A este amor lo llamamos cielo

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Sorprendente noticia de las Agencias ACI y EFE. La Real Federación Española de Futbol (RFEF) ofreció el trofeo de la Copa del Mundo, conquistado este mes de julio en Sudáfrica, a la Virgen de Guadalupe, en la Basílica de la Villa de la capital mexicana. Sorprendió al mundo entero esta expresiva muestra de deportividad y fe católica conjunta, española y mexicana.
En el solemne acto de la Villa, el presidente de la RFEF, Ángel María Villar, ofreció el trofeo en agradecimiento a la Virgen en manos de Monseñor Diego Monroy, Rector de la Basílica de Guadalupe. Los dirigentes españoles estuvieron acompañados por el presidente de la Federación Mexicana de Futbol (FMF), Jacinto Desio de María, y otros miembros de su equipo. ¡Esto sí es noticia!
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Y es así como hemos celebrado este año la gran festividad de la Asunción de la Virgen el domingo 15 de agosto. Benedicto XVI recordó ese día en Castelgandolfo que se trata de una de las fiestas más importantes dedicadas a María Santísima. “Al término de su vida terrena, María fue llevada con alma y cuerpo al Cielo, es decir a la gloria de la vida eterna, en la plena y perfecta comunión con Dios”. El papa Benedicto precisó que, sin embargo, “hoy no nos limitamos a admirar a María en su destino glorioso, como a una persona muy lejana a nosotros”.
“¡No! -exclamó-. Estamos llamados al mismo tiempo a ver cuanto el Señor, en su amor, ha querido también para nosotros, para nuestro destino final: vivir a través de la fe en la comunión perfecta de amor con Él y así vivir verdaderamente para siempre”.
Explicó que la el cielo no se refiere a “un lugar físico”, sino a algo mucho más grande y difícil de definir con los limitados conceptos humanos: “Con este término ‘cielo’ queremos afirmar que Dios -el Dios que se hizo cercano a nosotros [en Jesucristo]- no nos abandona ni siquiera en la muerte o más allá de ella, sino que tiene un lugar para nosotros y nos da la eternidad; que en Dios hay un lugar para nosotros”.
“Para comprender un poco esta realidad miremos nuestra misma vida: todos experimentamos que una persona, cuando está muerta, sigue subsistiendo de alguna manera en la memoria y en el corazón de quienes la han conocido y amado. Podríamos decir que en ellos sigue viviendo una parte de esta persona, pero es como una ‘sombra’, porque también esta supervivencia en el corazón de los propios seres queridos está destinada a terminar. Dios, en cambio, no pasa jamás y todos existimos en virtud de su amor eterno; existimos porque Él nos ama, porque él nos ha pensado y nos ha llamado a la vida. Existimos en los pensamientos y en el amor de Dios. Existimos en toda nuestra realidad, no sólo en nuestra ‘sombra’”.
Añadió: “Nuestra serenidad, nuestra esperanza, nuestra paz se fundan precisamente en esto: en Dios, Él en su pensamiento y en su amor, no sobrevive sólo una ‘sombra’ de nosotros mismos, sino en Él, en su amor creador, nosotros somos custodiados e introducidos con toda nuestra vida, con todo nuestro ser en la eternidad”.
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“Es el amor de Dios el que vence la muerte y nos da la eternidad, y a este amor lo llamamos cielo: Dios es tan grande que tiene un lugar también para nosotros”, precisó Benedicto XVI.
“Esto quiere decir que de cada uno de nosotros no seguirá existiendo sólo una parte que nos es, por decirlo de alguna manera, arrancada, mientras otras se arruinan; quiere decir más bien que Dios conoce y ama a todo el hombre, lo que nosotros somos. Y Dios acoge en su eternidad lo que ahora, en nuestra vida, hecha de sufrimiento y amor; de esperanza, de alegría y de tristeza, crece y llega a ser. Todo el hombre, toda su vida es tomada por Dios y en Él purificada, y recibe la eternidad”.
“Queridos amigos: yo pienso que ésta es una verdad que nos debe colmar de alegría profunda”, nos confía el Papa. El Cristianismo, prosiguió, “no anuncia sólo algún tipo de salvación del alma en un impreciso más allá, en el que todo lo que en este mundo ha sido para nosotros precioso y querido sería borrado con un golpe de esponja, sino que promete la vida eterna, ‘la vida del mundo que vendrá’: nada de lo que nos es precioso y querido se arruinará, sino que encontrará plenitud en Dios”.
Benedicto XVI nos alienta a rezar al Señor para que “nos haga comprender qué preciosa es toda nuestra vida ante sus ojos; refuerce nuestra fe en la vida eterna; nos haga hombres y mujeres de esperanza, que trabajan para construir un mundo abierto a Dios, personas llenas de alegría, que saben vislumbrar la belleza del mundo futuro en medio de los afanes de la vida cotidiana y que en esta certeza viven”.