A las madres que han abortado

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A las madres que han abortado

En este día de las madres, considero válido un cuestionamiento sobre la importancia de la maternidad, cuando el lugar donde se producen el mayor número de muertes violentas en todo el mundo es el seno materno. Es decir, en este tiempo no existe ningún país en guerra donde se realicen tantos crímenes, como los que de dan por abortos voluntarios.

A este respecto podemos obtener una luz para detenernos a observar una realidad tan dolorosa en las palabras de Juan Pablo II en su encíclica “El Evangelio de la vida” y de la cual me permití seleccionar algunos párrafos.

“La maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer... este modo único de contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a su vez una actitud hacia el hombre -no sólo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en general-, que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer.

“En efecto, la madre acoge y lleva consigo a otro ser, le permite crecer en su seno, le ofrece el espacio necesario, respetándolo en cuanto que es otro ser humano distinto de ella. Así, la mujer percibe y enseña que las relaciones humanas son auténticas si se abren a la acogida de la otra persona, reconocida y amada por la dignidad que tiene por el hecho de ser persona, y no por otros factores, como la utilidad, la fuerza, la inteligencia, la belleza o la salud. Esta es la aportación que la Iglesia y la humanidad entera esperan de las mujeres. Y es la condición insustituible para un auténtico cambio cultural.

“En el cambio cultural en favor de la vida, las mujeres tienen un campo de pensamiento y de acción singular y sin duda determinante: les corresponde ser promotoras de un nuevo feminismo... trabajando por la superación de toda forma de discriminación, de violencia y de explotación.

“Una reflexión especial quisiera tener para ustedes, mujeres que han recurrido al aborto. La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en su decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aun no ha cicatrizado en su interior. Es verdad que lo sucedido fue, y sigue siendo, profundamente injusto. Sin embargo, no se dejen vencer por el desánimo y no abandonen la esperanza. Antes bien, profundicen en lo ocurrido e interprétenlo en su verdad.

“Si aun no lo han hecho, ábranse con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia las espera para ofrecerles su perdón y su paz en el Sacramento de la Reconciliación, se darán cuenta de que nada está perdido, y podrán pedir perdón también a su hijo, que ahora vive en el Señor.

“Ayudadas por el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podrán estar con su doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida. Por medio de su compromiso por la vida, coronado eventualmente con el nacimiento de nuevas criaturas y expresado con la acogida, y la atención hacia quien está más necesitado de compañía, serán artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre”.