Avanzar en la oración

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Avanzar en la oración

I. LA ORACIÓN AFECTIVA.

II. LA CONTEMPLACIÓN MÍSTICA.

III. ORACIÓN Y ACCIÓN.

I. LA ORACIÓN AFECTIVA. Identidad consagrada y oración.

La vida religiosa en la época de la renovación busca formas nuevas para expresar la consagración a Dios. Sacudida fuertemente por el Concilio en un momento en que el mundo estaba cambiando, ha debido pasar por periodos oscuros y periodos luminosos, siempre luchando por reafirmar su identidad. En estos 40 años posconciliares, no debemos olvidar los objetivos que perseguía la Iglesia con el Concilio y que de alguna manera la vida consagrada los ha hecho propios: “profundizar en la conciencia de sí misma, la reforma, al recomposición de la unidad y el coloquio con el mundo contemporáneo.”1

La vida consagrada en este periodo ha profundizado en la conciencia de sí misma y se ha dado cuenta de quién es ella, fijando su identidad en el seguimiento de Cristo. “A lo largo de los siglos nunca han faltado hombres y mujeres que, dóciles a la llamada del Padre y a la moción del Espíritu, han elegido este camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a El con corazón « indiviso » (cf. 1 Co 7, 34).”2 “(La) existencia «cristiforme», propuesta a tantos bautizados a lo largo de la historia, es posible sólo desde una especial vocación y gracias a un don peculiar del Espíritu. En efecto, en ella la consagración bautismal los lleva a una respuesta radical en el seguimiento de Cristo mediante la adopción de los consejos evangélicos.”3 “El objetivo central del proceso de formación es la preparación de la persona para la consagración total de sí misma a Dios en el seguimiento de Cristo, al servicio de la misión.”4

Este seguimiento de Cristo comporta un estilo de vida estable, como lo ha definido el Código de Derecho Canónico5. La identidad de la vida religiosa viene a definirse como un especial seguimiento de Cristo. “Al final de cuentas se debe afirmar que en el seguimiento de Cristo en la vida cristiana y en la vida religiosa es necesario vender todas las cosas para comprar el tesoro escondido en el campo (Mt. 13, 44)… Sin embargo en este horizonte tan vasto, la vida religiosa como seguimiento del Señor muerto y resucitado tiene dinamismos, identidad y exigencias que son sólo suyas… Conviene mencionar que la novedad más absoluta (de este estado de vida) no consiste en alcanzar

1 Stefania Tassotti, La consacrazione Religiosa. Dal Concilio Vaticano OO all’Esortazione Apostolica “Vita consacrata”, Edizioni OCD, Roma, 2003, p. 14. 2 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n.1 3 Ibidem., n.14 4 Ibidem., n. 65 5 Juan Pablo II, Código de Derecho Canónico, canon 573,1

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la santidad (tarea de todos los cristianos) sino en un esfuerzo de sinergia por identificarse con la vida y con las enseñanzas de Cristo, para expresar en el momento actual lo que significa seguir un proyecto-hombre, querido por Dios.”6 Seguir un hombre, que en esta caso es Cristo, comporta una aventura fascinante, pero al mismo tiempo exigente. Empeñar toda la vida en el proyecto de transformar una vida para configurarla lo más cercana posible con la vida de Cristo, requiere no sólo las energías humanas, sino también la disposición espiritual de vaciarse constantemente de uno mismo, para que la vida de Cristo, pueda tomar posesión de las personas, al grado de decir con san Pablo: “No soy yo quien vive en mí, es Cristo quien vive en mí.”(Gal., 2, 20).

El Magisterio de la Iglesia, la Tradición y muchos fundadores de órdenes religiosas, así como hombres y mujeres que han sido fieles al seguimiento de Cristo, han indicado algunos medios para lograr cumplir con esta tarea. Sin pretender ser exhaustivos en este tema, bien podemos mencionar que la herencia multisecular de la vida consagrada ha consignado a las nuevas generaciones la oración como uno entre tantos medios, que se presentan como ayuda en el seguimiento de Cristo. “La vida religiosa no se puede sostener sin una profunda vida de oración, individual, comunitaria y litúrgica. El religioso, que abraza una vida de total consagración, está llamado a conocer al Señor resucitado con un conocimiento ferviente y personal y a conocerle como a uno con el cual se está personalmente en comunión: « Esta es la vida eterna: conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo a quien El ha enviado » (Jn 17, 3). Su conocimiento en la fe trae consigo el amor: « aun sin verle le amasteis y sin verle todavía os alegráis ya con gozo tan glorioso que no se puede describir (1 Pt 1, 8). Este gozo de amor y conocimiento, se produce de muchas maneras, pero fundamentalmente, y como medio necesario y básico, a través de encuentros personales y comunitarios con Dios en la oración. Aquí es donde el religioso encuentra «la concentración de su corazón en Dios» (DmC 1), que unifica vida y misión.”7

