Atentado contra la vida y la familia

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

Todo atentado contra la vida y la familia es un atentado contra la humanidad y su futuro

A los obispos del CELAM y al Congreso Teológico Pastoral

3 de octubre

Venerables hermanos en el episcopado; queridos congresistas:

1. Siento una gran alegría al reunirme con las familias que participaron, en representación de varias naciones, en este Congreso teológico-pastoral celebrado con vistas al II Encuentro mundial de las familias. Os saludo a vosotros, venerables hermanos en el episcopado de Brasil, de América Latina y del mundo entero, y saludo igualmente a las familias presentes y a todas aquellas a las que representan. A la vez que pido al Todopoderoso abundantes gracias de sabiduría y fortaleza, que sirvan de estímulo para reafirmar con fe el lema: "La familia: don y compromiso, esperanza de la humanidad", quisiera reflexionar con vosotros sobre varios aspectos y exigencias del trabajo apostólico y pastoral con las familias que debéis realizar.

Algunas de las consideraciones, que os propongo de modo particular a vosotros los obispos, maestros de la fe y pastores de la grey llamados a infundir un renovado dinamismo a la pastoral familiar, ya han sido objeto de atento estudio en el Congreso teológico-pastoral. Agradezco al cardenal Alfonso López Trujillo, presidente del Consejo pontificio para la familia, el saludo que me ha dirigido e invito a los participantes delegados de las Conferencias episcopales, los movimientos, las asociaciones y los grupos, procedentes de todo el mundo, a profundizar y difundir con entusiasmo los frutos de este trabajo, emprendido con plena fidelidad al Magisterio de la Iglesia.
EL PROYECTO ORIGINAL DE DIOS PADRE

2. El hombre es el camino de la Iglesia. Y la familia es la expresión primordial de este camino. Como escribí en la Carta a las familias, "el misterio divino de la encarnación del Verbo está (...) en estrecha relación con la familia humana. No sólo con una, la de Nazaret, sino, de alguna manera, con cada familia, análogamente a cuanto el concilio Vaticano II afirma del Hijo de Dios, que en la Encarnación "se ha unido, en cierto modo, con todo hombre" (Gaudium et spes, 22). Siguiendo a Cristo, "que vino" al mundo "para servir" (Mt 20, 28), la Iglesia considera el servicio a la familia humana una de sus tareas esenciales. En este sentido, tanto el hombre como la familia constituyen "el camino de la Iglesia"" (Gratissimam sane, 2).

Así pues, el Evangelio ilumina la dignidad del hombre y redime todo lo que puede empobrecer la visión del hombre y de su verdad. Es en Cristo donde el hombre percibe la grandeza de su llamada como imagen e hijo de Dios; es en él donde se manifiesta en todo su esplendor el proyecto original de Dios Padre sobre el hombre; y es en Cristo donde ese proyecto alcanzará su plena realización. Asimismo, es en Cristo donde esta primera y privilegiada expresión de la sociedad humana, que es la familia, encuentra la luz y la plena capacidad de realización, de acuerdo con los planes de amor del Padre.

"Si Cristo "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre", lo hace empezando por la familia en la que eligió nacer y crecer" (ib.). Cristo, lumen gentium, luz de los pueblos, ilumina los caminos de los hombres; e ilumina, sobre todo, la íntima comunión de vida y amor de los cónyuges, que en la vida de los hombres y de los pueblos es la encrucijada necesaria donde Dios siempre les sale a su encuentro.

Este es el sentido sagrado del matrimonio, presente de alguna manera en todas las culturas, a pesar de las sombras debidas al pecado original, y que adquiere una grandeza y un valor eminentes con la Revelación: "De la misma manera que Dios en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo con una alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia, mediante el sacramento del matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos. Permanece, además, con ellos para que, como él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella, así también los cónyuges, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad" (Gaudium et spes, 48).
LA GRAN BATALLA DE LA DIGNIDAD DEL HOMBRE

3. La familia no es para el hombre una estructura accesoria y extrínseca, que impida su desarrollo y su dinámica interior. "El hombre es, por su íntima naturaleza, un ser social y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás" (ib., 12). La familia, lejos de ser un obstáculo para el desarrollo y el crecimiento de la persona, es el ámbito privilegiado para hacer crecer todas las potencialidades personales y sociales que el hombre lleva inscritas en su ser.

La familia, fundada en el amor y vivificada por él, es el lugar en donde cada persona está llamada a experimentar, hacer propio y participar en el amor sin el cual el hombre no podría existir y toda su vida carecería de sentido (cf. Redemptoris missio, 10; Familiaris consortio, 18).

Las tinieblas que hoy afectan a la misma concepción del hombre atacan en primer lugar y directamente la realidad y las expresiones que le son connaturales. La persona y la familia corren parejas en la estima y en el reconocimiento de su dignidad, así como en los ataques y en los intentos de disgregación. La grandeza y la sabiduría de Dios se manifiestan en sus obras. Con todo, parece que hoy los enemigos de Dios, más que atacar de frente al Autor de la creación, prefieren herirlo en sus obras. El hombre es el culmen, la cima de sus criaturas visibles. "Gloria enim Dei, vivens homo; vita autem hominis, visio Dei" (San Ireneo, Adv. haer. IV, 20, 7).

Entre las verdades ofuscadas en el corazón del hombre, a causa de la creciente secularización y del hedonismo dominante, se ven especialmente afectadas todas las que se relacionan con la familia. En torno a la familia y a la vida se libra hoy la batalla fundamental de la dignidad del hombre. En primer lugar, la comunión conyugal no es reconocida ni respetada en sus elementos de igualdad en la dignidad de los esposos, y de necesaria diversidad y complementariedad sexual. La misma fidelidad conyugal y el respeto a la vida, en todas las fases de su existencia, se ven subvertidos por una cultura que no admite la trascendencia del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Cuando las fuerzas disgregadoras del mal logran separar el matrimonio de su misión con respecto a la vida humana, atentan contra la humanidad, privándola de una de las garantías esenciales de su futuro.
URGENCIA Y PRIORIDAD DE LA PASTORAL FAMILIAR

4. El Papa ha querido venir a Río de Janeiro para saludaros con los brazos abiertos, como el Cristo Redentor que domina esta ciudad maravillosa desde la cima del Corcovado. Y ha venido para confirmaros en la fe, para sostener vuestro esfuerzo por testimoniar los valores evangélicos. Así pues, ante los problemas centrales de la persona y de su vocación, la actividad pastoral de la Iglesia no puede responder con una acción sectorial de su apostolado. Es necesario emprender una acción pastoral en la que las verdades centrales de la fe irradien su fuerza evangelizadora en los diversos sectores de la existencia, especialmente en los relativos a la familia. Se trata de una tarea prioritaria, fundada en "la certeza de que la evangelización, en el futuro, depende en gran parte de la Iglesia doméstica" (Familiaris consortio, 65). Es preciso despertar y presentar un frente común, inspirado y apoyado en las verdades centrales de la Revelación, que tenga como interlocutor a la persona y como agente a la familia.

Por eso, los pastores deben tomar cada vez mayor conciencia de que la pastoral familiar exige agentes con una esmerada preparación y, además, estructuras ágiles y adecuadas en las Conferencias episcopales y en las diócesis, que sirvan como centros dinámicos de evangelización, de diálogo y de acciones organizadas conjuntamente, con proyectos bien elaborados y planes pastorales.

