Más allá de la apariencia

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Más allá de la apariencia

Lo que aparece es simplemente eso: apariencia. No es toda la realidad, no nos dice tantas cosas que están escondidas en lo más profundo de cada corazón humano.

Lo que aparece, muchas veces, nos lleva a elaborar un juicio sobre el otro. De un modo de caminar deducimos que alguien es vanidoso. Por el pendiente en la oreja derecha pensamos que este chico es de una manera o de otra. Por los labios pintados ponemos una etiqueta sobre el modo de ser de esta señora. Por el olor a tabaco del vecino llegamos a decir que es así o asá. Por el coche que usa aquel jefe de trabajo somos capaces de iniciar un profundo psicoanálisis de su vida matrimonial.

Lo que aparece puede, es cierto, indicarnos algo sobre el modo de ser de las personas, pero muy poco sobre los corazones. Aquel joven que tildamos como descuidado y perezoso por su modo de vestir puede ser un trabajador ejemplar. El locutor de televisión que siempre sonríe de un modo extraño resulta ser un caballero entre sus familiares y amigos. La señora que avisa su llegada con el ruido molesto de sus tacones resulta ser una persona sumamente alegre, caritativa y de una humildad profunda.

Las apariencias engañan. No podemos permitirnos un juicio sobre alguien sólo a partir de la primera impresión que nos pueda dejar un olor, un modo de vestir, un tipo de peinado, el espesor de las gafas. La experiencia de la vida debería ayudarnos a reconocer que hay muchas sorpresas detrás del primer juicio que formulamos sobre otros. Porque el corazón tiene sus misterios, porque cada vida sólo se aprecia plenamente a la luz del amor, de la capacidad de darse a los otros que cada uno haya desarrollado a lo largo de la vida.

Con el trato, en cambio, se nos abre “algo” del corazón del otro. Algo, no todo, pues hay quienes por timidez, o por un deseo innoble de engañar, o por tener un alma complicado,, ocultan aspectos de su personalidad, esconden lo que realmente son.

Evitar un juicio apresurado sobre el otro es prudencia. Sobre todo, es caridad, es respeto evangélico. “No juzguéis y no seréis juzgados” (Lc 6,37). Son palabras que valen hoy como hace 2000 años. Son palabras que nos invitan a acercarnos de puntillas, con respeto, al misterio de tantas personas con las que nos cruzamos a diario. Sobre todo, son palabras que nos pueden llevar a amar, que es la mejor llave para entrar en el corazón de los otros, para sacar el bien, a veces muy escondido, que existe en tantas personas que viven a nuestro lado.