Amar a los que nos odian

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El pasado domingo se escucharon con claridad en toda la redondez de la tierra las palabras más tremendas que salieron de labios de Jesucristo; y Jesús dijo muchas cosas tremendas, duras de escuchar -y más difíciles aún de vivir, ¿impracticables?-, al punto de que algunos discípulos contemporáneos lo abandonaron y otras gentes se burlaron de él.
El colmo fue cuando Jesús prescribió a sus discípulos de entonces -y a los que llegaríamos a ser cristianos al paso de los milenios-, “amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así ustedes serán hijos del Padre que está en el cielo”... Parece impensable que esto se recoja literalmente en el Evangelio. Tome nota el lector, Mateo 5, 48, y se preguntará azorado ¿qué religión es ésta?
¡La cristiana! ¿Y no es esto propio de los cobardes, de los “insuficientes” como nos calificó Nietzsche en un arrebato de desprecio? Por supuesto que no. Amar a quienes no nos quieren,  no es propio de los débiles sino de los fuertes. Agustín de Hipona, el más lúcido pensador de la antigüedad cristiana, converso a la fe como tantos otros valientes, llama “pan de los fuertes” a la Eucaristía y añade, “serás fuerte” si te alimentas de Cristo en la Eucaristía, con una fortaleza que vencerá todas tus debilidades.
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Se escucharon esas tremendas palabras de Jesús el domingo pasado, en las lecturas de la liturgia, y Benedicto XVI las glosó con arrojo aquella mañana ante multitud de peregrinos en la plaza de San Pedro. Podía no haberlo hecho, pero no se le ocurrió ignorarlas. Sus palabras dieron la vuelta al mundo y deben ser recordadas y profundizadas. Esas palabras se deberían “leer” en cada uno de los seguidores de Cristo.
¡Cuánto bien nos hacen los que nos persiguen y los que nos odian o desprecian sin fundamento, por ignorancia! Esta es la razón por la que debemos quererles bien y desearles el bien (su bien, ciertamente, no es que hagan el mal, sino que conozcan el bien y obren rectamente). “Si perseveran en mi doctrina serán mis discípulos, conocerán la verdad y la verdad los hará libres”, enseña y promete Jesús con una belleza incomparable (Juan 8, 32). Es éste, por cierto, el texto evangélico preferido por Juan Pablo II.
 “Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo”, se lee en el Libro del Levítico (19,1). Con estas palabras -dijo Benedicto XVI-, y los preceptos que se siguen de ellas, el Señor invitaba al pueblo que se había elegido a ser fiel a la alianza con Él caminando por sus caminos, y fundaba la legislación social sobre el mandamiento “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19,18). Si escuchamos, además, a Jesús, en el que Dios asumió un cuerpo mortal para hacerse cercano a cada hombre y revelar su amor infinito por nosotros, encontramos esa misma llamada, ese mismo audaz objetivo.
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¿Ha sabido el lector de la polémica película que se estrenará en breve, There Be dragons (Encontrarás dragones)? En labios del autor del guión y productor, el inglés Roland Joffe, “es una película sobre el perdón y la reconciliación, sobre cómo traer el amor al mundo, sobre la ausencia de amor y sobre cómo el vacío que deja el amor lo ocupan cosas terribles como el miedo, el odio o la desesperación… Es una película sobre la santidad, sobre la experiencia religiosa no sólo en las iglesias, sino en el vivir cada día”.
La clave de la polémica es que Joffe se dice escéptico en religión. Ha hecho la película, explica, “desde la convicción de que todos los seres humanos valen lo mismo”. Y añade: “Lo que me gustó de Josemaría [se refiere a san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei y protagonista en la película] es su convicción de que ser santo (…) es algo a lo que puede llegar cualquiera, la gente normal y corriente. Esto me parece hermoso. De todo esto va la película. De cómo ser santo no es más que ser una persona que en su día a día trata de influir en cosas positivas en el resto de la humanidad, hacer el bien, ayudar…”
Entonces, ¿es una película sobre el perdón o sobre un santo?, le preguntan y responde: “Bueno, sobre un santo, sobre el perdón, sobre la idea de la redención, tan importante en el cristianismo, sobre el amor, el amor a Dios y el amor de los seres humanos, sobre qué significa la vida, sobre la imperfección del ser humano… Y ¡ojo!, que cuando hablas de un santo no hay que imaginarse a Superman, que todo lo puede con su capa. Santo puede ser alguien sólo a partir de sus acciones, de sus acciones de cada día”, explica.
Tremendo fue y sigue siendo escuchar de Cristo su lección de santidad y de amor fraterno... Y todo hace pensar que el escéptico Roland Joffe se encontró con Cristo al redactar el guión y filmar “Encontrarás dragones”... Quedé profundamente impresionado por la convicción de Josemaría de que todos somos santos en potencia, por su fe en que cada quien es en última instancia capaz de acabar con sus propios dragones, dijo Joffe en una entrevista, en la que agrega: Espero que la gente que vea la película lo descubra en sus propias luchas con sus dragones, y que comprenda que ningún santo ha llegado a serlo sin haber luchado... Al final comenta: “Ahora no sé muy bien a dónde todo esto va a llevarme”…