Al mismo tiempo, deseo apoyar todo esfuerzo encaminado a promover estructuras organizativas adecuadas, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, que asuman la tarea de entablar un diálogo constructivo con las instancias políticas, de las que depende en buena medida el destino de la familia y de su misión al servicio de la vida. Encontrar los caminos oportunos para seguir proponiendo con eficacia al mundo los valores fundamentales del plan de Dios, significa comprometerse en la defensa del futuro de la humanidad.
UNA NUEVA EVANGELIZACIÓN

5. Además de iluminar y reforzar la presencia de la Iglesia como levadura, luz y sal de la tierra, para que no se descomponga la vida de los hombres, es necesario dar prioridad a programas de pastoral que promuevan la formación de hogares plenamente cristianos, y acrecienten en los esposos la generosidad de encarnar en sus propias vidas las verdades que la Iglesia propone para la familia humana.

La concepción cristiana del matrimonio y de la familia no modifica la realidad creatural, sino que eleva aquellos componentes esenciales de la sociedad conyugal: comunión de los esposos que generan nuevas vidas, las educan e integran en la sociedad, y comunión de las personas como vínculo firme entre los miembros de la familia.

6. Hoy, en este Centro de congresos Río Centro, invoco sobre vosotros, cardenales, arzobispos y obispos, representantes de las diversas Conferencias episcopales del mundo entero, y sobre los delegados del Congreso teológico-pastoral y sus familias, la luz y el calor del Espíritu Santo. A él se dirige la Iglesia, para que infunda en todos su presencia santificadora y renueve en la Esposa de Cristo "el celo misionero a fin de que todos lleguen a conocer a Cristo, verdadero Hijo de Dios y verdadero Hijo del hombre" (cf. Oración para el primer año de preparación al gran jubileo del año 2000). Mañana celebraremos en el estadio de Maracaná el Acto de testimonio, junto con todos vosotros que habéis traído aquí la inmensa riqueza, las preocupaciones y las esperanzas de vuestras Iglesias y vuestros pueblos, y que servirá de marco para la eucaristía del domingo, en la explanada de Flamengo, durante la cual viviremos, a la luz de la fe, el misterio del Pan vivo que bajó del cielo, el maná de las familias que van en peregrinación hacia Dios.

Hago votos para que, por la mediación de la santísima Virgen María, los frutos de este encuentro hallen corazones bien dispuestos a acoger las luces del Altísimo, con renovado celo misionero, de cara a una nueva evangelización de la familia y de toda la sociedad humana. Que el Espíritu del Padre y del Hijo, que es también el Espíritu-Amor, nos conceda a todos la bendición y la gracia que deseo transmitir a los hijos e hijas de la Iglesia y a toda la familia humana.
El aborto, vergüenza de la humanidad, condena a la más injusta de las ejecuciones

Durante el Encuentro con las Familias en el estadio de Maracaná

4 de octubre

1. Queridas familias reunidas aquí, en Río de Janeiro, procedentes de todos los pueblos y de todas las naciones; amadas familias del mundo entero que, a través de la radio y la televisión, seguís este encuentro, os doy la bienvenida y os saludo a todas con particular cariño y os bendigo. Os agradezco sinceramente esta calurosa manifestación de fe y alegría que nos habéis querido ofrecer hoy, para ayudarnos a reflexionar en el hecho de que la familia es realmente don y compromiso en defensa de la persona y de la vida, así como esperanza de la humanidad. También el arte es un instrumento al servicio del mensaje del amor comprometido y de la vida, maravilloso don de Dios. Nos habéis hecho partícipes de lo que Dios, autor del matrimonio y Señor de la vida, ha realizado en vosotros. Y también habéis dado testimonio de lo que habéis conseguido con su gracia. ¿No es verdad que el Señor, en las más diversas situaciones, incluso en medio de las tribulaciones y las dificultades, siempre os ha acompañado? Sí. El Señor de la alianza, que vino a buscaros y os ha encontrado, siempre os ha acompañado en vuestro camino. Dios nuestro Señor, el autor del matrimonio que os ha unido, os ha colmado abundantemente con la riqueza de su amor, para vuestra felicidad.

Quisiera recoger aquí, en una breve síntesis, los temas sobre los que habéis reflexionado, después de una intensa preparación catequística de acuerdo con el Magisterio de la Iglesia, en las reuniones de familias, en las diócesis, en las parroquias, en los movimientos y en las asociaciones. Sin duda, ha sido una preparación estupenda, cuyos frutos traéis hoy aquí, para provecho y alegría de todos.
LA AUTÉNTICA FELICIDAD

2. La familia es patrimonio de la humanidad, porque a través de ella, de acuerdo con el designio de Dios, se debe prolongar la presencia del hombre sobre la tierra. En las familias cristianas, fundadas en el sacramento del matrimonio, la fe nos hace ver de modo admirable el rostro de Cristo, esplendor de la verdad, que colma de luz y alegría los hogares que viven de acuerdo con el Evangelio.

Por desgracia, hoy se está difundiendo en el mundo un engañoso mensaje de felicidad imposible e inconsistente, que conlleva sólo desolación y amargura. La felicidad no se consigue por el camino de la libertad sin la verdad, porque se trata del camino del egoísmo irresponsable, que divide y corroe a la familia y a la sociedad.

¡No es verdad que los esposos, como si fueran esclavos condenados a su propia fragilidad, no pueden permanecer fieles a su entrega total, hasta la muerte! El Señor, que os llama a vivir en la unidad de "una sola carne", unidad de cuerpo y alma, unidad de la vida entera, os da la fuerza para una fidelidad que ennoblece y hace que vuestra unión no corra el peligro de una traición, que priva de la dignidad y de la felicidad e introduce en el hogar división y amargura, cuyas principales víctimas son los hijos. La mejor defensa del hogar está en la fidelidad, que es un don de Dios, fiel y misericordioso, en un amor redimido por él.
DEFENSA DE LA FAMILIA

3. Quisiera, una vez más, lanzar aquí un clamor de esperanza y de liberación.

Familias de América Latina y del mundo entero, no os dejéis seducir por ese mensaje de mentira que degrada a los pueblos, atenta contra sus mejores tradiciones y valores, y hace caer sobre los hijos un cúmulo de sufrimientos y de infelicidad. La causa de la familia dignifica al mundo y lo libera en la auténtica verdad del ser humano, del misterio de la vida, don de Dios, del hombre y la mujer, imágenes de Dios. Hay que luchar por esa causa para asegurar vuestra felicidad y el futuro de la familia humana. Desde aquí, en esta tarde, en que familias de todas las partes del mundo estrechan sus manos, como en una inmensa corona de amor y de fidelidad, lanzo esta invitación a cuantos trabajan en la edificación de una nueva sociedad en la que reine la civilización del amor: defended, como don precioso e insustituible, ¡don precioso e insustituible!, vuestras familias; protegedlas con leyes justas que combatan la miseria y el azote del desempleo y que, a la vez, permitan a los padres que cumplan con su misión. ¿Cómo pueden los jóvenes crear una familia si no tienen con qué mantenerla? La miseria destruye la familia, impide el acceso a la cultura y a la educación básica, corrompe las costumbres, daña en su propia raíz la salud de los jóvenes y los adultos. ¡Ayudadlas! En esto se juega vuestro futuro.

