Asís: la oración por la paz

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El 27 de octubre se cumplen 25 años de una audaz iniciativa de Juan Pablo II, que en su momento desató gran polémica: reunirse en la ciudad medieval de Asís con líderes de todas las religiones del mundo para orar por la paz. Para una mirada neófita, aquello no tiene nada de particular, “qué cosa más lógica y noble que personas de credos diferentes puedan estar unidas por una causa tan loable”. Sin embargo, en la jerga de los enterados, la cuestión no es tan simple: ¿no entraña el peligro del sincretismo?, ¿no esconde acaso un cripto-relativismo, para el que lo mismo da una religión que otra; lo importante sería hacer cosas buenas, independiente de qué creas y en quién creas?
Quizá más de un lector suscriba esta última afirmación, que sin embargo no es consistente con la doctrina católica: la verdad en temas religiosos existe y es relevante; no da lo mismo una religión que otra, y el único Salvador del mundo es Jesucristo. El respeto a todas las religiones no se basa en considerarlas igualmente válidas, sino en sostener que aquellos que las profesan tienen la misma dignidad que nosotros, y que en principio en todas ellas existen elementos de verdad que podemos compartir, y todas ellas también, en mayor o menor medida, pueden aportar algo para construir una sociedad más humana.
A 25 años de distancia el panorama mundial a cambiado considerablemente (en ese momento aún seguía en pie el muro de Berlín, por ejemplo). Sin embargo -si cabe- es ahora más oportuna esa iniciativa, y por ello Benedicto XVI la ha retomado, disipando cualquier resquemor que quizá hubiera al respecto. En efecto, si es verdad que ya no hay “guerra fría”, y que se “ha enfriado” el peligro de una conflagración nuclear global, no ha disminuido ni mucho menos la violencia. Contribuye además a complicar el cuadro, que después de la caída del muro de Berlín, probablemente uno de los mayores factores causantes de violencia tenga una matriz religiosa fundamentalista. Por si fuera poco existe una fuerte presión cultural por parte de sendos grupos de intelectuales laicistas para considerar el fenómeno religioso como algo nocivo, generador de violencia.
El collage como se ve no es sencillo: por ello es ahora más oportuna la iniciativa, que tiene además el refrendo de haber sido realizada en dos ocasiones por Juan Pablo II, y ahora una tercera, por Benedicto XVI. Oportuna porque contribuye a mostrar a las religiones mismas y a la sociedad entera, una faceta importante del papel de la religión –sea la que sea- en el mundo: la oración por la paz. La paz como empeño conjunto, en el cual podemos trabajar de la mano personas que pensamos distinto y que tenemos credos diferentes. La oración y la paz como algo que nos une, que tenemos en común y que la religión puede aportar en servicio del hombre. Oportuna porque muestra la naturaleza auténtica del fenómeno religioso, y no sus anomalías o patologías, que tendenciosamente son consideradas como el fruto natural o el resultado lógico de la actitud religiosa, haciendo de ella equivocadamente algo nocivo para el hombre y el mundo.
La novedad del encuentro de Benedicto XVI es que incluirá también a personas que no tienen ninguna religión –un mexicano entre ellas- (curioso experimento, porque si no creen en nada, no van a rezar, entonces ¿qué van a hacer, además de disfrutar del pintoresco Asís?). La razón –así ha sido explicado- es que “el Papa está convencido de que el ser humano, creyente o no, está siempre en búsqueda de Dios y de lo absoluto y que por lo tanto es siempre un peregrino en busca de un camino hacia la plenitud de la verdad”.
La iniciativa es interesante por un doble motivo: por un lado muestra a los “no creyentes” el papel positivo que la religión puede aportar a la sociedad, y que religioso no es sinónimo de violento, sino que respetando las legítimas diferencias, puede establecerse un diálogo enriquecedor. En segundo lugar, porque, además de devolverle un lugar y por decirlo así carta de ciudadanía a la religión en la sociedad postmoderna, muestra que tampoco la religión es refractaria (como tendenciosamente quiere hacerse ver con frecuencia)  al diálogo con los no creyentes, sean estos ateos, agnósticos, escépticos o simplemente indiferentes al mundo religioso.
Esos dos diálogos -con las religiones y con los representantes del “humanismo a-religioso”-  son útiles para fomentar el mutuo conocimiento, y necesarios para construir una sociedad más humana, eliminando tensiones que únicamente son fruto de prejuicios, desconocimiento e ignorancia. Trabajando juntas las religiones pueden hacer frente al laicismo y al secularismo que pretende expulsarlas de la sociedad o por lo menos relegarlas. Trabajando de la mano el humanismo religioso y el humanismo a-religioso, se desmienten en la práctica los prejuicios secularistas y laicistas respecto de la religión, y en lugar de una estéril confrontación, se hace algo a favor de la sociedad que habitamos todos: hombres con fe o sin ella.