A Cuatro años

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El 19 de abril de 2005 apareció en el Balcón de la Bendición de la Basílica de San Pedro, el cardenal Jorge Medina Estévez, entonces Camarlengo de la Santa Romana Iglesia Católica, para presentar al sucesor 264 de san Pedro e inmediato de Juan Pablo II, al pronunciar la tan conocida expresión “Habemus Papam” dentro del anuncio formal que daba a conocer que los cardenales electores, reunidos en cónclave, habían culminado su tarea. 

El Cardenal Camarlengo se tomó su tiempo a pesar del ansia de los espectadores que, presentes en la Plaza de San Pedro, o por televisión, clavaban en él sus miradas expectantes mientras que con una solemnidad ajena a cualquier otro anuncio de resultado de elecciones, dijo: Annunttio vobis gaudium mágnum ¡habemus papam! eminentissimum ac reverendissimum dominum ioseph sancte romane eclesie cardinalem ratzinger qui sibi nomem imposuit benedictum XVI. Luego apareció en el mismo balcón, más sonriente que nunca, vestido ya de sotana y solideo blancos, con esclavina y estola rojos, aunque con las mangas del sweater negro que se hacían evidentes debajo de la sotana, el cardenal Joseph Ratzinger, Antes de esto el Maestro de Celebraciones Litúrgicas Pontificias le había solicitado su consentimiento de aceptar su responsabilidad como Vicario de Cristo cuando en latín le cuestionó: Acceptasne electionem de te canonice facta in summum pontificem o “¿Aceptas tu elección canónica como Sumo Pontífice? Luego le preguntó: Quomodo vis vocari o “¿Cómo quieres ser llamado?” atendiendo a la tradición iniciada por Jesús cuando a Simón le llamó Pedro, tradición que se hizo definitiva a partir del año 533 cuando el Papa se hizo llamar Juan II debido a que su nombre era Mercurio.

Han transcurrido cuatro años desde aquel anuncio, suficientes para hacer caer las suposiciones de que este sería un pontificado cerrado hacia adentro de los muros de la Ciudad-Estado del Vaticano, retirado del diálogo con otras religiones y ajeno a las relaciones humanas y públicas. Todo lo contrario, el Papa Ratzinger ha viajado; ha mantenido un incesante diálogo interreligioso; se ha encontrado con los representantes de todas las naciones, y ha actuado con valor y firmeza, aunque con caridad cristiana, en asuntos que han exigido su directa intervención. Ha viajado al continente americano en dos ocasiones: a Brasil y a los Estados Unidos, y se dirigió a los pueblos del mundo desde la tribuna de la ONU, en Nueva York, en abril del año pasado. En julio estuvo en Australia y en septiembre viajó a Francia para estar en París y en Lourdes.

En este año el Papa ha estado en África para iniciar el camino de un nuevo Sínodo y para animar la esperanza de los pueblos deseosos de rescate.  Ahora se prepara para situarse del 8 al 15 de mayo en Tierra Santa, en el que se percibe como su viaje más dificultoso.

Benedicto XVI ha logrado establecer relaciones afectivas con el Islam, con el judaísmo y con todos los obispos del mundo, lo que nos permite conocer la vastedad de su tarea y las fronteras históricas, culturales y espirituales a las que se dirige.

“Llevar Dios a los hombres y los hombres a Dios, el Dios que se ha manifestado en el rostro de Cristo, y traducir la fe en diálogo, en fuerza de unidad y en testimonio de caridad laboriosa” es el sentido de su pontificado, como lo ha reafirmado él mismo en su Carta reciente al Episcopado mundial.

El momento histórico que hoy vive la humanidad el Papa lo define como “un tiempo de escasez global de alimento, de desorden financiero, de pobrezas antiguas y nuevas, de preocupantes cambios climáticos, de violencias y miseria que obligan a muchos a abandonar su tierra en busca de una supervivencia menos incierta, de terrorismo siempre amenazante, de miedos crecientes ante las incertidumbres del mañana” por lo que afirma que “es urgente volver a descubrir  perspectivas capaces de dar una nueva esperanza” y anima a que “nadie se haga para atrás en esta pacífica batalla que inició la Pascua de Cristo”. 

Ahora es tiempo de mirar adelante hacia su quinto año de pontificado con solidaridad humana y espiritual decidida, pero también con merecido reconocimiento, pues el Papa Benedicto XVI, a sus 82 años de edad recientemente cumplidos, es muestra fiel de que el timón de la barca de Pedro mantiene rumbo firme y decidido gracias a estos sus primeros cuatro años de esmerado servicio como un “humilde trabajador en la viña del Señor”, tal y como él se definió a sí mismo aquel 19 de abril de 2005 cuando apareció en el Balcón de la Bendición de la Basílica de San Pedro.