Existen en la historia moderna numerosos fenómenos sociales que nos invitan a hacer un examen de conciencia sobre la familia. En muchos casos hay que reconocer con vergüenza que se han producido errores y desvaríos. ¿Cómo no denunciar aquellos comportamientos, motivados por el desenfreno y la irresponsabilidad, que conducen a tratar a los seres humanos como a simples cosas o instrumentos del placer pasajero y vacío? ¿Cómo no reaccionar ante la falta de respeto, la pornografía y toda clase de explotación, de las que en muchos casos los niños pagan el precio más caro?

Las sociedades que se despreocupan de la infancia son inhumanas e irresponsables. Los hogares que no educan íntegramente a sus hijos, que los abandonan, cometen una gravísima injusticia, de la que deberán rendir cuentas ante el tribunal de Dios. Sé que no pocas familias, a veces, son víctimas de situaciones que las superan. En esos casos, es preciso apelar a la solidaridad de todos, porque los niños acaban sufriendo todas las formas de pobreza: la de la miseria económica y, sobre todo, de la miseria moral, que da origen al fenómeno al que me referí en la Carta a las familias: Hay muchos huérfanos de padres vivos (n. 14).

Como recordó el cardenal presidente del Consejo pontificio para la familia, para servir de símbolo de una caridad efectiva y fruto del I Encuentro mundial con las familias celebrado en Roma, se ha realizado en Ruanda una "Ciudad de los niños", construida con la ayuda de muchas personas y de algunas generosas instituciones; y se está construyendo otra en Salvador de Bahía, en los mismos barrios pantanosos que visité y donde dirigí un llamamiento a la esperanza y a la promoción humana, durante mi primera visita apostólica a Brasil, en julio de 1980. Este esfuerzo conlleva un mensaje y una invitación que dirijo a toda la humanidad, mediante vosotras, familias del mundo entero: acoged a vuestros hijos con amor responsable; defendedlos como un don de Dios, desde el instante en que son concebidos, en que la vida humana nace en el seno de la madre; que el crimen abominable del aborto, vergüenza de la humanidad, no condene a los niños concebidos a la más injusta de las ejecuciones: la de los seres humanos más inocentes. ¡Cuántas veces escuchamos de labios de la madre Teresa de Calcuta esta proclamación del inestimable valor de la vida desde su concepción en el seno materno y contra cualquier acto de supresión de la vida! La escuchamos todos durante el Acto de testimonio en el I Encuentro mundial celebrado en Roma. La muerte ha hecho enmudecer esos labios, pero el mensaje de la madre Teresa en favor de la vida sigue más vibrante y convincente que nunca.
EL PORVENIR DE LA HUMANIDAD

4. En este estadio, que, gracias al juego de luces, parece convertido en vidrieras de una inmensa catedral, la celebración de hoy quiere impulsar a todos a un compromiso grande y noble, sobre el que invocamos la ayuda de Dios todopoderoso:

Por las familias, para que, unidas en el amor de Cristo, organizadas pastoralmente, presentes activamente en la sociedad, comprometidas en su misión de humanización, liberación, construcción de un mundo de acuerdo con el corazón de Cristo, sean realmente la esperanza de la humanidad. Por los hijos, para que crezcan como Jesús en el hogar de Nazaret. En el seno de las madres duerme la semilla de la nueva humanidad. En el rostro de los niños resplandece el futuro, el futuro milenio, el porvenir que está en las manos de Dios.

Por los jóvenes, para que se esfuercen con gran entusiasmo por preparar su familia de mañana, educándose a sí mismos en el amor verdadero, que es apertura a los demás, capacidad de escuchar y responder, compromiso de entrega generosa, incluso a costa del sacrificio personal, y disponibilidad a la comprensión recíproca y al perdón.

Ayer, hablando en Río Centro, di gracias a Río de Janeiro porque me dio una gran inspiración. Aquí hay una arquitectura divina y una arquitectura humana que se complementan admirablemente. Esto me ha dado una inspiración: armonizar admirablemente las familias, los matrimonios en el plano divino y en el plano humano. Las arquitecturas divina y humana se complementan son justas y necesarias estas dos palabras: amor y responsabilidad. Llegué ya a esta conclusión hace cincuenta años: amor y responsabilidad. Se trata de un verdadero principio para armonizar las arquitecturas, divina y humana, del matrimonio y de la familia.
TESTIGOS DE CRISTO

5. Familias del mundo entero, deseo concluir renovando un llamamiento: Sed testigos vivos de Cristo, que es "el camino, la verdad y la vida" (cf. Carta a las familias, 23). Dejad que vuestro corazón acoja los frutos del Congreso teológico-pastoral que acaba de concluir. Y que la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y de nuestro Señor Jesucristo estén con todos vosotros (cf. 2 Co 1, 2).

María, Reina de la familia, Sede de la sabiduría, esclava del Señor, ¡ruega por nosotros! ¡Ruega por nosotros, ruega por los jóvenes, ruega por las familias! Amén.
Una nueva aurora de santidad

A los comités que organizaron el Encuentro con las familias

5 de octubre

Señores cardenales; queridos hermanos en el episcopado; amadísimos hermanos y hermanas:

Antes de regresar a Roma, he querido tener este encuentro de despedida para dar las gracias a los miembros de la Comisión organizadora eclesiástica y del Gobierno del Estado de Río de Janeiro, que con tanta diligencia han preparado la celebración del Encuentro mundial de las familias. Mi felicitación y mi gratitud van también a todos los amigos y bienhechores que han contribuido generosamente, con su tiempo y sus medios, al pleno éxito de este gran acontecimiento, y en particular al personal que estuvo de servicio en la Residencia de Sumaré. ¡Que Dios se lo pague!

Hago votos para que se perpetúen los ideales y los frutos del Congreso teológico-pastoral sobre la familia. Pido a Dios que la vivencia responsable, en este "santuario de la vida" (Evangelium vitae, 6) que es precisamente la familia, del dinamismo que de ella deriva y de las exigencias de totalidad, unicidad, fidelidad y fecundidad (cf. Humanae vitae, 9) que impone, constituya un estímulo y una fuerza constante que haga surgir una nueva aurora de santidad en el ámbito de la familia cristiana.

Deseo saludar también a los señores obispos aquí presentes, representantes de la "Red Vida" de televisión, y animarlos a proseguir en esta obra de apostolado al servicio de la vida y del hombre. Me congratulo con mons. Antônio Maria Mucciolo, arzobispo de Botucatu, por esta valiente iniciativa conocida como el "canal de la familia", ya en su segundo año de vida, y con sus más directos colaboradores, haciendo votos para que esta emisora católica de televisión sea siempre un instrumento válido de evangelización y un testimonio eficaz de la presencia de la Iglesia en Brasil. Que Dios bendiga a todos los dirigentes y funcionarios del Instituto brasileño para las comunicaciones cristianas.

Por último, deseo animar a todos a proseguir con empeño en el esfuerzo por evangelizar a la sociedad y a la familia, y que en él os alienten los resultados obtenidos hasta hoy y la bendición apostólica, que de todo corazón os imparto.
La santidad del matrimonio

Durante la misa en la catedral de San Sebastián de Río de Janeiro

4 de octubre

¡Alabado sea nuestro Señor Jesucristo!

