Aceptación del Misterio de Dios

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Aceptación del misterio de Dios

Recibir el misterio de Dios es una de las grandes tareas que todos tenemos a lo largo de nuestra vida. Aceptar lo que el Señor quiere para nosotros es, quizá, el principal objetivo de la existencia; porque detrás de lo que Dios quiere para nosotros hay siempre un misterio muy grande que sólo se entiende y se logra captar por medio de la fe, de la confianza en Dios y de un corazón generoso. Sin este tipo de corazón es imposible aceptar el misterio del Señor. Podremos estar al lado del misterio, podremos, incluso, sentir entra en nuestra vida, pero no seremos capaces de vivirlo.

Creo que es muy importante que todos reflexionemos con mucha dedicación y gran exigencia, cómo está caminando nuestro corazón ante el misterio de Cristo, cómo se está preparando para recibir el misterio de Nuestro Señor.

En la Escritura leemos que el misterio de Dios es acogido de diversas maneras. Sabemos cómo José lo recibe: “Encontrándose encinta la Santísima Virgen, su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas recibir a María en tu casa porque lo que hay en Ella es fruto de Dios. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús’”.

Para José recibir el misterio de la presencia de Cristo en su vida es algo muy difícil, porque no sólo rompe con sus planes, sino que en el caso de San José, rompe también con sus principios, con sus esquemas y con lo que él pensaba que debía ser. Para José, que es un hombre justo, debió ser muy duro aceptar lo que estaban viendo sus ojos: que la mujer a la que él amaba, con la que él se había comprometido en matrimonio, estaba encinta, y que no había ninguna palabra por parte de Ella.

La apertura a la intervención de Dios es lo que le permite a San José aceptar el misterio que se está realizando en la Santísima Virgen María. Y yo creo que algo semejante podemos vivir también en nuestra vida diaria. Cuántas veces Dios no sólo rompe nuestros planes, sino cuántas veces también modifica substancialmente nuestros esquemas. Nunca olvidemos que sólo quien es capaz de permitir que Dios le rompa sus planes y le modifique sus esquemas, podrá encontrarse con el misterio de Dios, con lo que el Señor quiere para él, con lo que, como dice San Pablo: “Dios ha preparado para aquellos que Él ama”.

¿Qué es lo que hubiera sucedido si José hubiese decido abandonar a la Santísima Virgen? Jamás habría conocido el misterio de Dios; no habría sido parte del camino del Señor en esa Historia maravillosa de la Salvación. Sin embargo, José es justo y recibe el misterio de Dios, aceptando que le rompa sus planes y permitiendo que le modifique sus esquemas.

Ya está muy próxima la Navidad, ¿cómo nos acercamos al misterio de Cristo? ¿Nos acercamos con nuestros planes ya hechos? ¿Nos acercamos con nuestros esquemas perfectamente trazados? ¿Nos acercamos con la determinación de que sea Cristo el que se adecue a nuestros planes y no nosotros los que nos adecuemos a Él? ¿O nos acercamos —como hay que acercarse siempre a Cristo—, con un corazón dispuesto a enfrentarse al misterio?

“A Dios —dice San Juan— nadie lo ha visto nunca”. Al Señor no lo podemos abarcar con nuestra mente, con nuestros criterios, y por esto el misterio de Dios muchas veces es doloroso. Sin embargo, no porque me duela, debo apartarme de Él. Cuántas veces es todo lo contrario: precisamente porque el misterio de Dios es doloroso, es contradicción para mí y es exigente, es cuando yo sé que ahí está presente el Señor.

Cada uno podría pensar en el difícil camino que recorre en su vida, en cómo estamos viviendo en esa situación tan particular y tan concreta, el misterio de Dios sobre nosotros. Ese misterio muchas veces se presenta en la vida conyugal cuando las cosas no van como uno quisiera, cuando la personalidad del otro no evoluciona como uno esperaría. O cuando de pronto en uno de mis hijos hay un misterio que me sobrepasa; un misterio que puede ser el misterio de la vocación, el de un camino que no es el que yo había planeado.

¿Qué hace tu corazón con ese misterio? Sabemos lo que hizo San José con el misterio de su mujer encinta:“José la recibió en su casa y no la conoció hasta que dio a luz”. José hace dos cosas: En primer lugar, la acepta tal y como es. Y en segundo lugar, en la promesa mutua de castidad que María y José se hacen en su vida conyugal está encerrado también el gran respeto a que el misterio venga a su vida como Dios quiere, sin quererlo cambiar, sin quererlo modificar, sin querer ponerle condiciones.

¿Cómo podríamos cada uno aplicar a nuestras circunstancias concretas esta realidad? Para lograrlo tenemos que tener un corazón abierto, libre, purificado. Porque cuando en nuestro corazón hay resentimientos, rencores, enojos, odios o ira, jamás nos vamos a encontrar con el misterio. Mientras José no fue capaz, por así decir, de iluminar su corazón, de hacer que la niebla de la duda, de la incertidumbre y de la inquietud, desapareciese de su corazón, no le fue posible encontrarse con el misterio. Sólo cuando José fue capaz de abrir su corazón al misterio, sin condiciones y sin buscarse a sí mismo, fue cuando se encontró con la plenitud del misterio, y entonces pudo recibirlo y respetarlo.

Cada una de nuestras vidas es un misterio de Dios, es un momento de encuentro personal con el Señor. ¿Qué estás haciendo con el misterio de tu vida? ¿Has quitado de tu corazón la confusión, la inquietud, la duda, el resentimiento, la angustia? No permitas que en tu corazón crezcan elementos que impidan, si fuera necesario, cambiar tus planes, romper tus esquemas. No te encierres en el «yo lo veo y lo creo así». No te encierres en el «a mí me conviene así». No te encierres en el «a mí me acomoda así». Abre tu corazón al misterio de Cristo que viene; ábrelo al misterio de la Encarnación y al misterio de la Redención. Permite que el Señor realice en ti la obra que Él quiere realizar.

No siempre va a ser fácil. Para José no lo fue; para nosotros posiblemente tampoco. Y es que vivir en plenitud la vocación cristiana a la que cada uno ha sido llamado, va a ser siempre compartir con Jesús ese misterio de cruz, de rechazo, de contradicción.

Hay que abrir, en este Adviento, el corazón al misterio de nuestra vocación como cristianos. Una vocación que a veces va a venir a romper esquemas, a cambiar planes. Así es Jesús, porque llega amando, no puede llegar a un corazón y quedarse a gusto si no llega transformando, no puede quedarse tranquilo hasta que aquel a quien ama, se asimila, se acerca, se asemeja más profundamente a Él.

Les invito a que en estos días que faltan para la Navidad, cada uno de vuelva a aceptar el misterio con el cual Dios llegó a su vida, y acoja al Señor en su corazón con el mismo amor con el que lo hizo el primer día.