Arrogancia y desinterés

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La
opinión generalizada es de que las personas con discapacidad no son
productivas. Son consideradas como un peso y un gasto que la sociedad
debe absorber. En el fondo de quienes piensan así, hay un pequeño
Hitler que, si le dejáramos actuar, eliminaría a, cuanto deficiente
mental encontrara a su paso. Esta visión de las personas es algo
superficial, porque de poetas y de locos todos tenemos un poco.

Es claro que las personas con graves deficiencias exigen más
esfuerzo y resultan una “carga material” para quienes deben cuidarlos.
Pero también es claro que muchos de nosotros tenemos capacidades
mentales normales y, quienes nos rodean, deben aguantarnos
infinitamente más que a una persona con discapacidad, por nuestra forma
de ser orgullosa y arrogante.

Pero si analizamos con más profundidad el papel de las personas con
discapacidad, encontraremos que pocas personas son tan benéficas como
ellos para la sociedad. La presencia de uno de ellos en, nuestro hogar
o entre nuestras amistades, nos da la oportunidad de actuar con
desinterés. Nosotros, los aparentemente sanos, vivimos con una mira
demasiado mercantilista, transformando nuestra vida en un toma y deja,
que nos mantiene a un nivel inferior de humanismo, porque nos convierte
en máquinas de compra y venta o en calculadoras ambulantes que todo los
medimos en centavos.

Necesitamos alguien que nos enseñe a vivir con desinterés.
Necesitamos personas con discapacidad que nos enseñen el difícil arte
del amor desinteresado y de la bondad.