"Se celebró una boda en Caná de Galilea" (Jn 2, 1). 1. Hoy la liturgia nos conduce a Caná de Galilea. Una vez más tomamos parte en las bodas que allí se celebraron, y a las que fue invitado Jesús, al igual que su madre y los discípulos. Este detalle lleva a pensar que el banquete nupcial tuvo lugar en casa de conocidos de Jesús, pues también él se crió en Galilea. Humanamente hablando, ¿quién hubiera podido prever que esa ocasión iba a constituir, en cierto sentido, el inicio de su actividad mesiánica? Y, sin embargo, así sucedió. En efecto, fue allí, en Caná, donde Jesús, solicitado por su madre, realizó su primer milagro, convirtiendo el agua en vino.

El evangelista Juan, testigo ocular del acontecimiento, describió detalladamente el desarrollo de los hechos. En su descripción todo aparece lleno de profundo significado. Y, dado que nos hallamos aquí reunidos para participar en el Encuentro mundial de las familias, debemos descubrir poco a poco estos significados. El milagro realizado en Caná de Galilea, como otros milagros de Jesús, constituye una señal: muestra la acción de Dios en la vida del hombre. Es necesario meditar en esta acción, para descubrir el sentido más profundo de lo que allí aconteció.

El banquete de las bodas de Caná nos lleva a reflexionar en el matrimonio, cuyo misterio incluye la presencia de Cristo. ¿No es legítimo ver en la presencia del Hijo de Dios en esa fiesta de bodas un indicio de que el matrimonio debería ser el signo eficaz de su presencia?
LAS BODAS DE CANÁ

2. Con la mirada puesta en las bodas de Caná y en sus invitados, me dirijo a vosotros, representantes de los grandes pueblos de América Latina y del resto del mundo, durante el santo sacrificio de la misa concelebrada con vosotros, obispos y sacerdotes, acompañados por la presencia de los religiosos, de los representantes del Congreso teológico-pastoral de este II Encuentro mundial de las familias, y de los fieles que han llegado a esta catedral metropolitana de San Sebastián de Río de Janeiro.

Deseo, ante todo, saludar al venerado hermano cardenal Eugênio de Araújo Sales, arzobispo de esta tradicional y dinámica Iglesia, a quien conozco y estimo desde hace muchos años; sé cuán unido está a la Sede de Pedro. Que las bendiciones de los apóstoles Pedro y Pablo desciendan sobre esta ciudad, sobre sus parroquias e iniciativas pastorales; sobre los diversos centros de formación del clero, y en particular sobre el seminario archidiocesano de San José, dinámico y rico en vocaciones sacerdotales, que acoge también a muchos seminaristas de otras diócesis; sobre la Universidad católica pontificia; sobre las numerosas congregaciones religiosas, los institutos seculares y los movimientos apostólicos; sobre la abadía de Nuestra Señora de Montserrat; sobre las beneméritas hermandades y cofradías y, en general, dado que no puedo mencionar a todos pero no quiero excluir a nadie, sobre los organismos asistenciales que tanto se prodigan por la protección de los más necesitados.

Os saludo también a vosotros, amadísimos hermanos en el episcopado de Brasil y del mundo, y a los que representáis a los ordinariatos para los fieles de ritos orientales; asimismo, os saludo a vosotros, sacerdotes, religiosos, religiosas y animadores de la Misión popular de la archidiócesis; y a vosotros, delegados del Congreso teológico-pastoral, así como a los representantes de las Iglesias cristianas de diferentes denominaciones, y de la comunidad musulmana, aquí presentes. Deseo saludar a todos, con la expresión de mi profundo afecto, mis mejores deseos y mi bendición.
EL PLAN ORIGINAL DE DIOS

3. Volvamos espiritualmente al banquete nupcial de Caná de Galilea, cuya descripción evangélica nos permite contemplar el matrimonio en su perspectiva sacramental. Como leemos en el libro del Génesis, el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer para formar con ella, en cierto sentido, un solo cuerpo (cf. Gn 2, 24). Cristo repetirá estas palabras del Antiguo Testamento hablando a los fariseos, que le hacían preguntas relacionadas con la indisolubilidad del matrimonio. De hecho, se referían a las prescripciones de la ley de Moisés, que permitían, en ciertos casos, la separación de los cónyuges, o sea, el divorcio. Cristo les respondió: "Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así" (Mt 19, 8). Y citó las palabras del libro del Génesis: "¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y mujer (...). Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre" (Mt 19, 4-6).

Así pues, en la base de todo el orden social se encuentra este principio de unidad e indisolubilidad del matrimonio, principio sobre el que se funda la institución de la familia y toda la vida familiar. Ese principio recibe confirmación y nueva fuerza en la elevación del matrimonio a la dignidad de sacramento.

Y ¡qué grande es esa dignidad, amadísimos hermanos y hermanas! Se trata de la participación en la vida de Dios, o sea, de la gracia santificante y de las innumerables gracias que corresponden a la vocación al matrimonio, a ser padres y a la vida familiar. Incluso parece que el acontecimiento de Caná de Galilea nos lleva a eso, con la admirable conversión del agua en vino. El agua, nuestra bebida más común, adquiere, gracias a la acción de Cristo, un nuevo carácter: se convierte en vino, es decir, en una bebida, en cierto sentido, más valiosa. El sentido de este símbolo del agua y del vino encuentra su expresión en la santa misa. Durante el ofertorio, añadiendo un poco de agua al vino, pedimos a Dios, a través de Cristo, participar de su vida en el sacrificio eucarístico. El matrimonio el ser padres, la maternidad, la paternidad, la familia pertenece al orden de la naturaleza, desde que Dios creó al hombre y a la mujer; y mediante la acción de Cristo, es elevado al orden sobrenatural. El sacramento del matrimonio se transforma en el modo de participar de la vida de Dios. El hombre y la mujer que creen en Cristo, que se unen como esposos, pueden, por su parte, confesar: nuestros cuerpos están redimidos, nuestra unión conyugal está redimida. Están redimidos el ser padres, la maternidad, la paternidad y todo lo que conlleva el sello de la santidad.

Esta verdad aparece en toda su claridad cuando se lee, por ejemplo, la vida de los padres de santa Teresa del Niño Jesús; y este es sólo uno de los innumerables ejemplos. Muchos son, en efecto, los frutos de la institución sacramental del matrimonio. Con este Encuentro en Río de Janeiro, damos gracias a Dios por todos estos frutos, por toda la obra de santificación de los matrimonios y de las familias, que debemos a Cristo. Por eso, la Iglesia no cesa de presentar en su integridad la doctrina de Cristo sobre el matrimonio, en lo que se refiere a su unidad e indisolubilidad.
AL SERVICIO DEL AMOR Y DE LA VIDA

4. En la primera lectura, tomada del libro de Ester, se recuerda la salvación de la nación por la intervención de esta hija de Israel, durante el período de la cautividad en Babilonia. Este pasaje de la Escritura nos ayudará a comprender también la vocación al matrimonio, de modo particular el inmenso servicio que esa vocación presta a la vida humana, a la vida de cada persona y de todos los pueblos de la tierra. "Escucha, hija, mira, inclina el oído: (...) prendado está el rey de tu belleza" (Sal 45, 11-12). Lo mismo desea decir hoy el Papa a cada familia humana: "Escucha, mira: Dios quiere que seas bella, que vivas la plenitud de la dignidad humana y de la santidad de Cristo, que estés al servicio del amor y de la vida. Fuiste fundada por el Creador y santificada por el Espíritu Paráclito, para que seas la esperanza de todas las naciones".

