Ante la Iglesia

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Ante la Iglesia

Quien se pone delante de la Iglesia católica necesita dar una respuesta a la pregunta: ¿viene de Dios o viene de los hombres?

¿Viene de Dios? Si viene de Dios, si Jesús, Hijo del Padre, la ha fundado, merece ser tratada con el máximo respeto. La Iglesia sería entonces la expresión de un cariño inmenso de Dios, de un deseo de ofrecer a los hombres un camino de salvación, de felicidad, de paz.

Si viene de Dios, habría que aceptarla tal y como la quiso Jesús. Con sus enseñanzas y con su jerarquía (Papa, obispos, sacerdotes). Con sus sacramentos y con la gran celebración del domingo, día del Señor. Con el mandamiento del Amor, que lleva a plenitud la Antigua Alianza con sus preceptos, y que nos invita a vivir como hermanos, hijos del mismo Padre, hermanos en Cristo.

Si viene de Dios, no tiene sentido “exigir” a la Iglesia que “adapte” a los nuevos tiempos su doctrina sobre la anticoncepción, o sobre el aborto, o sobre el divorcio, o sobre el matrimonio. No tiene sentido pedirle que ordene mujeres o que cambie sus enseñanzas y disciplina sobre el celibato de los sacerdotes. No tiene sentido querer una Iglesia a nuestra medida.

Pero si no viene de Dios, si es simplemente una invención humana, entonces vale lo que vale algo inventado, pensado, construido por los hombres. No tendría una credibilidad absoluta, no tendría valor el escuchar todo lo que enseña con respeto: valdría sólo aquello que pueda ser aceptado por nuestra razón. Lo demás podríamos rechazarlo libremente, dejarlo de lado según nos parezca a cada uno.

El dilema es claro y tajante. No es posible un camino intermedio. A la Iglesia católica la aceptamos como a la verdadera Iglesia de Cristo, como a la llamada de Dios que nos invita a ser sus hijos, o la dejamos de lado, como algo opcional que se escoge o rechaza sólo si convence como puede convencer un vendedor ambulante que ofrece un objeto mudable, pobre y caduco como todo lo simplemente humano...

Yo creo en la Iglesia con esa seguridad que nace del amor. No es fácil probar mi postura (si fuese fácil, seguramente habría muchos más católicos en el mundo), pero no por ello dejo de quererla. El amor me lleva a estudiarla, a conocerla desde dentro. Me permite saborearla en la caridad de tantos sacerdotes y laicos, en la frescura de los chicos y chicas que se entregan completamente a Dios, en la alegría de los monjes y monjas de clausura, en la fecundidad de los esposos que acogen cada hijo que Dios les envía, en los ancianos que no dejan de testimoniar que Dios perdona y ayuda a quien a Él se acerca.

Creo en ella. Humilde y débil, como el Papa Juan Pablo II. Grande y bulliciosa, como en los congresos que reúnen a miles de católicos, como en las multitudes (o en los grupos pequeños) que llenan cada domingo las iglesias del planeta. Creo en ella, como la Virgen María, que dice su sí, que acepta, que acoge el mensaje de un ángel que revela misterios grandes y pide encargos difíciles, pero posibles desde la venida del Espíritu.

Creo en la Iglesia. Quizá no puedo convencer a otros de su verdad y su grandeza. Quizá no siempre los católicos hemos sabido ser testigos del tesoro divino presente en la Ella. Pero ello no quita la belleza del Amor de Dios encerrado en su Iglesia. Un Amor que se ofrece a todos, que puede tocar cada corazón que se abre, sencillo, fresco, a Cristo Salvador.

Sólo pido, a quien no la acepta ni la ame, que respete mi postura, que no critique a mi amada Iglesia, que me deje en mi certeza: Dios la ha querido, Dios la ha regalado, Dios nos la ofrece para que tú, yo, cualquier otro, pueda acogerla como es, pueda caminar cogido de su mano, sin críticas malignas, sin deseos de cambiarla en sus valores más profundos.

Sólo así descubriremos su verdad y seremos capaces de defenderla con amor que no es fanatismo. Con un amor que es también tender una mano y dialogar con sencillez y confianza con quien no puede comprender que Dios nos ama y nos perdona en el Cristo presente, vivo, palpitante, en su Iglesia milenaria. Una Iglesia cargada de años y rebosante de juventud por el continuo amor del Padre y la fuerza del Espíritu.