¿Adviento? Presencia… ¡Llegada!

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La palabra Adviento no significa ‘espera’, como podríamos suponer, es en realidad la traducción de la palabra griega ‘parusía’, que significa ‘presencia’ o mejor dicho, ‘llegada’, es decir, presencia iniciada. Esto implica que el cristiano no se detiene solamente a mirar lo acontecido, sino que también contempla lo que está por venir. Por ello, en medio de todas las desgracias del mundo, tiene la certeza de que la simiente de luz sigue creciendo oculta, hasta llegar el día en que el bien triunfe definitivamente sometiéndole todo a Dios: el día que Cristo vuelva. San Pablo, en su carta a los Romanos en el capítulo 13 escribió: "La noche va muy avanzada y se acerca ya el día. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y vistamos las armas de la luz. Andemos decentemente y como de día, no viviendo en comilonas y borracheras, ni en amancebamientos y libertinajes, ni en querellas y envidias, antes vestíos del Señor Jesucristo..." por lo cual podemos deducir que, Adviento significa ponerse en pie, despertar, sacudirse del sueño. Los términos empleados como "comilonas, borracheras, amancebamientos y querellas" se convierten para San Pablo en imagen del mundo pagano en general que, viviendo de espaldas a la verdadera vocación humana, se hunde en lo material, permaneciendo en la oscuridad y obnubilando la verdad. La comilona nocturna aparece como imagen de un mundo malogrado, que profana la integridad original del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Deberíamos reconocer con gran alarma y espanto con cuanta frecuencia el Apóstol parece describir de este modo nuestro presente, quizás ¿aún más paganizado? Este hecho nos ha de conminar a reflexionar con mayor detenimiento en nuestro modo de comprender la vida en su conjunto. Día tras día nos topamos con el mundo de lo visible, de lo inmanente. Penetra con gran violencia en nosotros a través de los medios audiovisuales y escritos, la radio, y demás fenómenos de la vida diaria, por los cuales somos inducidos a pensar que sólo existe este mundo visible. Sin embargo, lo invisible es, en verdad excelso, poseyendo un incalculable valor que trasciende todo lo visible. Una sola alma es, según la portentosa expresión de Pascal, más valiosa que el universo visible. Mas, para percibirlo, es preciso convertirse, transformarse interiormente, vencer la ilusión de lo visible y hacerse sensible, afinar el oído y el espíritu para percibir lo invisible, la presencia de Dios. El Adviento nos prepara para una Buena Nueva, que es por esencia evangelium, lo que se traduce en alegría, alegría por lo que habremos de recibir y para lo cual nos hemos de preparar, sin embargo, es ahí precisamente donde el ‘mundo’ se equivoca, pretendiendo que el cristianismo le arrebata al hombre, en nombre de la Iglesia, la alegría que le es connatural, con el advenimiento de Cristo, por medio de sus preceptos y prohibiciones. Ciertamente, la alegría que nos trae, no es tan fácil de ver como el placer banal que nace de cualquier diversión. San Pablo nos llama a esta alegría propia y específica del creyente “alegraos en el Señor”, indicando con ello, que toda verdadera alegría viene y está en el Señor, y que fuera de Él no puede haber ninguna. Es una realidad que toda alegría que se da fuera del Señor o contra Él no satisface, sino que, por el contrario, arrastra al hombre a un inquietante vacío existencial que le perturba y le impide encontrar esa paz interior, que dimana de la armonía de su ser en la presencia de Dios. Por ello, la verdadera alegría nos ha de llegar con el advenimiento de Cristo, y, precisamente, de lo que se trata en nuestra vida, es de aprender a ver y a comprender a Cristo, el Dios de la gracia, de la luz y de la alegría del mundo. En las catequesis de Jerusalén 1 se nos habla de las dos venidas de Jesucristo, La primera tenía un significado de sufrimiento; la segunda, en cambio, llevaría la diadema de la Gloria. Por su parte, San Bernardo Abad, nos habla sobre el Adviento perfilando con magistrales trazos las llegadas del Señor, agregando una intermedia: “Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia. Aquellas son visibles, pero ésta no. En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los hombres, cuando, como atestigua él mismo, lo vieron y lo odiaron. En la última, todos verán la salvación de Dios y mirarán al que traspasaron. La intermedia, en cambio, es oculta, y en ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas se salvan. De manera que, en la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder; y, en la última, en gloria y majestad”2 .

 1 Catequesis 15,1-3: PG 33, 870-874.

 2 Sermón 5 en el Adviento del Señor, 1-3: Opera omnia, edición cisterciense, 4, 1966, 188-1905.