Ojalá que este servicio a la humanidad revele a los esposos que una clara manifestación de la santidad de su matrimonio es la alegría con que acogen y piden al Señor vocaciones entre sus hijos. Por eso, permitidme añadir que "la familia que está abierta a los valores trascendentales, que sirve a los hermanos en la alegría, que cumple con generosa fidelidad sus obligaciones y es consciente de su cotidiana participación en el misterio de la cruz gloriosa de Cristo, se convierte en el primero y mejor seminario de vocaciones a la vida consagrada al Reino de Dios" (Familiaris consortio, 53). Me alegra, en esta circunstancia, saludar y bendecir con paternal afecto a todas las familias brasileñas que tienen un hijo preparándose para el ministerio presbiteral o para la vida religiosa, o una hija en camino hacia la total consagración de sí misma a Dios. Encomiendo a estos chicos y chicas a la protección de la Sagrada Familia. María santísima, esperanza de los cristianos, nos dé la fuerza y la seguridad necesarias para nuestro camino en la tierra. Por esto le pedimos: sé tú misma nuestro camino, porque tú, Madre bendita, conoces los caminos y los atajos que, por medio de tu amor, llevan al amor y a la gloria de Dios. ¡Alabado sea nuestro Señor Jesucristo!
Felicidad y fidelidad

Durante la misa para las familias en la explanada de Flamengo

5 de octubre

¡Alabado sea nuestro Señor Jesucristo!

1. "Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida" (Salmo responsorial).

Doy gracias a Dios porque me ha permitido reunirme nuevamente con vosotras, familias de todo el mundo, para reafirmar solemnemente que sois "la esperanza de la humanidad".

El I Encuentro mundial con las familias tuvo lugar en Roma, en 1994; el segundo se concluye hoy en Río de Janeiro. Agradezco cordialmente la invitación al cardenal Eugênio de Araújo Sales y doy las gracias a todos los obispos y a las autoridades brasileñas que han contribuido al éxito de este gran evento. Doy también las gracias al cardenal López Trujillo y a todos sus colaboradores del Consejo pontificio para la familia. Nos hemos reunido aquí de diversos países y de varias Iglesias, no sólo de Brasil y de América Latina, sino de todos los continentes, para elevar juntos esta oración a Dios: "Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida".

En efecto, la familia es esta particular y, al mismo tiempo, fundamental comunidad de amor y de vida, sobre la que se apoyan todas las demás comunidades y sociedades. Por eso, invocando las bendiciones del Altísimo para las familias, oramos juntos por todas las grandes sociedades que aquí representamos. Oramos por el futuro de las naciones y de los Estados, así como por el de la Iglesia y del mundo.

De hecho, a través de la familia, toda la existencia humana está orientada al futuro. En ella el hombre viene al mundo, crece y madura. En ella se convierte en ciudadano cada vez más responsable de su país y en miembro cada vez más consciente de la Iglesia. La familia es también el ambiente primero y fundamental donde cada hombre descubre y realiza su vocación humana y cristiana. Por último, la familia es una comunidad insustituible por ninguna otra. Esto es lo que se vislumbra en las lecturas de la liturgia de hoy.

2. Al Mesías acuden los representantes de la ortodoxia judía, los fariseos, y le preguntan si al marido le es lícito repudiar a su mujer. Cristo, a su vez, les pregunta qué les ordenó hacer Moisés; ellos responden que Moisés les permitió escribir un acta de divorcio y repudiarla. Pero Cristo les dice: "Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió Moisés para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre" (Mc 10, 5-9).

Cristo se refiere al inicio. Ese inicio se halla contenido en el libro del Génesis, donde encontramos la descripción de la creación del hombre. Como leemos en el capítulo primero de este libro, Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, varón y mujer los creó (cf. Gn 1, 27) y dijo: "Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla" (Gn 1, 28). En la segunda descripción de la creación, que nos propone la primera lectura de la liturgia de hoy, leemos que la mujer fue creada del hombre. Así lo relata la Escritura: "Entonces el Señor Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que el Señor Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: "Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada". Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne" (Gn 2, 21-24).

3. El lenguaje utiliza las categorías antropológicas del mundo antiguo, pero es de una profundidad extraordinaria: expresa, de manera realmente admirable, las verdades esenciales. Todo lo que ha descubierto posteriormente la reflexión humana y el conocimiento científico no ha hecho más que explicitar lo que ya estaba presente en ese texto.

El libro del Génesis muestra, ante todo, la dimensión cósmica de la creación. La aparición del hombre se realiza en el inmenso horizonte de la creación de todo el universo: no es casualidad que acontezca en el último día de la creación del mundo. El hombre entra en la obra del Creador, en el momento en que se daban todas las condiciones para que pudiera existir. El hombre es una de sus criaturas visibles; sin embargo, al mismo tiempo, sólo de él dice la sagrada Escritura que fue hecho "a imagen y semejanza de Dios". Esta admirable unión del cuerpo y del espíritu constituye una innovación decisiva en el proceso de la creación. Con el ser humano, toda la grandeza de la creación visible se abre a la dimensión espiritual. La inteligencia y la voluntad, el conocimiento y el amor, entran en el universo visible en el momento mismo de la creación del hombre. Entran precisamente manifestando desde el inicio la compenetración de la vida corporal con la espiritual. Así el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, llegando a ser una sola carne; con todo, esta unión conyugal se arraiga al mismo tiempo en el conocimiento y en el amor, o sea, en la dimensión espiritual.

El libro del Génesis habla de todo esto con un lenguaje que le es propio y que, al mismo tiempo, es admirablemente sencillo y completo. El hombre y la mujer, llamados a vivir en el proceso de la creación del universo, se presentan en el umbral de su vocación llevando consigo la capacidad de procrear en colaboración con Dios, que directamente crea el alma de cada nuevo ser humano. Mediante el conocimiento recíproco y el amor, así como mediante la unión corporal, llamarán a la existencia a seres semejantes a ellos y, como ellos, hechos "a imagen y semejanza de Dios". Darán la vida a sus hijos, al igual que ellos la recibieron de sus padres. Esta es la verdad, sencilla y, al mismo tiempo, grande sobre la familia, tal como nos la presentan las páginas del libro del Génesis y del Evangelio: en el plan de Dios, el matrimonio el matrimonio indisoluble es el fundamento de una familia sana y responsable.

4. Con trazos breves pero incisivos, Cristo describe en el Evangelio el plan original de Dios creador. Ese relato lo hace también la carta a los Hebreos, proclamada en la segunda lectura: "Convenía, en verdad, que Aquel por quien es todo y para quien es todo, llevara muchos hijos a la gloria, perfeccionando mediante el sufrimiento al que iba a guiarlos a la salvación. Pues tanto el santificador como los santificados tienen todos el mismo origen" (Hb 2, 10-11). La creación del hombre tiene su fundamento en el Verbo eterno de Dios. Dios ha llamado a la existencia todas las cosas por la acción de este Verbo, el Hijo eterno, por medio del cual todo ha sido creado. También el hombre fue creado por el Verbo, y fue creado varón y mujer. La alianza conyugal tiene su origen en el Verbo eterno de Dios. En él fue creada la familia. En él la familia es eternamente pensada, imaginada y realizada por Dios. Por Cristo adquiere su carácter sacramental, su santificación.

