Amar a todos, sin exclusiones

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Amar a todos, sin exclusiones

El dolor, la calumnia, la cárcel, pueden convertirse para el cristiano en motivo de alegría, de paz, de encuentro profundo con Dios.

Así ocurrió en la vida de monseñor Boleslas Sloskans (1893-1981). Había estudiado en el seminario de San Petersburgo (Rusia). Después de recibir la ordenación sacerdotal en 1917, desarrolló su ministerio en varias iglesias, mientras a su alrededor crecía el clima de persecuciones y críticas contra la religión y, especialmente, contra los católicos rusos.

En 1926 recibe, en secreto, la ordenación como obispo. Tiene apenas 32 años. Escoge, como lema episcopal, tres palabras comprometedoras: “Hostia pro fratribus” (víctima en favor de los hermanos).

Empieza a trabajar como administrador apostólico en dos diócesis, Minsk y Mogilev. Pero la larga mano de la policía secreta soviética le sigue los pasos. En 1927 es arrestado. Tras el “juicio”, llega la sentencia: tres años de educación en uno de los peores campos para prisioneros, las islas Solovki.

Muchos condenados, con sólo escuchar ese nombre, tiemblan de miedo, de rabia, de dolor. Monseñor Sloskans, en cambio, ve su nueva situación con ojos distintos. Después de seis meses de arresto puede escribir a sus padres una nota que refleja la paz con la que vive su nuevo “ministerio”.

“Queridos padres, tal vez habréis sabido ya por los periódicos que me han arrestado. Ahora, después de seis meses, me han dado por fin permiso para escribiros. Recordad las palabras de nuestro Señor: «no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden quitar la vida [...]». Estoy experimentando esto: todo lo que Dios dispone o permite es para nuestro bien. En los últimos quince años no he recibido tantas gracias como en estos cinco meses de prisión. La prisión ha sido el acontecimiento más grande y extraordinario de mi vida excluyendo el dolor de no poder celebrar la Misa.

Queridos padres, pedid por mí, pero sin miedo ni tristeza. Abrid vuestros corazones a este gran Amor. Soy tan feliz que ahora estoy preparado para amar a todos los hombres sin exclusión, también a los que no merecerían ser amados: esos son los más desgraciados. Os lo pido desde lo más hondo de mi corazón: no dejéis que la venganza o la exasperación se abran camino en vuestro corazón. Si lo permitiésemos no seríamos verdaderos cristianos, sino fanáticos... Os lo pido otra vez: rezad...”

Ser verdaderos cristianos significa perdonar. Hay nubarrones en el horizonte de nuestra vida de fe. Pero Cristo resucitado está en medio de nosotros. Como lo ha estado siempre en el pasado, y como lo estará en el futuro. Nunca permitirá que la prueba supere nuestras fuerzas. A su lado sabremos perdonar y amar, también a los perseguidores. De este modo, el mundo podrá descubrir que Dios no vino a condenar, sino a salvar. Seremos testigos, como tantos millones de mártires, de un Amor más fuerte que el odio y que la muerte...

(El texto de la carta de mons. Sloskans fue tomado del libro de Irina Osipova, Si el mundo os odia, Encuentro, Madrid 1998, p. 98).