Aquel a quien amas está enfermo

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

Aquel a quien amas está enfermo
"Tenía compasión del pueblo" (Mc. 8, 2; Mt. 9, 36; 14, 14; 15, 32; Lc. 7, 13). "Tenía compasión de ellos, porque eran ovejas sin pastor" (Mc. 6, 34). Es inaudito que un hombre, cuyas fuerzas están todas al servicio de una gran idea, y que, con todo el ímpetu de una voluntad ardiente se lanza a la prosecución de un fin sencillamente sobrehumano y ultraterreno, tome, no obstante, un niño en sus brazos, lo bese y bendiga, y que las lágrimas corran por sus mejillas al contemplar a Jerusalén condenada a la ruina o al llegar ante la tumba de su amigo Lázaro.
Pero hay ocasiones inefables en que su corazón parece tan dulce y sensible como pueda serlo el de una madre con su niño enfermo, por ejemplo, al salir de sus labios las parábolas más tiernas y conmovedoras, como las del hijo pródigo, de la moneda pérdida, del buen pastor y del buen samaritano.
La desgracia que le conmueve es la de los pobres enfermos y pecadores. No puede decir "no" cuando clama el dolor, aunque sea en la persona de una mujer pagana como la sirofenicia (Mc. 7, 26). No puede menos de curar a un enfermo, aún exponiéndose a la acusación de quebrantar el sábado (Mc. 1, 21; 3, 2; Lc. 13,14), y está entre publicanos y pecadores por más que se escandalicen los piadosos (Mc. 2, 16). Ni siquiera las torturas de su propia agonía le impiden decir al buen ladrón: "Hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc. 23, 43).
El amor de Jesús a los hombres es, en su última esencia, amor a los que sufren, a los oprimidos. El "Prójimo" para El es aquel que yace en la miseria y el sufrimiento (cf. Lc. 10, 29 y ss.), lo cual constituye una nueva prueba del realismo de su pensamiento, de su voluntad y de su sensibilidad. Por más que viva continuamente su pensamiento en el más allá, en lo divino, en el próximo Reino de Dios ya nos extenderemos más adelante sobre esto, esta mirada continua sobre el Reino de Dios y sus alegrías, no le impide ni dificulta en modo alguno darse cuenta de las miserias actuales. Percibe lo duro y cruel del presente, de manera tan intuitiva, que considera como esencial de su "buena nueva" el poner remedio.
Precisamente lo que presta a su mensaje colores tan vivos y claridad tan jubilosa es su promesa de redimir no sólo a los pecadores, sino también a los que sufren, a todo el cortejo de miserias terrenas; en suma, trae la redención a todo mal. Gran parte de su actitud pública consistió en hacer el bien sin medida y en curar a los enfermos. San Lucas, mejor que ningún otro evangelista, notó la finalidad intima del mensaje de Jesús, recalcando en el Sermón de la Montaña la liberación de toda miseria terrena: "Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de los cielos. Bienaventurados los que ahora padecéis hambre, porque seréis saciados.
Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reinaréis" (Lc. 6, 20).
2. Sería inútil querer pasar por alto el acento proletario de estas bienaventuranzas para violentarlas dándoles una acepción puramente ética, pero sería también radicalmente falso ver sólo en Jesús algo así como un reformador social en el sentido moderno. Su mirada es, como siempre, demasiado profunda para esperar la salvación mediante externas reformas sociales. No da en particular ningún remedio contra la pobreza. "Siempre tendréis pobres con vosotros" Ioh. 12. 8). No hay que buscar la salvación y la liberación de todo mal en el tiempo actual, sino en el futuro. La redención es escatológica y, por tanto, no es posible eliminar de la tierra toda pobreza y sufrimiento.
Más bien debe considerarse a la pobreza de aquí abajo como eminentemente adecuada para desembarazar el corazón humano de los deseos y apegos terrenos y abrirlos a las riquezas del Reino de los Cielos. Y en cuanto es capaz también de excitar y hacer más profunda la necesidad de salvación del hombre, viene a ser el verdadero medio y el camino recto que conduce al Reino de los Cielos. Si Jesús ama a los pobres en el fondo, no es precisamente por el hecho de serlo, sino porque tienen el alma más dispuesta que los ricos para escuchar el anuncio del reino futuro, y porque están hambrientos y sedientos de justicia. Ya sean "publicanos y cortesanas" (cf. Mc. 21, 31), todos se parecen al hijo, cuyo padre le dice: "Hijo, me voy a trabajar en mi viña; respondiendo él: no quiero; más después, arrepentido, va" (Mt. 11, 28).
Por el contrario, las riquezas amenazan embargar el corazón del hombre hasta el punto de arrancarle todo gusto para los bienes celestiales. "Hijos, cuan difícil es entrar en el Reino de Dios para los que confían en las riquezas. Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja, que un rico en el reino de Dios". (Mc. 10, 24). Jesús da ahí un juicio terminante a ese respecto, reconociendo que la pobreza en sí misma sensibiliza, incomparable mente más que las riquezas, para recibir la buena nueva de la salvación. Este juicio tiene validez universal. Pero siempre habrá pobres y ricos, que se apartarán del buen camino. Jesús lo sabe muy bien, pero su posición básica no pretende aplicarse prácticamente a modo de sentencia a los pobres o a los ricos tomados en particular.