Por ello, desde la formación inicial hasta el momento en que la mujer consagrada se encuentre cara a cara con su Creador es necesario sostener la vida de consagración a través de la oración. Siendo la vida consagrada una lucha continua por alcanzar la identificación más plena con Cristo, son sus sentimientos y sus acciones, la mujer consagrada necesita constantemente conocer y asimilar esta forma de vida. Por un principio filosófico, el amor tiende a conformarse con su objeto. “El amor es la realización más completa de la existencia de la persona, puesto que encuentra en el amor la más grande plenitud del propio ser.”8 El seguimiento de Cristo comporta un doble acto de amor. Amor de Cristo hacia la persona consagrada y amor de la persona consagrada a Cristo. En este doble acto de amor, Cristo busca poseer a la persona consagrada, así como la persona consagrada busca poseer a Cristo. La vida de la mujer consagrada será por

6 Elena Marchitielli, Chiamati a stare con Cristo, Edizioni Dehonaniane, Roma, 1999. 7 Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Elementos esenciales de la doctrina de la Iglesia sobre la vida religiosa dirigidos a los institutos dedicados a obras apostólicas, 31.5.1983, n. 28 . 8 Lucas Lucas, L’uomo, spirito incarnato, Edizioni Paoline, Milano, 1993, p. 178.

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tanto una vida que busca conformarse con su amado, para poseerlo. Pondrá todo su ser a disposición del Amado para que la configuración pueda ser total. La oración sin duda es un medio excelente y privilegiado para lograr esta meta, ya que mediante la oración, “El espíritu trata de comprender el por qué y el cómo de la vida cristiana para adherirse y responder a lo que el Señor pide.”9 La oración se convertirá en una meta y un medio para alcanzar una identificación más plena con Cristo y así poder seguirlo más cercanamente. De esta forma, la mujer consagrada podrá avanzar cada día en la afirmación se su propia identidad como une mujer que ha dejado todo para seguir a Cristo. Muchas y muy variadas son las formas y las escuelas de oración. En este artículo no pretendemos revisarlas cada una de ellas, ni explicar las diversas metodologías de oración. Nos concentraremos en la oración afectiva y la oración contemplativa, como grados un poco más avanzados de la oración. He dudado en escribir la palabra avanzados, pues podría parecer que reducimos la oración a un esfuerzo netamente humano, como si todo el progreso o avance de la oración dependiera de la mujer que se pone en contacto con Dios a través de la oración. No hay que olvidar que la oración es sobretodo un esfuerzo que hace la mujer consagrada para identificarse y seguir la voluntad de Dios. Es por tanto, un esfuerzo por cancelarse a sí misma, para que Dios tome posesión de ella. Bajo esta perspectiva debemos tomar en consideración que la iniciativa parte de Dios. Es Dios quien quiere habitar en la mujer consagrada. Es Dios por tanto que llevará el alma de la mujer consagrada por los caminos que Él juzgue conveniente, en la manera en que la mujer consagrada se preste a secundar la acción de Dios. No es por tanto la oración una mera actividad humana. Si así fuera, bastaría con seguir fielmente las instrucciones de un manual y así adquirir los frutos más necesitados. La acción de Dios se vale de las buenas disposiciones de la mujer consagrada, pero sólo como punto de partida para llevarla a donde Él quiera y así conformarla cada vez más con Él. Sin embargo, dejando salvaguardad la libre acción de Dios, existen ciertos estados avanzados en la oración, como consecuencia lógica de una mayor dedicación y atención en la oración. Explicaremos en este caso la oración afectiva. Concepto y definición de oración afectiva Crecimiento...

Si bien hemos establecido que el crecimiento en la oración depende sólo de Dios, también es necesario afirmar que Dios no puede sustraerse al desarrollo natural y lógico del alma consagrada que se pone en camino hacia Él. Quien va conociendo en la oración cuál es la voluntad de Dios para su vida y lucha y se esfuerza por llevarla a cabo, va dejando a un lado ciertas rémoras del pasado. Dios se vale de estas disposiciones para llevarla a gustar no sólo la voluntad de Dios sino Él mismo, ya que el estar con Dios, el seguir a Cristo, es la meta a la que toda mujer consagrada quiera llegar. Y Dios no se hace del rogar. Por ello, al avanzar el alma en la oración discursiva, aquella en la que la inteligencia juega un papel preponderante, puede de alguna manera centrarse en Dios y ya no en sí misma, cuando se ha purificado al paso del tiempo. De alguna manera es un

9 Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia católica, 11.10.1992 n. 2705

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crecimiento no sólo espiritual, sino también humano, psicológico y afectivo que le permite llegar con mayor agilidad a la meta fijada: poseer a Dios en el seguimiento cercano de Cristo. Y este crecimiento no se refiere sencillamente a un estado del alma, a un cambio en la oración, sino también a diversos momentos que pueden sucederse en la oración misma. Como estamos tratando un tema en el cual Dios es quien da al alma las gracias que Él quiere, necesarias para su santificación y de acuerdo a la madurez de dicha alma, Él sabrá en qué momento de la oración sugerir al alma una oración más afectiva que discursiva. No podemos dar normas al respecto. No podemos decir, por ejemplo que después de un período de oración de unos años, el alma pasará de la oración discursiva a la oración afectiva. Ni tampoco podemos decir que Dios no pueda suscitar inspiraciones para hacer que en la misma oración discursiva se den movimientos que la lleven a ser más afectiva. No hay reglas ni tiempos. Sin embargo hay ciertos indicadores espirituales, válidos para todas las almas, con los que nos es lícito pensar que el alma está ya en grado de pasar de la oración discursiva a la oración afectiva, o que Dios mueve su alma para que en ciertos periodos de la oración se haga más afectiva que discursiva. Podemos decir, como norma general, que cuando se ama más y más perfectamente, es posible que estemos entrando en una oración afectiva. Si el alma deja atrás sus pecados, si se mueve sólo por la voluntad de Dios y busca en todo a Dios, es posible pensar que Dios mismo quiera manifestarse, aunque sea un poco, a esta alma. Es el principio de la contemplación en el que ahondaremos en los siguientes renglones. Principios pedagógicos.

