suponer que era característica de él.
Unos pocos dichos bien atestiguados parecen romper en parte con esta
reserva. Ciertamente no podemos echar de menos una profunda sensación de
dedicación a la misión, que a veces era una terrible carga : "¡Fuego vine a
echar sobre la tierra, y cuánto desearía ver que ya estuviera ardiente! Yo
tengo que ser sometido a un bautismo, ¡y cuánta es mi angustia hasta que
haya pasado la prueba'!" (Lc. 12, 49-50). A pesar de su prontitud para toda
clase de contactos sociales, su misión lo segrega de los demás hombres.
No tiene nada de extraño que hubiera momentos en que se hiciera casi
insoportable la sensación de aislamiento en una sociedad que no le prestaba
atención: "¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré entre
vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros?" (Mc.9, 19)
5. Por el Padre. Sin embargo, aun en medio de la tempestad había un
centro de calma: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al
Padre, sino el Hijo" (Mt. ll, 27; Lc. 10,22). En el evangelio según San Juan
se desarrolla en términos teológicos este tema del "conocimiento" mutuo del
Padre y del Hijo, y en realidad en él está implícita toda una teología. Pero
el dicho que he citado de Mateo (que se halla también en Lucas con ligeras
diferencias verbales) no es teología, sino una espontánea declaración
personal. Empieza con la confesión de la profunda soledad que fue más y más
el destino de Jesús; no halló ni uno siguiera que lo conociera y
comprendiera realmente, ni aún entre sus más allegados; pero hay uno qué le
conoce: Dios su Padre. Y él también conoce a Dios de esta misma manera
íntima, personal. Legítimamente podemos inferir que aquí se ha de hallar la
fuerza motriz y la fuente de energías para una misión poco menos que
imposible; aquí se halla ciertamente la fuente de la resolución inflexible
con que, a sabiendas, se encaminó a la muerte al servicio de su misión. Aquí
suenan a verdad las palabras del cuarto evangelio: "Mi alimento es hacer la
voluntad del que me envió y llevar a término su obra" (Jn.4, 34); según el
mismo evangelio se dirigió a la soledad final de su muerte sin amigos, con
las palabras más sencillas que hubieran podido imaginarse: "Yo no estoy
solo, porque el Padre está conmigo" (Jn.16, 32). Lo que pasaba por su mente
cuando se acercaba el fin un rayo de luz permite presumirlo, su oración: "Si
es posible, pase de mi este cáliz. Sin embargo, no como yo quiero, sino como
tú". (Mt. 26, 39; Mc. 14, 36; Lc. 22, 42; comparece Jn. 12, 27). Es el acto
final de entrega a su misión y la clave de toda ella.
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