Ante el pluralismo religioso

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Ante el pluralismo religioso

 

 

Al constatar la existencia de tantas religiones, al percibir cómo se dan creencias tan distintas entre los seres humanos, surgen diversas preguntas.

Una de ellas se refiere a la verdad. ¿Existen verdades alcanzables por los hombres y mujeres de nuestro planeta por lo que se refiere a la religión? ¿Es posible establecer cuál es la religión verdadera, o al menos cuál sea la “más” verdadera, o la “menos” falsa? ¿Pueden los poderes públicos tomar alguna posición concreta en estos temas?

Es obvio que la respuesta no resulta fácil. Si lo fuera, el pluralismo religioso se reduciría drásticamente. Pero la dificultad real no implica que sea imposible encontrar una respuesta. Simplemente muestra que estamos ante un argumento difícil, sumamente complejo. Especialmente porque el tema religioso involucra a cada persona en lo más profundo de sus convicciones y de sus comportamientos.

La existencia de tantas dificultades nos permite vislumbrar por qué se dan actitudes mentales muy diferentes ante la religión. Algunos optan por la cerrazón, la hostilidad, la apatía; otros, en cambio, muestran un gran entusiasmo, pasión, deseo de comunicar verdades sobre Dios a todos los hombres. Porque ningún ser humano se siente indiferente cuando, frente a una realidad que supera los límites de la materia, del tiempo y del espacio, reconoce que su razón se pregunta sobre “algo” que no puede ser ni envuelto por los sentidos ni plenamente agotado por nuestra comprensión racional.

Precisamente estas dificultades nos llevan a reconocer que el pluralismo religioso no puede ser simplemente valorado como una riqueza, sino como una señal de las dificultades de este tema. Nos gustaría, en ese sentido, alcanzar una convergencia mayor respecto a la Realidad Suprema; no sólo para evitar conflictos que muchas veces han enfrentado a los miembros de distintas religiones, sino como señal de un acercamiento cada vez más universal de las mentes y de los corazones hacia aquel Dios que sea el objeto último de la comprensión y del amor humano.

Frente al pluralismo religioso las autoridades públicas, y todos los miembros de la sociedad, están llamadas a una actitud de respeto. No es correcta la decisión de un grupo de poder que decida imponer sus propias ideas o sus planteamientos sobre los valores más profundos de la vida a todos los miembros de la sociedad. Porque nadie puede ser forzado a considerar como verdadero lo que le parece falso, ni a someterse a leyes que vayan contra sus convicciones más profundas en el campo religioso (o en aquellos otros ámbitos en los que la conciencia merece siempre el máximo respeto).

La historia del mundo occidental ha mostrado, a veces a través de experiencias dramáticas, cuánto daño, cuánta injusticia es cometida cuando una autoridad se siente legitimada a imponer convicciones de un grupo religioso sobre quienes tienen convicciones distintas. Como también el daño producido sobre millones de seres humanos por parte de ideologías que han rechazado las religiones por considerarlas, erróneamente, como fuente de degrado humano y moral; ideologías que se han autodeclarado “liberadoras” de una humanidad abstracta, mientras luego oprimían, marginaban o incluso asesinaban a millones de personas concretas que acogían y defendían sus propias convicciones religiosas.

Desde las experiencias del pasado necesitamos tomar conciencia de la dignidad que todo ser humano posee, sea de la religión que sea. Sólo así podremos convivir personas de religiones e ideas distintas. Pero ello no debe ser obstáculo para conseguir, desde un deseo profundo de avanzar hacia lo verdadero, mejores formulaciones y razonamientos más profundos que nos permitan acercarnos entre nosotros respecto a un tema de máxima importancia: Dios.

El hombre contemporáneo, como el hombre de cada época histórica, sigue en camino hacia la verdad. Para los cristianos, tal verdad se hizo presente en nuestra tierra, hace 2000 años, en la forma sencilla y humilde de Jesús, el Nazareno. Saber mostrar su rostro, transmitir algo del misterio de Cristo a nuestros contemporáneos, es sólo el resultado de una convicción profunda que nace del encuentro: “nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él” (1Jn 4,16).