Habiendo dejado en claro que es Dios quien da el crecimiento espiritual de la persona, dirigiéndola a la oración afectiva, conviene ahora presentar dos motivos por los que es necesario y conveniente explicar y promover la oración afectiva desde los primeros estadios de la formación.10

Los novicios o quienes inician una vida de consagración, están llamados a conocer la belleza del encuentro con Cristo. Lanzados por el ímpetu de la primera formación,

10 Por dimensión contemplativa en la formación entendemos lo expresado en el documento La dimensión contemplativa de la vida religiosa, de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, en el número 1: “La dimensión contemplativa es radicalmente una realidad de gracia, vivida por el creyente como un don de Dios, que le hace capaz de conocer al Padre en el misterio de la comunión trinitaria, y de poder gustar "las profundidades de Dios". No se pretende entrar aquí en los delicados y numerosos problemas que plantean las diversas formas de contemplación, ni hacer un análisis de la contemplación en cuanto don infuso del Espíritu Santo. Describimos la dimensión contemplativa fundamentalmente como la respuesta teologal de fe, esperanza y amor con la cual el creyente se abre a la revelación y a la comunión del Dios vivo por Cristo en el Espíritu Santo. "El esfuerzo por fijar en El (Dios) la mirada y el corazón, que nosotros llamamos contemplación, se convierte en el acto más alto y más pleno del espíritu, el acto que hoy todavía puede y debe coronar la inmensa pirámide de la actividad humana"”.

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pueden centrar su vida espiritual con emociones pasajeras y pensar que el seguimiento de Cristo es tan sólo un sucederse continuo de sentimientos agradables. Los momentos de la Cruz, si no negados, por lo menos se ven muy distantes y cuando llegan no se saben sortear ni tomar como parte misma del seguimiento de Cristo, es decir, de la vocación. La oración afectiva refuerza sin duda alguna el ideal de presentar a Cristo como el único necesario en la vida consagrada, de modo que cuando lleguen estos momentos difíciles, el alma conozca como moverse, pueda distinguir estos momentos oscuros y eche mano de la oración afectiva para seguir adelante en su camino. No debemos olvidar que la oración afectiva, a diferencia de la oración discursiva, presenta la meta de alcanzar a Cristo en una forma más clara y sucinta. Este es por tanto, el primer principio pedagógico. Presentar la oración afectiva desde los primeros estadios de la formación para dar a conocer la meta de la vida consagrada y también proporcionar elementos válidos para el camino del seguimiento de Cristo. No queremos decir por tanto que desde los primeros instantes del alma que inicia su vida consagrada se den ya los elementos adecuados para iniciar la oración afectiva, sino que es una obligación de la formadora darla a conocer para ayudar al alma a superar momentos difíciles, cuando éstos lleguen.

El segundo motivo pedagógico por el que se debe dar a conocer la oración afectiva desde el inicio de la vida consagrada es para demostrar la falsedad del binomio contemplación-acción. Muchos piensan que la contemplación tiene que ver con fenómenos místicos. Se ve la contemplación como sinónimo de visión beatífica de Dios en esta tierra y se la asocia con fenómenos místicos reservados a almas dotadas espiritualmente. Nada tan lejos como la realidad. La contemplación no está asociada con acontecimientos especiales. La contemplación de la que la oración afectiva forma parte, está destinada a acercar las almas a Dios, hasta llegar a poseerlo plenamente. Toda alma consagrada por el seguimiento de Cristo que debe llevar a cabo durante toda su vida, está llamada a llegar a Dios, como Cristo mismo nos ha mostrado con el ejemplo de su vida. La contemplación ayuda a llegar a Dios al ser “fe enamorada en primicia de la esperanza.”11

Y este segundo principio es muy importante, sobretodo cuando se inicia el camino de la vida espiritual para enseñar que más importante que el hacer es el ser. Ser consagrada es más importante que la labor que se puede desarrollar como consagrada. Debemos enseñar a ser, más que a hacer. Y la contemplación, de la cual la oración contemplativa forma parte, nos ayuda en ello, ya que la contemplación lleva a la plena realización del hombre, permitiendo que el alma se ponga en contacto con el objeto amado, es decir, le permite que aprenda a ser antes que hacer. La contemplación no es por tanto una colección de fenómenos místicos, sino la posibilidad de acercarse a la meta que queremos como almas consagradas. “Es lógico por lo tanto, que la persona transforme la contemplación en una meta o destinación afectiva.”12

Ir más allá de la meditación

¿Cuál es el objetivo por el que un alma consagrada hace meditación o dedica un tiempo generoso de la jornada a la oración? “La formación religiosa en sus diversas fases, inicial

11 B. Olivera, Contemplación en el hoy de América Latina, Ed. Patria Grandes, Buenos Aires, 1977, p. 19. 12 Luis Jorge González, Guidati dallo Spirito, Ed. Librería Editrice Vaticana, Città del Vaticano, 1998, p. 286.

