La alegría de la Navidad

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La alegría de la Navidad

Navidad es “Emmanuel”, Dios con nosotros, se hace tan próximo que ya es uno de los nuestros, Dios nos ama: por eso brilla en todo el mundo esta noche que habla de que el éxito a la vida no es triunfar sobre los demás, sino amar, sentirse queridos. Vino a la tierra para decírnoslo. Y nos trae la alegría, fruto de su proximidad (“Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo”, dice el Ángel a Maria; y san Pablo: “alegraos... el Señor es cerca”).

Una historia inspirada en un libro de Cronin habla de un joven que se va de casa después de malgastar cuando había recibido, no solo el dinero, sino también la salud, malbarató el honor de la familia.  Cayó en la droga y robos.  De vez en cuando le rondaba la idea de volver a casa, pero se la quitaba de la cabeza, a veces porque pensaba que no sería bien recibido, otras porque no se veía capaz de llevar una vida ordenada, le faltaba voluntad... al final, cayó en la prisión por los delitos que cometió, y el sufrimiento que allá probó le hizo madurar, mientras continuaba rumiando la felicidad perdida, y la posibilidad del perdón.  Cuando estaba para cumplir la condena, poco antes de salir en libertad, cuando se acercaba Navidad, decidió escribir a su casa, les pedía perdón por todo lo que había hecho; decía que si le perdonaban, que si estaban dispuestos a acogerlo -padres y hermanos- pusiesen un pañuelo blanco en aquel manzano del huerto, cerca de la vía de tren; que él al pasar si veía el pañuelo, volvería en casa. Que si no lo veía, continuaría y pasaría de largo, para no volver nunca jamás... El día que salía, cuando ya estaba llegando, no se atrevía a mirar. Iba con un compañero que salió de la prisión con él, y cobarde, le dijo: "mira tú, que no me atrevo..." y cerró los ojos. Era el árbol que conocía tan bien, donde subía de pequeño muchas veces, y se imaginaba la maravilla de poder volver, y también la pena, si no estaba el pañuelo… e iba diciendo: "-ya nos acercamos... ¿que ves?" De pronto le dice el compañero: “-abre los ojos... ¡mira!”. Y al abrirlos encontró no había un pañuelo en el árbol, sino muchos, estaba lleno de pañuelos blancos, que los de su casa habían ido colgando, parecía un árbol de Navidad... estaba deseando volver, tenía necesidad de amor, y ahora llora emocionado la generosidad del perdón que había recibido de los suyos.

Vamos por la vida buscando sentirnos en casa, allá donde nos quieren por lo que somos, no por lo que tenemos, un hogar que es familia... y cuando lo encontramos, nos quedamos. Navidad nos habla de todo eso, que Dios está siempre esperando que volvamos... Jesús ha nacido para mí, la noche de Navidad, para decirme que soy hijo de Dios, y que haga yo lo que haga Dios sigue siendo mi padre y me perdona. Fuera tristezas, pues. Los que viven la acogida de Jesús esta noche, encuentran una gran alegría. La alegría que procede de la luz, y nunca jamás habrá oscuridad en este mundo que queda ultrapasado por la luz del Nacimiento de Jesús con su nacimiento. Allá en el Belén podemos sentirnos en casa, cantar esta dulce canción que se va extendiendo por el mundo, canción de Navidad, canción del milagro, que hace realidad aquellos sueños del niño que llevamos dentro, la felicidad de una vida llena, un corazón lleno de amor de verdad, donde la luz nos haga creer en el misterio de este Niño que en su omnipotencia se ha hecho debilidad, y necesita que le acojamos para que nazca en nosotros también, y nos de Vida.