El texto de la carta a los Hebreos recuerda que la santificación del matrimonio, como la de cualquier otra realidad humana, fue realizada por Cristo al precio de su pasión y cruz. él se manifiesta aquí como el nuevo Adán. De la misma manera que en el orden natural descendemos todos de Adán, así en el orden de la gracia y de la santificación procedemos todos de Cristo. La santificación de la familia tiene su fuente en el carácter sacramental del matrimonio.

El santificador es decir, Cristo y los santificados vosotros, padres y madres; vosotras, familias os presentáis juntos ante Dios Padre para pedirle ardientemente que bendiga lo que ha realizado en vosotros mediante el sacramento del matrimonio. Esta oración incluye a todos los casados y a las familias que viven en la tierra. En efecto, Dios, el único creador del universo, es la fuente de la vida y de la santidad.

5. Padres y familias del mundo entero, dejad que os lo diga: Dios os llama a la santidad. él mismo os ha elegido "antes de la creación del mundo nos dice san Pablo para ser santos e inmaculados en su presencia (...) por medio de Jesucristo" (Ef 1, 4). él os ama muchísimo y desea vuestra felicidad, pero quiere que sepáis conjugar siempre la fidelidad con la felicidad, pues una no puede existir sin la otra. No dejéis que la mentalidad hedonista, la ambición y el egoísmo entren en vuestros hogares. Sed generosos con Dios. No puedo por menos de recordar, una vez más, que la familia está "al servicio de la Iglesia y de la sociedad en su ser y en su obrar, en cuanto comunidad íntima de vida y de amor" (Familiaris consortio, 50). La entrega mutua, bendecida por Dios e impregnada de fe, esperanza y caridad, permitirá alcanzar la perfección y la santificación de cada uno de los esposos. En otras palabras, servirá como núcleo santificador de la misma familia, y será instrumento de difusión de la obra de evangelización de todo hogar cristiano.

Queridos hermanos y hermanas, ¡qué gran tarea tenéis ante vosotros! Sed portadores de paz y alegría en el seno del hogar; la gracia eleva y perfecciona el amor y con él os concede las virtudes familiares indispensables de la humildad, el espíritu de servicio y de sacrificio, el afecto paterno, materno y filial, el respeto y la comprensión mutua. Y dado que el bien es difusivo por sí mismo, espero también que vuestra adhesión a la pastoral familiar sea, en la medida de vuestras posibilidades, un incentivo a irradiar generosamente el don que hay en vosotros, ante todo entre vuestros hijos y luego entre los casados tal vez parientes y amigos que están lejos de Dios o pasan momentos de incomprensión o desconfianza. En este camino hacia el jubileo del año 2000, invito a todos los que me escuchan a robustecer la fe y el testimonio de los cristianos, para que con la gracia de Dios se realicen la auténtica conversión y la renovación personal en el seno de las familias de todo el mundo (cf. Tertio millennio adveniente, 42). Que el espíritu de la Sagrada Familia de Nazaret reine en todos los hogares cristianos.

Familias de Brasil, de América Latina y del mundo entero, el Papa y la Iglesia confían en vosotras. ¡Tened confianza: Dios está con nosotros!
Que los valores del patrimonio cultural y religioso sirvan de base para decisiones en defensa de la familia

Durante la ceremonia de bienvenida en la base aérea de Galeão, Río de Janeiro

2 de octubre

Señor presidente:

1. Me alegra presentar a su excelencia, en su calidad de jefe y representante supremo de la gran nación brasileña, mi respetuoso saludo. Le agradezco de corazón la amabilidad que ha tenido al darme la bienvenida. Es para mí un honor y un placer encontrarme de nuevo en Brasil, en medio de este pueblo, cuya admirable hospitalidad y contagiosa alegría conozco muy bien.

Os saludo también a vosotros, venerables hermanos en el episcopado. En primer lugar, al señor cardenal arzobispo de San Sebastián de Río de Janeiro y a sus obispos auxiliares, cuya arquidiócesis me brinda acogida en el marco del II Encuentro mundial del Sucesor de Pedro con las familias. Saludo, igualmente, al presidente del Consejo pontificio para la familia y a todo el Consejo episcopal latinoamericano, así como a la presidencia de la Conferencia nacional de los obispos de Brasil que, con un gesto de solidaridad fraterna, han venido para colaborar y recoger los frutos de estos días de fraternidad y, con la ayuda de Dios, llevarlos a los países en los que desempeñan su ministerio. Mi saludo afectuoso va también a los miembros representantes de la Pastoral familiar, que han acudido para acogerme con este simpático grupo de niños y jóvenes. En verdad, permitidme que os lo diga: estoy aquí por vosotros, he venido para estar con vosotros, y con vosotros deseo estar.

Saludo con inmenso afecto a los representantes del pueblo brasileño, a los miembros del Gobierno, a las personalidades civiles y militares, y a todos los que se hallan aquí reunidos. Os doy las gracias por haber querido acogerme con tanta amabilidad a mi llegada, en esta peregrinación apostólica, que considero parte de mi ministerio universal. El dinamismo de nuestra fe despierta cada vez más el sentido de fraternidad y colaboración armoniosa, para una convivencia pacífica, con el fin de impulsar y consolidar los esfuerzos en favor de un progreso ordenado, que alcance a todas las familias y a todas las clases sociales, de acuerdo con los principios de la justicia y de la caridad cristianas.

2. Hoy vengo de nuevo a Brasil, para celebrar el II Encuentro mundial de las familias. Agradezco a la Providencia que me haya permitido estar aquí, en este país con dimensiones de continente, que, gracias a las riquezas de su suelo y su subsuelo, y al talento emprendedor de su pueblo, está en la vanguardia entre las mayores potencias del mundo. La tradición cultural y la fe de su gente han marcado la evolución de su historia que, en vísperas del tercer milenio, lleva a esperar en un futuro prometedor. Ciertamente, los desequilibrios sociales, la desigual e injusta distribución de los recursos económicos, que genera conflictos en las ciudades y en las zonas rurales, la necesidad de una amplia difusión de las estructuras sanitarias y culturales básicas, los problemas de la infancia abandonada de las grandes ciudades, por no citar otros, constituyen para sus gobernantes un desafío de proporciones enormes. Espero que los valores del patrimonio cultural y religioso de la nación brasileña sirvan de base para promover decisiones justas en defensa de los valores de la familia y de la patria.