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y permanente, tiene por objetivo principal calar a los religiosos en la experiencia de Dios y ayudarlos a perfeccionar progresivamente esa experiencia en su propia vida. A tal fin es necesario que el apostolado mismo sea puesto de relieve debidamente. La meta principal que se habrá de perseguir en los Institutos de vida activa será la mutua permeabilidad entre interioridad y actividad, de modo que la conciencia de cada uno cultive la primacía de la vida en el Espíritu Santo del cual brota la gracia de unidad propia del amor de caridad”.13

Y esto que se menciona en los años de la formación debe continuar a lo largo de la vida consagrada. Podemos decir entonces que se hace oración para abrirse a la acción de Dios. “La meditación no se hace por amor del conocimiento de la verdad en si misma, ya que esto sería estudio. Se hace para llegar al conocimiento y al amor de la suprema Verdad; la oración mental se orienta netamente al encuentro simple y afectuoso con Dios, en donde el hombre en el silencio íntimo ve y vive en su luz y en su amor.”14 Se pasa por tanto de una oración discursiva a una oración afectiva, simple, clara, penetrante y cierta, en donde Dios se deja ver un poco y el alma, impulsada por el amor y sin el peso de sus pecados, se lanza a amar lo que Dios le permite ver. Por ello, sin prisas pero sin pausas, las almas consagradas deberán ir pasando de la oración discursiva a la oración afectiva si quieren amas más y mejor a Cristo, si quieren seguir más de cerca al Amado. No se trata de una vanagloria en donde la persona se centra sobre sí misma y se cierra en un gozo egoísta, buscando en la oración afectiva una consolación espiritual. Dios no piensa de la misma manera ni actuara en forma tal que el alma que se interna en la oración afectiva pueda tener aún tendencias al egoísmo. El alma consagrada que va purificándose, es capaz de amar desinteresada y cada vez más perfectamente a Dios. Quien en la oración se ama más a sí mismo que a Dios, Él no le permite seguir adelante, puesto que el alma no estará buscando amar más a Dios, sino amarse más a sí misma, a través de las consolaciones o los gozos espirituales buscados por sí mismos. Quien se adentra en la oración discursiva pasará a la oración afectiva en la medida que purifique sus intereses. Si la oración discursiva tiene como uno de sus objetos conocer, adherirse y amar la voluntad de Dios, con el paso del tiempo el alma aprenderá a cumplir la voluntad de Dios e irá aprendiendo a dejarse a sí misma para amar sólo a Dios, de forma que sea sólo el cumplimiento de su voluntad el único interés en su vida. Y será un interés fundamentado en el amor. El alma, guiada pedagógicamente por Dios, aprenderá, después de haber purificado sus tendencias, a amar sólo a Dios. Es en ese momento donde puede comenzar a decirse que ha llegado a la oración afectiva, o que algunas partes de su oración son oración afectiva, pues busca sólo el amor de Dios. Del paso de la oración discursiva a la oración afectiva.

13 Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, La dimensión contemplativa de la vida religiosa,12.8.1980, n. 51 y 52. 14 Antonio Furioli, Preghiera e contemplazione mistica, Ed. Marietti, Genova, 2001, p.186.

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¿Cuándo y cómo se pasa de la oración discursiva a la oración afectiva? ¿Qué puede y debe hacer el alma en este caso? ¿Cómo puede ayudar el director espiritual a dar este paso?

Recodemos una vez más la definición de oración afectiva, para saber a qué nos referimos con el paso de la oración discursiva a la oración afectiva: “La oración afectiva, como dice la palabra, es aquella en la que dominan los afectos piadosos, o sea, los diversos actos de la voluntad con los cuales expresamos a Dios nuestro amor y el deseo de glorificarlo. En esta oración el corazón tiene una mayor participación que la mente”15. El alma, mientras camina en el cumplimiento de la voluntad de Dios, se da cuenta que estar cerca de Dios es el único fin de la vida consagrada. “Y la claridad de Dios da la vida: es decir, quienes ven a Dios tienen parte en la vida. Por eso el que no puede ser abarcado, comprendido ni visto, concede a los seres humanos que lo vean, lo comprendan y abarquen, a fin de darles la vida una vez que lo han visto y comprendido.”16 Puede por tanto acceder a Dios y la oración es un medio privilegiado para llegar a Él. Habiendo comenzado con la oración discursiva, aquella que alimenta al intelecto para así robustecer la voluntad, el alma se hace familiar a Dios. Por la razón, conoce la voluntad de Dios, sus mandatos, los ejemplos de la vida de Cristo. Y por su voluntad, que se ha caldeado mediante frecuentes y continuos actos de la voluntad, está dispuesta a cumplir en todo lo que Dios le pida. Si el alma es fiel a las inspiraciones del Espíritu, que se insinúa en la oración, llegará pronto a vivir en un estado de buscar sólo y en todo la voluntad de Dos. LA oración pasará de una actividad eminentemente racional a una actividad afectiva, en donde el peso lo tienen los afectos, es decir los movimientos del alma por cumplir lo que Dios le va pidiendo. El alma ya despojada o en proceso de despojarse de toda afección ajena a Dios, puede lanzarse sin ningún peso que la mantenga anclada a sus afecciones, a la posesión de Dios. Y Dios da su gracia para ser poseído.

