Año de la Eucaristía

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Año de la Eucaristía

Hemos iniciado el Año de la Eucaristía. Cada día, cada hora del cristiano, arrancan de allí, del Cristo que se ofrece al Padre, del Cristo que viene al mundo, del Cristo que abre los brazos en la cruz y triunfa sobre la muerte y el pecado.

Juan Pablo II hizo pública la idea del “Año de la Eucaristía” el 10 de junio de 2004, en la homilía que pronunció con motivo de la Solemnidad del “Corpus Christi”. Para muchos fue una sorpresa, pero una sorpresa preparada y casi sentida como necesidad espiritual: necesitábamos una ayuda para vivir con mayor sentido y amor los primeros años de este nuevo milenio.

El mismo Papa explica, en la carta apostólica escrita para iniciar este Año de la Eucaristía (Mane nobiscum, Domine, “Quédate con nosotros, Señor”) el origen de esta idea. Este año responde al deseo, a la necesidad, de mirar a Cristo, de sentirlo presente, vivo, en medio de nosotros, a través del momento central de nuestra vida cristiana: la Santa Misa.

En la Eucaristía donde podemos escuchar nuevamente al Maestro, de modo especial a través de la Sagrada Escritura. Nos dice el Concilio Vaticano II, citado en Mane nobiscum, Domine (n. 13), que Cristo está presente cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura (Sacrosanctum concilium n. 7). ¡Cristo está presente! No como un simple recuerdo, sino de un modo más profundo, más intenso, cercano a cada hombre, a cada mujer, a cada momento de la historia.

Oír a Cristo... A veces hemos sentido ganas de entrar en una máquina del tiempo, de poder hacernos vivos en la Palestina de tiempos del Señor, para escuchar, para ver, para preguntar, para acompañar a Jesús. Sí: nos encantaría haber estado allí. Pero... sentimos ese muro de 2000 años que nos separan. ¿No podría haberse quedado el Señor aquí, con nosotros?

La respuesta a esa pregunta está precisamente en la Eucaristía. Si lo creyésemos con fe viva, si lo recordásemos al inicio de cada misa, en medio de las preocupaciones que llevamos al ir a la iglesia, y al volver de ella... Si lo pudiésemos vivir cuando el lector, con voz más o menos clara, proclama ante nosotros la Palabra que nos salva, las enseñanzas de Jesús que camina a nuestro lado, también en el siglo XXI.

Oír y ver. En cada misa no sólo habla Jesús: se hace presente su sacrificio redentor. El Cenáculo y el Calvario, el Sepulcro vacío y el encuentro de Jesús resucitado con los discípulos de Emaús y con los Once, no son un simple recuerdo, sino una realidad que toca nuestras vidas, en lo más concreto, en lo más profundo.

Allí brotan las aguas que me regeneraron en el bautismo. Allí viene la promesa del Espíritu Consolador que recibí en la Confirmación. Allí está el Pan del Camino para cualquier estado de vida: del soltero y del casado, de los padres y de los hijos, de los niños y de los ancianos, de los religiosos, de los sacerdotes y de los laicos. Allí está la Sangre que nos limpia los pecados y nos hace otra vez santos, buenos, a los ojos de Dios, como ocurre en cada confesión.

Un año para pensar, para vivir un poco más a fondo esta verdad, este bendito regalo del Padre. “¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!”, exclama el pregón pascual. El Amor hizo posible esta locura. El Amor viene así, humilde, dulce, a nuestro encuentro.

Un año para ir y adorar, como nos pide el Papa, a ese Jesús que tanto nos ama. Como ha escrito en Mane nobiscum, Domine (n. 29), este Año de la Eucaristía debería ser “para todos una excelente ocasión para tomar conciencia del tesoro incomparable que Cristo ha confiado a su Iglesia. Que sea estímulo para celebrar la Eucaristía con mayor vitalidad y fervor, y que ello se traduzca en una vida cristiana transformada por el amor”.