En este contexto, deseo extender también la expresión de mi estima y mi afecto a dos sectores del país. En primer lugar, a los pueblos indígenas descendientes de los primeros habitantes de esta tierra, antes de que llegaran los descubridores y colonizadores. Con su cultura, han contribuido a infundir en la cultura brasileña un profundo sentido de la familia, del respeto a los antepasados, de la intimidad y el afecto hogareño. Merecen toda nuestra atención, para que puedan vivir con dignidad su cultura. Expreso los mismos sentimientos a la parte afro-brasileña numerosa y muy significativa de la población de esta tierra. Por su notable presencia en la historia y en la formación cultural de este país, estos brasileños de origen africano merecen, tienen derecho y pueden, con razón, pedir y esperar el máximo respeto a los rasgos fundamentales de su cultura, para que, con ellos, sigan enriqueciendo la cultura de la nación, en la que están perfectamente integrados como ciudadanos de pleno derecho. Hermanos y hermanas de Brasil, de América y del mundo entero, invoco sobre todos la abundancia de la gracia divina: que Dios os bendiga y derrame sobre las naciones de todos los continentes paz y prosperidad. Cristo Redentor, que desde la cima del Corcovado abre sus brazos en forma de cruz, ilumine a las familias, a las comunidades eclesiales y a toda la sociedad temporal con la luz que viene de lo alto, y conceda a todos, por intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de América Latina, todos los bienes que desea su corazón. ¡Muchas gracias!
Sufrir con Jesucristo

Mensaje a los enfermos de un hospital oncológico

Amadísimos hermanos y hermanas:

El programa de mi visita pastoral a Río de Janeiro me lleva a pasar frente a vuestro hospital. Dado que, por falta de tiempo, no puedo prolongar mi itinerario para encontrarme con vosotros, al menos deseo hacer acto de presencia entre vosotros enviando por escrito mi saludo. Mi pensamiento se dirige, con cordial simpatía y viva participación, a cada uno de los enfermos, médicos y demás funcionarios del Instituto nacional del cáncer.

Deseo aseguraros que las familias que participan en este II Encuentro mundial y todos los fieles que se solidarizan con vosotros, abrazan con afecto a toda la familia humana afectada por el sufrimiento. Hoy os abrazan sobre todo a vosotros, que pasáis por la prueba intensa del dolor, que sólo el misterioso designio de la divina Providencia puede ayudaros a comprender.

La Iglesia no puede dejar de sentir en el corazón el deber de la proximidad y la participación en este misterio doloroso, que asocia a tantos hombres y mujeres de todos los tiempos a la condición de Jesucristo durante su pasión. Cuando el mal llama a las puertas de un ser humano, la Iglesia lo invita siempre a reconocer en su propia existencia el reflejo de Cristo, el "Varón de dolores". Contemplando a su Señor ("estuve enfermo y me visitasteis", dice Jesús), la Iglesia redobla sus cuidados y su presencia materna al lado de los enfermos, para que el amor divino penetre más profundamente en ellos, fructificando en sentimientos de confianza filial y abandono en las manos del Padre celestial para la salvación del mundo.

En el plan salvífico de Dios "el sufrimiento, más que todo lo demás, hace presente en la historia de la humanidad la fuerza de la Redención" (Salvifici doloris, 27). El Señor Jesús, como salvó a su pueblo amándolo "hasta el extremo" (Jn 13, 1), "hasta la muerte de cruz" (Flp 2, 8), así sigue invitando de algún modo a todos los discípulos a sufrir por el reino de Dios. Cuando está unido a la pasión redentora de Cristo, el sufrimiento humano se transforma en instrumento de madurez espiritual y en magnífica escuela de amor evangélico.

Os invito a vosotros, enfermos, a mirar siempre con fe y esperanza al Redentor de los hombres. La misericordia divina sabrá acoger vuestras oraciones y súplicas para curaros de los males que os afligen, si eso es del agrado del Padre y conveniente para vuestro bien. él enjugará siempre vuestras lágrimas, si sabéis mirar a su cruz y anticipar en la esperanza la recompensa de estos sufrimientos. ¡Tened confianza: él no os abandona!

Deseo, además, expresaros a todos los que trabajáis en este hospital médicos, enfermeros, farmacéuticos, amigos voluntarios, acompañantes, sacerdotes y religiosos el reconocimiento de la Iglesia por el ejemplo que dais y por la caridad con que prestáis vuestro servicio a la sociedad. "Dicho servicio, al igual que la enfermedad, es un camino de santificación. A lo largo de los siglos ha sido una manifestación de la caridad de Cristo, que es precisamente la fuente de la santidad" (Catequesis durante la audiencia general del miércoles 15 de junio de 1994: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de junio de 1994, p. 3). Dios os llama a ser eximios defensores de la vida, en todas sus fases, hasta su término natural. Que la ciencia, que el Creador ha puesto en vuestras manos, sea siempre instrumento de respeto absoluto de la vida humana y de su carácter sagrado, como ya reconocía el antiguo y siempre actual juramento de Hipócrates.

"Con María, Madre de Cristo, que estaba junto a la cruz (cf. Jn 19, 25) nos detenemos ante todas las cruces del hombre de hoy" (Salvifici doloris, 31), como también deseo hacer al lado de ese hospital, para declarar abiertamente que la Iglesia necesita de los enfermos y de su oblación al Señor, a fin de obtener gracias más abundantes para la humanidad entera (cf. Catequesis, ib.). Con estos deseos, invoco del Todopoderoso los dones de la paz y la consolación espiritual para todos los enfermos y para los dirigentes y los empleados del Instituto nacional del cáncer, y os imparto de corazón una propiciadora bendición apostólica, que hago extensiva a vuestros familiares. Vaticano, 30 de septiembre de 1997
Un tiempo de reparación

Mensaje a los detenidos en la cárcel de "frei caneca"

Queridos hermanos:

Con ocasión del II Encuentro mundial con las familias, mi pensamiento se dirige a vosotros, que os encontráis en el centro penitenciario "Frei Caneca". Os confieso que sufro con vosotros por la privación de la libertad. Puedo imaginar lo que eso significa. Sufro aún más porque comprendo que las familias de muchos de vosotros no pueden contar con vuestra presencia de padres e hijos, a veces los únicos que podrían librarlas del desamparo. Por eso, deseo aseguraros que la Iglesia permanece a vuestro lado en este tiempo de prueba. Cristo quiere estar con vosotros, sosteniéndoos con su palabra y con la certeza de su amistad.

Hoy el Papa se dirige a vosotros con esta carta, para testimoniaros el amor de Cristo y la atención de la comunidad eclesial. Cristo y los Apóstoles experimentaron la realidad de la "cárcel", y san Pablo fue encarcelado varias veces. Jesús, en el evangelio, afirma: "estuve en la cárcel y vinisteis a verme" (Mt 25, 36). él se solidariza con vuestra condición y estimula a todos los que comparten vuestro problemas.

También su muerte en la cruz constituye un testimonio supremo de amor y acogida. Crucificado entre dos condenados al mismo castigo, asegura la salvación al buen ladrón arrepentido: "En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23, 43). Acto de extrema misericordia, de extrema donación, capaz de infundir confianza también a quien se siente totalmente perdido. Con ese gesto de perdón, el Señor habla a la humanidad de todos los tiempos.

El plan de salvación es para todos. Nadie debe sentirse excluido. Cristo conoce lo más íntimo de cada persona, y con su justicia supera toda injusticia humana, con su misericordia vence el mal y el pecado. Así pues, dejad que el Señor habite en vuestro corazón. Confiadle vuestra prueba. él os ayudará a soportarla. De forma oculta y silenciosa, podéis participar en el Encuentro que las familias viven en Río de Janeiro. En efecto, mediante vuestra oración, vuestros sacrificios y vuestra renovación personal, contribuís al éxito de esta gran fiesta de las familias y a la conversión de vuestros hermanos.

Deseo aprovechar la ocasión para animar a la Dirección y a los funcionarios de este centro penitenciario a promover de la mejor manera posible la convivencia humana, que deberá estar marcada siempre por el respeto a la dignidad humana y al bien común de la sociedad.