La persona necesitará menos materia para orar, pues no necesitará razonar tanto, cuanto amar mucho. Su corazón no quedará ya impresionado por los ejemplos de Cristo, sus virtudes, sino que querrá imitarlo en todo, hasta configurarse en uno con Él. “El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con Dios: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz (…) Hace que el alma se eleve hasta el cielo, que abrace a Dios con inefables abrazos”.17

Pero esto o sucede en forma ordenada, racional, metódica. Recordemos que estamos pisando un terreno espiritual que sólo le está reservado a Dios. Frecuentemente el alma llega a este estado sin saber qué es lo que le está ocurriendo. No puede meditar, es decir, hacer ya una oración discursiva, porque se dirige inmediatamente a los afectos. Y en ello prueba desasosiego. Acostumbrada a ir paso a paso en la oración, piensa que estarse amando al amado es una pérdida de tiempo. Comienza a sentir desasosiego por no sacar un fruto concreto de la oración. Es el momento en que debe ser ayudada por un director

15 Adolfo Tanquerey, Compendio di Teologia Ascetica e Mistica, Lib. II, cap. II, n. 976. 16 Ireneo de Lyon, Contra los herejes, 4,20,5-7 17 De las Homilías de San Juan Crisóstomo, obispo; (Homilía VI, suppl.: PG 64, 462-466)

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espiritual que le haga comprender que estos momentos son normales en el alma. Que no los debe achacar a sus infidelidades y que Dios le está pidiendo un nuevo paso en su oración. Deberá enseñarle a dejarse llevar por Dios en este nuevo tipo de oración. “El guía espiritual (…) deberá prestar una doble atención: al orante que de frente a experiencias imprevistas busca las modalidades idóneas para garantizar la autenticidad de su coloquio con Dios y de su progreso en la vida espiritual; y al Espíritu Santo cuyas modalidades de acción deberán ser distintas de las posibles ilusiones o engaños de la persona. Así, el avanzar en la oración se convierte en una participación de los dones del Espíritu.”18 Además, el director espiritual deberá ayudar al alma a comprender que el momento en el que se encuentra es de una gran importancia para su identificación con Cristo. Debe ayudarle a dejarse andar por Dios, a no poner ningún obstáculo entre él y lo que Dios le está pidiendo. “Además de iluminar al alma en este camino, es oportuno ayudar al alma con el fin de que se emancipe de la adhesión a la propia actividad y sea conducida a un total desapego y soledad interior, serena y libre en el espíritu.”19 Los signos de la oración afectiva. Cualquier paso que se da en la vida espiritual y en la vida de oración están muy ligados entre ellos. No podemos esperar un crecimiento en la vida espiritual sin que sea reflejado en la vida de oración, y viceversa. Por ello es conveniente que el alma y el director espiritual analicen continuamente esta relación mutua, para saber discernir los verdaderos movimientos del alma a la perfección, de los simples estados de ánimo pasajeros e ilusorios. Las almas que se adentran en el camino de la oración discursiva comienzan a conocer y a querer vivir en una mayor unión con Dios. Esto tiene como primera consecuencia el desapego de las cosas terrenas por las cuales comienza a sentir hastío. Este sentimiento puede incluso experimentarlo frente a Dios. Y como el alma comienza a experimentar a Dios en la oración en una forma distinta a la antes acostumbrada, puede tener de Él un recuerdo como de ausente.

Estos sentimientos o vivencias del mundo interior se refleja, o a su vez, son reflejo, de los cambios que experimenta el alma en la oración, especialmente en lo que se refiere a los actos de la voluntad. Recordemos que los actos de la voluntad son los actos que realiza el ama una vez que mediante la reflexión discursiva ha conocido las maravillas de Dios. Estos actos de la voluntad bien pueden reducirse a tres: los afectos, las preguntas y las decisiones20. La oración afectiva se reduce a los actos de la voluntad. Podemos decir que en la oración afectiva los actos de la voluntad aumentan en consideración a los actos del intelecto, se reducen y no son tan variados. Esto es así porque al alma le basta estarse centrada en Dios y encuentra su satisfacción en volcar su voluntad en el objeto amado.

18 Raimondo Frattallone, La direzione spirituale oggi. Una proposta di ricomprensione, Società editirice internazionale, Torino, 1996, p. 269. 19 Charles André Bernard, L’aiuto spirituale personale, Editrice Rogate, Roma, 1994, p. 142. 20 Sugerimos consultar el libro Antonio Furioli, Preghiera e contemplazione mistica, Ed. Marietti, Genova, 2001, pp. 135 – 155 en donde se hace una explicación proficua de los actos de la voluntad.

