Autoridad moral frente a los hijos

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Autoridad moral frente a los hijos

Tal parece que hoy en día uno de los temas de mayor impacto en la opinión pública es el éxito de algunas películas; sin embargo, pienso que hay otro de importancia muy superior por sus repercusiones en la vida familiar y en el desarrollo de la personalidad de todo ser humano. Estoy hablando de la autoridad de los padres de familia frente a sus hijos, y acerca de ello me recomendaron un artículo publicado en “www.aciprensa.com” en su sección de “Matrimonio y familia”. El autor, Pablo Pascual Sorribas, expone realidades, causas y sugerencias sin rodeos bajo el título: “Cómo lograr una autoridad positiva con los hijos”. He aquí un resumen.Tener autoridad -no autoritarismo- es básico para la educación. Debemos marcar límites y objetivos claros que permitan diferenciar qué está bien y qué está mal. Hay que llegar a un equilibrio, ¿cómo conseguirlo para tener autoridad? Aquí, pues, los principales y más frecuentes errores que debilitan y disminuyen la autoridad paterna:

1.- La permisividad. El niño, cuando nace, no tiene conciencia sobre la moralidad de sus actos. Somos los adultos quienes hemos de decirle lo que está bien o lo que está mal. Ellos necesitan puntos de referencia y límites para crecer seguros y felices.

2.- Ceder después de decir no. Una vez que usted se ha decidido a actuar, la regla de oro es respetar el no. El no es innegociable. Nunca se puede negociar el no, y perdone que insista, pero es el error más frecuente y que más daño hace a los niños. Cuando usted vaya a decir no a su hijo, piénselo bien, porque no debe haber marcha atrás.

3.- El autoritarismo. Es el otro extremo de la permisividad. Es intentar que el niño(a) haga todo lo que el padre quiera anulando su personalidad. El autoritarismo sólo persigue la obediencia por la obediencia. Su objetivo no es formar una personalidad equilibrada y con capacidad de autodominio, sino que puede crear una persona sumisa, esclava, sin iniciativa.

4.- Falta de unidad entre los padres. Si el padre le dice a su hijo que se ha de comer con los cubiertos, la madre le ha de apoyar, y viceversa. No se debe caer en la trampa de: “Déjalo que coma como quiera, lo importante es que coma”.

5.- Gritar perdiendo el control. Aunque a veces es difícil mantener la calma. Esto supone un abuso de la fuerza que conlleva una humillación y un deterioro de la autoestima para el niño. Además el niño también se acostumbra a los gritos y cada vez hará menos caso.

6.- No cumplir las promesas ni las amenazas. Cada promesa o amenaza no cumplida es un punto menos en la autoridad. Las promesas y amenazas deben ser realistas, es decir fáciles de aplicar.

7.- No negociar por rigidez e inflexibilidad. Esto supone autoritarismo y abuso de poder, y por lo tanto incomunicación provocando que se rompan las relaciones entre los padres y los hijos; asunto muy peligroso cuando se llega a la adolescencia.

8.- No escuchar. Dodson dice en su libro “El arte de ser padres”, que una buena madre es la que escucha a su hijo también cuando hablan por teléfono.

9.- Exigir éxitos inmediatos. Frecuentemente los padres tienen poca paciencia con sus hijos. Querrían que fueran los mejores... ¡ahora! y además, sólo ven lo negativo.

Algunos consejos para facilitar la autoridad que exigen coherencia y constancia:

1.- Tener unos objetivos claros de lo que pretendemos cuando educamos. Es la primera condición para no improvisar. Estos objetivos han de ser pocos, formulados y compartidos con la pareja.

2.- Enseñar con claridad cosas concretas. No vale decirle: “pórtate bien" o “come bien" sino darle, con cariño, instrucciones concretas de cómo se coge el tenedor y el cuchillo, dándole el tiempo necesario para el aprendizaje.

3.- Valorar siempre sus esfuerzos por mejorar, resaltando lo que hace bien, más que lo negativo y, además, demostrándole confianza.

4- Dar ejemplo. Un padre no puede pedir a su hijo que tienda su cama si él no lo hace nunca.

5.- Huir de los discursos y sermones.

6.- Reconocer los errores propios, enseñando que los errores no son fracasos, sino equivocaciones.

Y todo ello con amor y sentido común en función del niño, del adulto y de la situación en concreto. De forma que no se intente matar moscas a cañonazos ni leones con resorteras.