Permitidme, por último, manifestar mi aprecio por la pastoral penitenciaria de Río de Janeiro, deseando que este servicio de la archidiócesis siga ofreciendo consuelo humano y orientación religiosa a quienes atraviesan momentos difíciles en su vida.

Queridos amigos, dejad que os diga hoy: "¡ánimo! El Señor está con vosotros. No os desesperéis. Haced de este tiempo de dolor un tiempo de reparación y purificación personal. Reconciliaos con Dios y con vuestro prójimo". Con la ayuda de vuestras familias, de vuestros amigos y de la Iglesia, que hoy está especialmente a vuestro lado, os deseo que podáis encontrar un lugar en la sociedad, para que sigáis sirviéndola como buenos ciudadanos y hombres responsables para el bien común. Por la intercesión de María, nuestra Madre, Consuelo de los afligidos, os bendigo de todo corazón a vosotros y a vuestras familias.
Luz y esperanza de la humanidad

Al final de la misa para las familias en la explanada de Flamengo

5 de octubre

Amadísimos hermanos y hermanas:

Saludo con mucho afecto a las familias aquí presentes, y a las de todo Brasil que me escuchan por radio o televisión. El Encuentro de hoy infunde esperanza con respecto al futuro de la familia cristiana. Sois protagonistas del destino de vuestro país. ¡Que Dios os bendiga y os acompañe!

Saludo también a las familias de lengua española aquí presentes y a las que desde España y Latinoamérica se unen espiritualmente a esta celebración. Que la Virgen María os ayude a mantener viva en cada hogar la llama de la fe, el amor y la concordia, para ser así luz y esperanza de la humanidad. Sed fieles a la vocación a la que habéis sido llamados por Dios. A todos os bendigo con afecto.

Saludo cordialmente a todas las familias de lengua inglesa que han vendido aquí del mundo entero. La familia sigue siendo la preocupación primera y más importante de la vida y del ministerio de la Iglesia. Como va la familia, así van la Iglesia y toda la sociedad humana. Ojalá que este Encuentro mundial de las familias lleve a una nueva conciencia del valor de la familia a los ojos de Dios, y haga que las familias católicas sean cada vez más agradecidas y conscientes de su papel de "iglesia doméstica". Sólo cuando los padres oran con sus hijos pueden realmente transmitir las verdades y los valores de la fe. Que la Sagrada Familia de Nazaret sea vuestro modelo y vuestra guía. ¡Que Dios os bendiga a todos!

Saludo de corazón a las familias polacas, tanto a las de la patria como a las del extranjero. Saludo en particular a las familias polacas que viven en Brasil. Oro incesantemente a Dios para que se pueda realizar en Cristo la santificación de las familias. Hoy, junto con vosotros, me presento ante Dios Padre con esta ferviente oración para que él bendiga lo que ha realizado en vosotros mediante el sacramento del matrimonio. En efecto, en Dios mismo se halla el manantial de la vida y de la santidad. Ojalá que la santidad de las familias se transforme en la levadura para la renovación interior de los hombres y de las naciones. ¡Que Dios os bendiga! Familias de lengua francesa, os saludo de todo corazón a las que estáis en Río y a las que, en vuestro país, estáis en comunión con nosotros. Dad gracias por los dones de Dios, por vuestro amor y por vuestros hijos. En la esperanza, con la ayuda de la Madre del Señor, sed fieles a vuestros compromisos por el bien de la humanidad y de la Iglesia. ¡Que Dios os bendiga!

Saludo con afecto a las familias italianas presentes y a las que están unidas espiritualmente a nosotros desde todas las partes de Brasil, de Italia y del mundo entero. Queridas familias, sed siempre conscientes de la elevada misión que Dios os confía, y trabajad con todos los medios en la construcción de la civilización del amor y de la vida. El Señor os bendiga y os acompañe.

Expreso mi alegría por este encuentro con las familias aquí, en Río de Janeiro, que ha contado con una gran participación y gran entusiasmo. Doy las gracias a todos los que han contribuido al éxito de este evento. Espero que estas jornadas cariocas infundan en el corazón de todos un firme compromiso en defensa de la familia, esperanza de la humanidad. Durante la celebración del gran jubileo del año 2000 en Roma, no podrá faltar un encuentro especial con las familias. Todas la familias están invitadas.

Y ahora elevemos nuestro pensamiento a la Sagrada Familia de Nazaret, invocando su protección, para que, con su ejemplo y estímulo, los hogares cristianos sean un remanso de paz y serenidad, fruto de una fe auténtica y vivida.

De modo especial, nuestras oraciones se dirigen ahora, en el rezo del ángelus, a la Virgen santísima, causa de nuestra alegría. En ella el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; en ella recibimos la prenda de la vida eterna. Aclamemos con alegría el inicio de nuestra salvación. Antes de despedirse, el Papa añadió las siguientes palabras: Desde la cima del Corcovado Cristo bendice a la ciudad de Río de Janeiro y a Brasil. Que Cristo bendiga hoy, en particular, a todas la familias brasileñas y a todas las familias del mundo. Ojalá conserven esta bendición del Cristo del Corcovado y permanezcan en este abrazo de Cristo a lo largo de toda su vida. ¡Muchas gracias!
Durante la ceremonia de despedida en la base aérea de Galeão

5 de octubre

Gracias por vuestras manifestaciones de fe en Cristo y en el Sucesor de Pedro

Señor vicepresidente:

Al dejar esta tierra bendita de Brasil, mi alma eleva un himno de acción de gracias al Altísimo, que me ha permitido vivir aquí horas intensas e inolvidables, con la mirada fija en el Cristo redentor que domina la bahía de Guanabara, y con la certeza de la protección maternal de Nuestra Señora de la Peña, que protege a esta amada ciudad desde su santuario situado no lejos de aquí.

En mi memoria quedarán grabadas para siempre las manifestaciones de entusiasmo y de profunda piedad de este pueblo generoso de la Tierra de la Santa Cruz que, junto a la muchedumbre de peregrinos procedentes de los cuatro puntos cardinales, ha sabido ofrecer una notable manifestación de fe en Cristo y de amor al Sucesor de Pedro. Pido a Dios que proteja y bendiga a todas las naciones del mundo, con abundantes gracias de consuelo espiritual, y ayude a que se consoliden las iniciativas, que todos esperan, para el bien común de la gran familia humana y de todos los pueblos que la compone.

Mi saludo final, lleno de gratitud, va al señor presidente de la República, al Gobierno de la nación y del Estado de Río de Janeiro, y a todas las demás autoridades brasileñas que tantas pruebas de delicadeza me han querido dispensar en estos días.

También expreso mi agradecimiento a los miembros del Cuerpo diplomático, cuya diligente actuación ha facilitado enormemente la participación de sus respectivas naciones en estos días de reflexión, oración y compromiso en favor de la familia.

Dirijo un pensamiento particular de estima fraterna, con profunda gratitud, a los señores cardenales, a mis hermanos en el episcopado, a los sacerdotes y a los diáconos, a los religiosos y a las religiosas, así como a los organizadores del Congreso. Todos han contribuido a realzar estas jornadas del II Encuentro mundial con las familias, colmando a cuantos han tomado parte en él de consuelo y esperanza gaudium et spes en la familia cristiana y en su misión dentro de la sociedad. Tened la seguridad de que os llevo a todos en mi corazón, de donde brota la bendición que os imparto y que extiendo a todos los pueblos de América Latina y del mundo.