¡Abre la puerta a Cristo!

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¡Abre la puerta a Cristo!

Muchas, muchísimas almas tienen hoy necesidad de que alguien les hable de Cristo.

Carta dirigida a los jóvenes de la Universidad Anáhuac del Poniente, con motivo de un Via Crucis juvenil. México, D.F., 27 de marzo de 1996.

¡Venga tu Reino!

México, 27 de marzo de 1996

A los participantes en el Via Crucis juvenil 1996

Universidad Anáhuac del Poniente

México, D.F.

Muy estimados en Cristo:

Acaban de recorrer, junto a Jesús, el Via Crucis, el «camino de la cruz». Contemplando y meditando cada una de las estaciones, han recibido el mensaje que encierra para cada uno de ustedes este caminar de Jesús hacia el calvario.

Un mensaje que san Pablo experimentó y sintetizó en las palabras: «¡Cristo me amó y se entregó por mí!»

Hoy, casi en los albores del tercer milenio cristiano, estas mismas palabras resuenan con extraordinaria actualidad y realismo: «¡Cristo te ama; Cristo se entrega por ti!» El amor de Cristo supera todas las fronteras -de tiempos, de lugares, de razas, de generaciones- y llega hasta ti, y llama a tu corazón.

Para san Pablo, Cristo en la cruz lo fue todo. Cristo fue la luz que iluminó toda su vida; Cristo fue la fuerza que impulsó toda su predicación; Cristo fue la esperanza que animó y dio sentido a toda su existencia. «Todo lo tengo por basura con tal de ganar a Cristo», escribía a los filipenses.

Para ti, Cristo en la cruz hoy quiere ser luz, fuerza, esperanza, ¡todo! ¡Ábrele tu corazón! Deja que, como a san Pablo, te haga experimentar el atractivo irresistible de su amor. No pongas trabas al amor de Cristo. Es el mismo Cristo quien te dice: «Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo» (Apo 3,20).

¡Abre la puerta a Cristo Salvador! Él viene a salvar, no a condenar; viene a curar tus heridas, a sanar tus angustias, a liberarte de tus complejos, a redimirte de tus pecados; viene a ofrecerte una vez más el camino de la reconciliación con el Padre de las misericordias a través del sacramento del perdón.

¡Abre la puerta a Cristo, Pan de Vida! Él viene a alimentar tu alma; viene a fortalecer en tus

debilidades, a consolarte en tus amarguras, a sostenerte en tus dificultades, a darte la victoria en la lucha contra la esclavitud del pecado; viene a ser el alimento de tu corazón a través de la Eucaristía.

¡Abre la puerta a Cristo, Resurrección y Vida! Deja que Él haga de ti un hombre nuevo, un hombre transformado por la gracia, un hombre libre de todo egoísmo; deja que Él infunda una vez más en tu corazón el fuego de su Espíritu Santo, como lo hizo en tu bautismo y en tu confirmación.

En definitiva, abrir la puerta de tu corazón a Cristo significa renovar tu amistad con Él a través de los sacramentos de la reconciliación y de la Eucaristía; significa acompañarlo en silencio por el camino del calvario par descubrir la profundidad de su amor por ti y por cada uno de los hombres.

Abrir la puerta de tu corazón a Cristo significa, finalmente, dejar que Él te transforme en apóstol, en predicador del Evangelio. Muchas, muchísimas almas tienen hoy necesidad de que alguien les hable de Cristo. A san Pablo, la experiencia del amor de Cristo no lo dejó tranquilo. Su encuentro con Él, camino de Damasco, fue decisivo: todo su ser se polarizó hacia un ideal único y absorbente: comunicar el amor de Cristo a los demás, llevarlo a los gentiles, difundirlo por todos los rincones del mundo entonces conocido.

Sé que muchos de ustedes se están preparando para participar durante los días de Semana Santa en las misiones de evangelización organizadas por Juventud Misionera y Familia Misionera. A todos ellos les envío desde ahora un especial reconocimiento de gratitud por su celo apostólico y les aseguro mis oraciones para que Dios bendiga abundantemente todos sus esfuerzos por transmitir a las almas el mensaje redentor de Cristo.

Y a todos ustedes, que han participado en este «Via Crucis juvenil» les deseo unos días de especial cercanía al Cristo sufriente y sangrante de la pasión para que puedan también gozar con el Cristo victorioso y triunfante de la resurrección.

De ustedes afectísimo y seguro servidor en Jesucristo,

Marcial Maciel, L.C.

(15 de abril de 2003)