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Esto no quiere decir que el ama se quede extasiada en la contemplación de estos misterios. La oración afectiva no es contemplación mística, aunque la prepara. Si hemos dicho que los actos de la voluntad son afectos, preguntas y decisiones, entonces la oración afectiva se centrará sobre estos tres movimientos. Por lo tanto, muy lejos esta el alma que hace oración afectiva de quedarse extasiada, en una contemplación que no se refleje en la vida. Al contrario. Los afectos, las preguntas y las decisiones la llevarán a poner en práctica todo aquello que ha experimentado en la oración. Son afectos que se traducen en la vida real, pues de lo contrario se corre el peligro de buscar una simple satisfacción espiritual, una especia de gula espiritual. No es que aumenten los afectos, las preguntas y las decisiones, sino que van tendiendo a la unidad, a buscar hacer en todo la voluntad de Dios con un perfecto y cada vez más grande amor. Por ello los objetos en los que el ama puede encontrar materia para la oración “son diversos y se adaptarán alas diferentes inclinaciones del hombre”.21 Por último podemos señalar que como frutos de esta oración afectiva el alma se encontrará enana posición de experimentar un profundo horro al pecado, pues la hace detestable a Dios, de quien ha comenzado a experimentar su dulzura. Además podrá conocer con mayor intimidad a Dios, siendo un conocimiento no sólo teórico, sino experimental. Sin embargo el director espiritual o el alma misma deben ponerse en guardia de los posibles peligros o inconvenientes que puedan surgir con este tipo de oración. Como este tipo de oración tiende a crear cierto fervor en las almas, pueden caer en la gula espiritual, es decir en buscar hacer la oración afectiva sólo por los afectos sensibles que puede experimentar. Corre el peligro incluso de reducir la oración solamente a provocar estos afectos sensibles, reduciendo su verdadero objeto, que es unirse a Dios mediante el cumplimiento de su voluntad. No debemos olvidar que el propósito de la oración es preparar al alma a un cumplimiento de la voluntad de Dios, que siempre tenderá a ser con más amor y dedicación. Reducir todo a afectos, sin bajar a lo concreto es quedarse en medio del camino. Otro peligro es creerse convertido, creer que se ha llegado a la meta. En este tipo de oración el alma se lanza a buscar sólo la voluntad de Dios. Como su deseo es sólo éste, puede pensar que ya ha llegado a la santidad, o a pensar que no necesita ir más adelante, que no necesita de mayor conversión. No hay que olvidar que en determinadas ocasiones el maligno se viste de luz y puede hacer aparecer al hombre una situación irreal, cuando en verdad la conversión es siempre una lucha de todos los días.

El mayor peligro para la oración es el pensar que no se necesita hacer ya oración. Que Dios dará los afectos para seguir adelante. Se equivoca el alma que piensa de esta manera, pues si bien Dios da gratuitamente sus gracias, el hombre no debe presumir que recibirá estas gracias, sino que debe preparar los puntos de la meditación y todo el desarrollo, de forma que Dios pueda enviar sus gracias de la forma que a Él más convenga. Este tipo de oración es sólo un paso más en la escala de la perfección, del acercamiento a Dios. Aún queda mucho por avanzar y Dios no eximirá al alma que hace

21 Antonio Furioli, Preghiera e contemplazione mistica, Ed. Marietti, Genova, 2001, p. 192.

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ya oración afectiva de diversas pruebas y tribulaciones. El alma debe aprender a ser agradecida con Dios a través de la humildad. II. LA CONTEMPLACIÓN MÍSITICA. Concepto de contemplación mística. Demos un paso más en el avanzar de la oración, dejando establecido que todas estas etapas o pasos sucesivos no dependen del hombre, sino de la gratuidad de Dios. Si bien es cierto que no debemos olvidar que la gracia trabaja en el lugar dónde el alma está preparada. Y como estamos pisando un terreno espiritual es justo que expliquemos nuestra confusión al escribir de estos temas. Así como a un hombre que no conoce una lengua extranjera, le es difícil expresarse en esa lengua, así al hombre le es muy difícil explicar y mucho menos esquematizar lo que son los movimientos del alma, especialmente cuando estos movimientos, como veremos, son provocados por Dios. “Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman” (1Cor. 2, 9). Partamos de las distintas definiciones que existen de contemplación. Existe aquella contemplación que es producto del intelecto humano, en donde el hombre alcanza el objeto de la contemplación mediante el uso de sus facultades. Se puede contemplar un paisaje y quedamos admirados de su belleza. Así, hemos alcanzado el objeto contemplado, la belleza, a través de nuestras facultades, el sentido de la vista, el oído y la reflexión que sobre esas imágenes y sonidos hayamos hecho en nuestra mente. Puede darse también una contemplación intelectual en donde la mente contempla y llega a su objetivo, el estudio de una materia, un problema matemático y se alcance la contemplación mediante la aplicación de las facultades mentales. Podemos hablar también de una contemplación desde el punto de vista espiritual en donde el objeto puede ser una escena del evangelio, los ejemplos de la vida de Cristo. La mente contempla y se apodera de dichos objetos, pero siempre a través de sus facultades. Si hiciéramos un resumen diríamos que la contemplación natural es ver un objeto con admiración. Esta contemplación natural puede ser sensitiva, imaginativa o intelectual, dependiendo del objeto que contemplemos.

