Asaltos bancarios

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Asaltos bancarios

¿Quién de nosotros no ha visto en un parque la típica escena protagonizada por dos minúsculos niños que terminan llorando mientras se dirime la propiedad legal de una pelota? Este tipo de conflictos tiene una explicación muy sencilla. Cuando un pequeñito se encuentra una pelota, un triciclo, o cualquier otra cosa, simple y sencillamente la considera como suya. Su razonamiento es elemental: Niño (o sea yo) pelota; pelota niño, niño-pelota; pelota-niño... sin más trámites. Los juguetes, y todo lo que ve y puede alcanzar, le pertenecen pues todavía no es capaz de entender el derecho de posesión, ni las normas de comercio; ni el sistema de compraventa que efectúan los padres de familia en una tienda para comprarle algo a sus hijos, así como la certificación de derecho por medio de facturas y muchos requerimientos legales más.

Por otra parte todos nos habremos sentido molestos al comprobar que nuestras posesiones pasaban injustamente a otros y sobre todo cuando el injusto agresor fundaba su ilegalidad en argumentos cínicos, como claros abusos de autoridad o, en algunas circunstancias que hacían imposible la defensa de nuestros bienes. Un ejemplo de ello lo encontramos cuando al afirmar: “esto es mío” nos responden diciendo: “era”, del verbo “ya no”.

En el ejercicio de su trabajo, cada uno tiene el derecho de iniciativa económica, y podrá usar legítimamente de sus bienes para contribuir a la abundancia provechosa de los demás, así como para recoger los justos frutos de sus esfuerzos.

Indiscutiblemente no hay forma de convivencia social que no esté basada en el ejercicio de la Justicia y dicha virtud reside en el respeto a la persona, a la sociedad y como consecuencia, a las leyes orientadas al verdadero bien común. Por ello afirmamos que se comete hurto o robo cuando se toman ocultamente los bienes de otro. El asalto cosiste en apoderarse de los bienes ajenos usando de la violencia. El fraude es el hurto engañando con trampas, documentos falsos, etc., o reteniendo el justo salario. La usura es el delito que se comete exigiendo mayor interés del lícito por la cantidad prestada.

También son éticamente ilícitas, la especulación mediante la cual se pretende hacer variar artificialmente la valoración de los bienes con el fin de conseguir un beneficio en detrimento ajeno. La corrupción mediante la cual se vicia el juicio de personas con autoridad como por ejemplo el soborno. La apropiación y el uso privado de los bienes del Estado o de los bienes sociales de una empresa. Pero también son injustos los trabajos mal hechos, el fraude fiscal, la falsificación de facturas, el despilfarro de bienes no propios; infligir voluntariamente o por negligencia un daño a las propiedades privadas o públicas, y todo ello, señores míos, exige restitución.

Aquí cabe hacer mención de algunas políticas de instituciones bancarias, como también de Estado, que no siempre respetan estos principios fundamentales de la Justicia. Desafortunadamente los asaltos a los bancos no son los únicos “asaltos bancarios”, pues se dan casos de hechos indebidos por parte de instituciones que presumen de honradas y en las que la gente suele depositar su dinero y su confianza y a las que no les está permitido cambiar las reglas del juego sin asegurarse de que sus clientes están enterados de dichos cambios.

Por su parte, la actividad económica como la economía de mercado, no puede desenvolverse en medio de un vacío institucional, jurídico y político. Por el contrario supone garantiza seguridad sobre las garantías de la libertad individual y la propiedad, además de un sistema monetario estable y servicios públicos eficientes.

Los empresarios no pueden mantenerse al margen de las exigencias sociales y por ello están obligados a considerar el bien de las personas y no solamente el aumento de sus propias ganancias. Sin olvidar que éstas son necesarias para realizar las inversiones que aseguran el porvenir de las empresas, y garantizan los puestos de trabajo.

Como el tema da para más y los ejemplos son innumerables, luego les cuento otras historias de niños... y de otros que tristemente ya superaron su infancia.
Padre Alejandro Cortés González-Báez