¡Auxilio...! Hay un adolescente en mi casa

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¡Auxilio...! Hay un adolescente en mi casa

La cara deformada por granos y espinillas. Una nariz que no acaba de acomodarse al contorno de la cara. Una pelusilla, esbozo de bigote y barba. La habitación tapizada por rostros de hombres. Largas conversaciones en el teléfono con las amigas. Interminables días grises que terminan en llantos. Dietas y más dietas... ¡Auxilio...! Hay un adolescente en mi casa.

Es muy común que hoy en día al hablar de adolescencia, los padres de familia experimenten una sensación de vértigo y angustia, más aun cuando empiezan a vivir en carne propia esta experiencia con sus hijos, anteriores niños y hoy adolescentes en plenitud. Pero, ¿será verdad que esta etapa de la vida sea algo tan desagradable como para referirse a ella con tanto terror? ¿No fueron acaso los hoy padres maduros y coherentes, alguna vez adolescentes?

Un profesor de bachillerato solía referirse a la adolescencia como la etapa de un hombre o una mujer que se asemeja a la vida de una larva de mariposa. Ésta, ansiosa de ser una mariposa, tejía con paciencia su propio capullo. Era ahí, en su propio capullo en donde la larva de mariposa debía pasar un largo tiempo de metamorfosis para después romper triunfalmente el capullo y salir al aire para volar por los campos. El gran secreto estaba en el tiempo que debía permanecer en el capullo, no inactiva, sino larvando su propio destino, transformándose lenta pero inexorablemente en una mariposa. Dejando de ser larva, para convertirse en mariposa.

Es en el silencio y la oscuridad del capullo donde la larva se convierte en mariposa. No sucede de la noche a la mañana, no hay saltos dialécticos ni magia escondida, ni fuerzas poderosas del pensamiento o del subconsciente. Es la fuerza del cambio constante.

Como padres no queremos que nuestros hijos se lastimen, ni que caminen apresuradamente por esta metamorfosis, queremos que vivan en un ambiente propicio y seguro para que se desarrollen, pero al hacerlo, ¿estamos respetando nosotros este proceso? ¿No somos muy incisivos en exigirles que maduren lo más pronto posible? ¿Con estas exigencias no estamos favoreciendo la salida prematura de su capullo, para dar a luz larvas amorfas?

Es importante tomar conciencia de las características propias de la adolescencia y además de las peculiaridades de cada uno de nuestros hijos. Partir de la realidad de que por su desarrollo físico, psicológico y emocional, necesitan más espacio. Que por la búsqueda de la afirmación de su personalidad necesitan más intimidad y un fuerte sentido de pertenencia, a su familia y a su grupo de amigos. Que por la constante lucha de la forja de su carácter y voluntad, necesitan más retos, mayor comprensión en sus fracasos y un buen grado de formación intelectual y emocional así como el desarrollo de actividades físicas.

No es extraño que por estas y otras muchas diferencias entre padres e hijos, se dé una guerra sin tregua por establecer los límites, por imponer cada cual su razón como verdadera y en más de alguna ocasión, lastimarse seriamente sin quererlo. ¿Qué podemos hacer ante situaciones como éstas? ¿Cómo lograr ser padres y amigos de nuestros hijos sin perder la sana autoridad y la guía en su formación?

Algunos tips prácticos que nos podrían ser de utilidad son:

1.Actualizar nuestro conocimiento con relación a la vida de los adolescentes en nuestra sociedad, desde aspectos psicológicos, modas, corrientes musicales, grupos, para lograr ayudarlos desde su propia realidad, no desde lo que nosotros creemos que son las cosas. Este conocimiento debe servirnos no para transigir con todo aquello que nuestro adolescente quiere alcanzar, sino para conocer el presente en el que vive, las presiones a las que se somete y ayudarlo a discernir entre lo bueno y lo malo que ese presente le ofrece. Un ejemplo muy concreto es el internet. ¿Cuántos padres de familia conocen las bondades y los peligros del internet? No basta dar un no rotundo al permiso del uso del internet, ni un sí volátil que puede acarrear grandes problemas a nuestro hijo.

2.Practicar la empatía, recordar que también fuimos adolescentes incomprendidos y rebeldes. “Una gota de miel es mejor que un tonel de vinagre” dice un antiguo refrán español. Si quiero comprender a mi hijo o a mi hija en esos deliciosos pero vertiginosos años de la adolescencia debo recordar que también como padre debo ayudarle a cruzar el umbral de la edad adulta. Si yo lo ayudé a dar sus primeros pasos, allá cuando tenía un año de vida, ¿por qué lo dejo sólo, ahora que empieza a caminar como hombre o mujer?

3.Mejorar el diálogo, escuchar más y hablar menos. Ellos han pasado por lo menos 10 años como oyentes. El niño escucha y obedece, pero el adolescente ya es harina de otro costal. Nos ve, nos juzga. No nos predispongamos sólo a enjuiciar sus acciones sino escucharlos y comprenderlos.

4.Aprovechar todo el tiempo que pueda pasar con su adolescente. Y no precisamente para regañarlos ni sermonearlos, sino simplemente para estar con ellos. Que nos vean, que nos sientan cercanos. A veces parecemos estar siempre tan ocupados en la cocina, en el negocio o parapetados detrás de la televisión o del periódico que damos la imagen de que nos interesa más saber lo que pasa fuera de casa que saber lo que sucede en nuestra propia casa.

5.No hacer de la vida del adolescente una tragedia griega, sino descubrir junto con ellos que es una maravillosa aventura, un viaje único que los llevará a ser unos jóvenes auténticos y seguros de sí mismos.