La contemplación mística es otra cosa. Se trata un don de Dios en donde el hombre participa poco o nada. Lo explicaremos mejor, al describir los distintos tipos de contemplación mística que pueden darse: adquirida o infusa. Para dar una definición, nos ayudaremos de Tanquerey, en la inteligencia que los diferentes términos que él utiliza

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pueden ser comparables a los de diferentes autores místicos22. “La palabra contemplación indica, en sentido propio, un acto simple de vista intelectual, abstrayendo los diversos elementos afectivos o imaginativos que la acompañan; pero cuando el objeto contemplado es bello y amable, el acto se asocia a la admiración y al amor. Por extensión se llama contemplación a la oración que tiene como cualidad especial el predominio de esta mirada simple. En donde no es necesario que este acto dure todo el tiempo de la oración. Basta que sea frecuente y acompañado de afectos. La oración contemplativa se distingue de la oración discursiva porque excluye la multiplicidad de los largos razonamientos. Y a diferencia de la oración afectiva, la contemplación excluye la multiplicidad de actos que cualifican la oración afectiva. Se puede definir la contemplación (mística) como una mirada simple y afectuosa a Dios y a las cosas divinas.”23 Todavía Tanquerey hace una división entre oración contemplativa adquirida, infusa y mixta. Adquirida será aquella oración en la que predomina un solo afecto, un solo acto de la voluntad. Podemos decir por tanto que es una oración afectiva simplificada, en dónde las facultades del hombre siguen trabajando pero vienen ayudadas por la gracia para mantener la simplicidad de los afectos y la unidad de los mismos. La contemplación mística infusa es aquella en la que la visión que se tiene del objeto contemplado no depende de las facultades del hombre, sino que es una gracia de Dios y más concretamente del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo el que permite tener esta única visión de unidad. Es por tanto fruto de una acción especial del Espíritu Santo sobre el alma. Existe también lo que Tanquerey llama contemplación mística mixta y lo que Charles André Bernard llama “pedazos de la contemplación”. Son momentos que Dios concede al alma de contemplación infusa. No se prolongan por mucho tiempo y se alternan con la contemplación adquirida. La finalidad hace la diferencia.

Considerados estos conceptos que tratan de explicar lo que es la contemplación mística, conviene señalar su diferencia con la contemplación de carácter oriental, especialmente en un momento en que la sociedad occidental, “que quiere el máximo, lo quiere rápido y lo quiere sin esfuerzo”24 busca una satisfacción a sus ansias de infinito. La contemplación de corte oriental, cualquiera que ella sea, pretende vaciar al hombre de sí mismo para ponerse en sintonía con el universo. Es el no sentir, el no querer, el no gustar, para estar en sintonía con la creación. Crear el vacío, un estado de nirvana que reporta paz y tranquilidad. “Algunos métodos orientales (…) no dudan en colocar el absoluto sin imágenes ni conceptos, propios de la teoría budista, sobre el mismo nivel de la majestad

22 La diferencia de los términos entre los santos y los estudiosos puede prestarse a grandes dificultades en la comprensión de estos conceptos. Conviene siempre hacer un estudio cuidadoso de lo que cada autor entiende por contemplación y por contemplación mística. 23 Adolfo Tanquerey, Compendio di Teologia Ascetica e Mistica, Lib. III, Observaciones. 24 Susanna Tamara, Non vedo l’ora che l’uomo cammini, Edizioni San Paolo, Milano, 1997, p. 52.

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de Dios, revelada en Cristo, que se eleva más allá de toda realidad finita y, para tal fin, utilizan una <<teología negativa>> que trasciende toda afirmación sobre Dios (…) Para ello proponen abandonar no sólo la meditación de las obras salvíficas que el Dios de la antigua y de la nueva alianza ha llevado a cabo en la historia, sino incluso la misma idea de Dios uno y trino, que es amor, a favor de una inmersión <<en el abismo indeterminado de la divinidad>>.25”

Lejos de ser un aniquilamiento del ser, la contemplación mística cristiana busca vaciarse de sí misma, para alcanzar un mayor amor de Dios. Podemos decir con Furioli que el hombre de oración se ha venido preparando a través de un largo camino. Mediante la mortificación controla los instintos desordenados de las pasiones, las inclinaciones de la sensibilidad, con la lectura, la meditación y la oración rectifica su camino en la voluntad de Dios, sus deseos y sus aspiraciones se van haciendo cada vez más perfectas para buscar sólo a Dios. Este es un movimiento que muchos lo han identificado como un momento en que el alma quiere desasirse de todo lo creado para buscar sólo a Dios. “Buscar a Dios consiste en el tender con todas las fuerzas para tener a Dios, la vida de Dios en nosotros y a dar siempre un mayor impulso, un mayor desarrollo a esta vida.”26

Sin embargo, el alma comienza a ser consciente que Dios es mayor que ella. Aunque paradójicamente busca amar a Dios, se da cuenta que no puede hacerlo por sí sola. Se da cuenta que Dos es mayor que sus solas fuerzas, que su amor es más grande que el Amor y que sola no puede lograr nada, más que pecado y miseria. Es en estos momentos cuando Dios concede a esta alma la gracia especial de poderlo contemplar. “Dios envía su Espíritu a fin que cumpla en el hombre una nueva acción de amor, y el Espíritu Santo, más allá de las virtudes teologales infusas, infunde una gracia <<suya>>, -es un gesto del Espíritu, no del esfuerzo del hombre- que suscita en el hombre un acto de amor infuso y de fe viva, penetrante. Y el hombre bajo esta nueva inspiración, contempla, ama y goza en una nueva luz los misterios de la fe y penetra, con una nueva fuerza e intuición superior, en el corazón del Padre.”27

