Amor a primera vida

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Fuente: Buenas Noticias.

El pasado viernes 27 de febrero salí de la casa rumbo al trabajo a
eso de las 18 hrs. Al llegar a la esquina de Privada Ordenanzas con
Ordenanzas, me saludó una mujer. Estaba sentada junto a su hijo de unos
16 años, alrededor de una mesa como de restaurante. Tenía preparado
algo de comida para vender a los estudiantes de la cercana Facultad de
Derecho.

- ¡Buenas tardes! - me dijo -. ¿No se acuerda de mí?

- Disculpe que sea ‘un poco’ mal fisonomista, pero si me da más pistas seguramente la reconoceré.

- Nosotros vivimos en esta casa hace mucho. Luego nos fuimos a la
ciudad de México. Les he contado a los míos cómo era la vida por acá, y
siempre he querido que alguno de su familia esté presente, pues dicen
que me invento lo que les cuento.

- ¿Sobre qué? -le pregunté asombrado.

- Cuando tenía 6 años conocí a su papá, el señor Castro. Desde ese
momento me llamó muchísimo la atención el modo en que todos los días se
despedía de su esposa cuando se iba a trabajar. Me impresionaba sobre
todo ver cómo salía ella, siempre muy bien arreglada, a decirle adiós.
¡Se notaba enseguida cuánto se querían!

- Sí, así fue. Mis papás siempre fueron dos enamorados. Mire, una
vez me encontré con un señor que tenía un carrito de jugos afuera de lo
que hoy es el Club de Leones que me preguntó: ‘¿Es usted hijo de los
señores Castro?’ Sí, respondí yo. Y él: ‘Ah, pues por aquí los veo
pasar siempre del brazo, como dos novios’.

- Vaya que lo eran. Recuerdo que su mamá no se metía a casa hasta
que su papá daba vuelta en la esquina, la volteaba a ver y ella le
volvía a sonreír: ¡era tan bonito! Todos los días yo calculaba la hora
y me asomaba para ver a sus papás. Luego sus hermanos salían muy serios
y se iban a la escuela.

- Pues sí. Mi mamá nos cuenta que el día que mi papá la conoció, le
dijo a mi abuela: ‘esa muchacha va a ser mía’. Desde ese momento, él
estuvo perdidamente enamorado de mi mamá: ella a su vez, se supo dejar
amar, y también lo quiso muchísimo.

- Además, ¿qué cree? Cuando yo ya era adolescente, mi hermana y yo
nos peleábamos la ventana de la habitación de arriba, para poder
verlos. ¡No queríamos perder la escena…! Y esto es lo que les cuento a
mis hijos, pues gracias a sus padres descubrí que el amor es posible.
Yo lo vi en ellos.

- Gracias a Dios tuvimos esa enorme suerte que nos ha marcado para
toda la vida. Bueno, pues me tengo que ir. Otro día nos vemos.

El amor verdadero se vive y se cultiva cada día. No es flor de un
momento o lluvia que cae y se esfuma. Más bien trabaja como un cincel
que a veces hiere, pero que va formando el hermoso entramado de una
vida armoniosa y feliz.