3. Su amor a los hombres no tolera excepción alguna, y no tiene el menor matiz de preferencia para una clase determinada. Admite también a los ricos. Conocemos sus relaciones con Simón, el fariseo (Lc. 7,36), y con Nico-demo, doctor de la Ley (Ioh. 3,1). El rico José de Arimatea es mencionado expresamente entre sus discípulos (Mt. 27, 57). En sus viajes le seguían "Juana mujer de Cusa, procurador de Herodes, Susana y otras muchas que le servían de sus haciendas" (Lc. 8,3). Por lo que podemos juzgar, sus apóstoles no pertenecían a las más bajas clases sociales, sino como Jesús mismo, a la clase media. Jesús veía en la mayor parte de los fariseos y saduceos, representantes de la clase rica y dirigente del país, las funestas y alarmantes consecuencias del culto a Mammón. Lo que les impedía seguirle, manteniéndoles alejados del reino de los Cielos, era su egoísmo duro y su orgullo, y llegaban a poner al servicio de su egoísmo nacional y de su fanatismo lo más precioso del pueblo de Israel, el pertenecer al pueblo elegido y a la descendencia de Abraham. El mismo espíritu les movió a exteriorizar y dificultar la religión con tantas complicaciones (cf. Mt. 23, 4) que sólo podían ser observadas por los ricos, y como los pobres y pequeños no tenían ni el tiempo ni los recursos necesarios para cumplirlos, eran despreciados y considerados simplemente como "pecadores públicos". Nacida en medio de la riqueza y alimentándose de ella, la mentalidad religiosa del fariseo ordinario no podía ser otra que la descrita por Jesús de modo tan expresivo en la parábola del publicano y del fariseo (He 18, 10 y ss.), rebosante éste de complacencia en sí mismo y en sus propias obras y de desdeñoso orgullo para con el pobre publicano acurrucado en un rincón del templo. En el fariseo no hay hambre ni sed de justicia, ni deseo de redención.
Por ello, Jesús, al combatir a los fariseos, la emprende al mis mo tiempo con la riqueza: "Nadie puede servir a dos señores: No podéis servir a Dios y a Mammón" (Mt. 6, 24) (Lc. 16, 13). De ahí que en algunas parábolas se encuentre aparentemente cierto espíritu "proletario" pero no hay que ver en ello una particularidad de Lucas ni tampoco ideales de tipo económico o social. Es simplemente la arrebatadora expresión del amor profundo de Jesús a los hombres, que no se deja deslumbrar por ninguna clase de prevención y que no conoce preferencias personales y busca y acierta a encontrar lo más vivo del hombre allí donde los prejuicios religiosos y sociales sólo ven caídas y reprobación.
4. Siempre que se trate del amor de Jesús, no se puede menos de pensar en el hijo pródigo, a quien el padre abraza y besa (Lc. 15, 20). Igualmente quedará grabada en la memoria de los hombres la figura de Lázaro, el pobre, "llevado por los ángeles al seno de Abraham", en tanto que el rico epulón es atormentado en el infierno (Lc. 16, 22, 24). Y todos, ricos y pobres, recordarán aquel cordial banquete, al que los ricos no quisieron acudir, y al cual fueron convidados, casi a la fuerza, "los mendigos y tullidos, los ciegos y paralíticos" y por último también "los que pasaban por los caminos y vallados" (Lc. 14, 21-23)
Esta predilección de Jesús por los pobres y los necesitados no está, por otra parte, inspirada sólo en consideraciones de razón o a causa de su mayor aptitud para recibir la buena nueva; es más bien algo innato, un sentimiento natural de su corazón que brota de la compasión por el que sufre. No pudiendo tolerar sentirse saciado mientras otros mueren de hambre, ni alegrarse si alguien está triste. Por lo cual no quiere tener dónde reclinar su cabeza y exige a cuantos quieren ser sus discípulos: "Ve, vende cuanto tengas y dalo a los pobres" (Mc. 10, 21).
5. El amor de Jesús a los desgraciados no es sólo una mera exigencia de su razón, sino también una necesidad íntima, un irreprimible movimiento interior, la exigencia de su corazón. Esto es Jesús: "Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso" (Lc. 6, 36).
Desde el punto de vista psicológico nos coloca este amor de nuevo frente a un heroísmo sin par en la tierra. Además, no es un heroísmo irreal, sino en íntimo contacto con el hombre, dotado de la más tierna abnegación para con sus más acuciantes necesidades.
¡Cuan lejos está Jesús del profeta fanático y exaltado o del místico perdido en alturas ultraterrenas, cuyo interés está totalmente absorbido por el objeto de sus anhelos y que sólo tiene contacto con los hombres en la medida que correspondan éstos a sus ensueños!
El corazón de Jesús pertenece a los hombres, a cada hombre, tal cual es, con sus dolores y sus alegrías.