El arte de enseñar los límites a los hijos

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En 2003, en Suecia, una chica de nueve años e hija única, levantó una denuncia legal contra su padre después de una negativa de comprarle una muñeca. La niña puso en práctica lo que había aprendido en la escuela.

Cogió el teléfono y denunció a su padre con la acusación de haber abusado sexualmente de ella. La sentencia del jurado fue a favor de la hija y el padre fue condenado a siete años de prisión. Pocos días después del veredicto la niña sintió remordimiento y recapacitó sobre la gravedad de lo que había hecho.

Quiso levantar la acusación contra su padre, pero la respuesta que recibió fue que el caso ya estaba cerrado. Los responsables del proceso creyeron que el motivo de la retracción de la chica se podía deber al cariño natural que tenía hacia su padre y a la nostalgia de no tenerlo en casa. Tuvo que afrontar las consecuencias de su capricho.

¿Quién fue el culpable en este hecho? ¿Acaso la educación impartida en la escuela, la negación por parte de su padre, la simple extravagancia de la niña, o la falta de unos principios básicos inculcados en el seno de la familia? Ciertamente estos cuatro elementos influyeron de algún modo, pero es necesario identificar lo que está a la raíz del tal acontecimiento. El desacierto de base se debió a que la niña se percató de su error en el momento en que tropezó con los frutos de su acto, cuando ya no había vuelta atrás. No distinguió el límite hasta donde pueden llegar sus gustos. No vio aquella línea intransitable del mero antojo, la frontera entre la arbitrariedad pueril y la decisión responsable.

A los hijos se les debe dar cariño, no se les debe atar a leyes secas y sin motivo, impuestos como fardos pesados que les impidan un sano crecimiento. Se les debe introducir en el arte de la vida infundiéndoles los cánones elementales del arte, para que puedan llegar a ser verdaderos genios artísticos que aporten belleza y novedad a su entorno.

La educación de los hijos, ciertamente, no puede excluir rotundamente reprensiones y prohibiciones. Que éstas no se impongan como cadenas que impidan el vuelo, sino que los frene lo suficiente para fortalecerlos y les permita alcanzar el desarrollo sano de su personalidad. En vez de restringirlos con barreras, hay que ponerles un cauce bien delimitado, flexible, amplio y orientado hacia un fin.

La buena regla va acompañada de un estímulo. No se le exige a un hijo el orden para privarlo de espontaneidad, sino para que cuente con un lugar más adecuado. No se le pone un horario por desconfianza, sino para pueda confiar en sí mismo como persona disciplinada y responsable. Un mandato no lo empequeñece, sino que busca engrandecerlo; no lo debilita, sino que lo robustece; no se le impone una camisa de fuerza, se le ofrece un vestido digno para la vida.

El incidente en Suecia se debió a que la niña carecía de una clara noción de responsabilidad. Si en su casa existían las normas, para ella sólo representaban prohibiciones sin sentido impuestas con el único fin de hacerle más aburrida su vida. Para ella, la muñeca de la tienda le pertenecía simplemente por haberla deseado y su padre sólo podía realizar efectivamente ese hecho consumado sin obstaculizarlo en lo más mínimo. Al oponerse el padre, su hija se creyó con el derecho de acudir al estado y de hacerle ver a su padre los derechos de los que gozaba. En el momento en que descubrió que hay criterios familiares objetivos que sólo buscan su mayor bien, y que el verdadero deseo de su padre era su máximo provecho, se dio cuenta que ya era demasiado tarde.

Si se sabe reprender al hijo de tal modo que reconozca que se hace por amor a él, y si se le enseña a descubrir las implicaciones de sus actos, no sólo se evitarán casos similares, sino que el niño contará con los medios necesarios para valorar y apreciar las indicaciones de sus padres, que se desviven diariamente por él para darle lo mejor.