“La diferencia parece ser muy sutil, pero es muy profunda. Ese estado de conciencia en el que quien medita trata de llegar a la divinización de sí mismo, es muy distinto al abandono de sí que hace el cristiano en la oración contemplativa, en la cual el alma se abre y se entrega a Dios que habita en el interior del hombre -somos "templos vivos del Espíritu Santo" (1a.Cor.3, 16) -si nos encontramos en estado de gracia. (…) Las experiencias místicas provocadas a través de la meditación pagana oriental o de la “metafísica” nada tienen que ver con el estado de unión con el Dios Uno y Trino: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo de la Contemplación Cristiana, en la cual el Dios Vivo y Verdadero va haciendo en el alma del orante su trabajo de alfarero para ir moldeándola según Su Voluntad (cfr. Jer.18, 1-6). Realmente ¿a qué nos llevan los métodos de “meditación” pagana? A centrarlo todo en el “yo”. ¿Qué nos dice la mal llamada “metafísica”? Tu mente es “dios”, tú puedes lograr todo lo que quieras, basta que

25 Joseph Ratzinger, Lettera su alcuni aspetti della meditazione cristiana –Orationis formas, 15.10.1989, n. 12. 26 M. Ildegarde Cavitza, o.s.b., Abbazia delle Benedettine S. Maria di Rosano, Firenze, 1992, p. 61. 27 Anotino Furioli, op.cit., p. 201.

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lo desees, con tu mente lo puedes todo. Esta es la contemplación que el hombre tiene, fruto no de su esfuerzo, de su vida de gracia, de su oración, sino que es una gracia que recibe de Dios, a través del Espíritu Santo. Una contemplación que no busca la quietud del ser, como la contemplación oriental, sino que es producida por Dios para colmar las ansias de amor del hombre. Podemos por tanto decir que mientras la contemplación oriental es fruto de la acción del hombre para llegar a una pasividad total, la contemplación mística cristiana es dada por Dios a quien quiere amarlo con todo el alma, con todo el corazón, con todo el ser.28” ¿En qué consiste la contemplación mística?

Contrariamente a lo que podemos pensar, la contemplación mística no es el ver apariciones de ángeles o tener el privilegio de ver a Jesucristo en esta tierra. Hemos dicho que es el poder contemplar, amar y gozar con una nueva luz los misterios de la fe. Si quisiéramos señalar sus características principales podríamos decir que la contemplación mística no es de orden natural, por lo que depende enteramente de la garcia que Dios quiera dar al hombre. “Es un conocimiento simple y afectuoso de Dios y de sus obras, fruto no de la actividad humana ayudada de la gracia, sino de una especial inspiración del Espíritu Santo.”29 Es luz y fuerza divina que ilumina y mueve en el hombre los dones del Espíritu, particularmente aquellos del intelecto y de la sabiduría para que el alma pueda conocer en forma experimental a Dios y sus obras.

Una imagen muy utilizada para expresar el concepto de la contemplación es la utilizada por Santa Teresa de Lisieux30 en el que decía que la tensión a la perfección puede asemejarse a loo esfuerzos, vanos, que hace un niño para subir el primer escalón de una larga escalera. La mamá se enternece de esos esfuerzos y en un abrir y cerrar de ojos carga al niño en sus brazos y lo lleva al final de la escalera. Des esta manera podemos representar la contemplación mística como la acción de Dios de llevar al alma hasta el final de la escalera.

Podemos añadir lo mencionado por el Catecismo de la Iglesia católica: “La contemplación es también tiempo fuerte por excelencia de la oración. En ella, el Padre concede que seamos vigorosamente fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en nuestros corazones y que quedemos arraigados y comentados en el amor.”31 Actividad y pasividad del alma en la contemplación mística. Dios y el hombre.

Debe quedar claro que en la contemplación mística las operaciones del hombre, especialmente la operación intelectiva sigue actuando. Recibir la gracia de la contemplación no quiere decir que se anulen las actividades humanas. Esto sería tanto

28 Oración cristiana, Diferencias entre el llamado misticismo oriental y la mística cristiana. 29 R. GArrigou-LAgrange, Les trois âges de la vie intèrieur, p. III, c. XXXI, 415. 30 Santa Teresa de Lisieux, Conseils et Souvenirs, 261 ; Manuscrits, 232. 31 Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia católica, 11.10.1992 n. 2714.

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como estar ya hablando de un éxtasis o de fenómenos paranaturales. El hombre sigue actuando con sus facultades y operaciones durante la contemplación mística. Lo que sucede es que Dios, con la gracia que envía de permitirle ver con una nueva luz sus misterios y sus obras, actúa en sus facultades, de forma que las facultades dejan de ser humanas, para convertirse en sobrehumanas. El intelecto, que es la operación más afectada durante la contemplación, actúa en forma diversa durante la contemplación mística.

La actuación natural del intelecto es la de proceder mediante la formación de las ideas, el juicio y el razonamiento, bien pudiendo ser este último deductivo o inductivo.32 Estas operaciones la aplicamos en la oración yendo del visible al invisible, de la percepción de los sentidos a la reflexión intelectual y a los afectos de la voluntad. En cambio, en la contemplación es Dios quien actúa, infunde en nuestro espíritu una garcia que nos lleva “ahora a arriesgar nuestro espíritu, ahora a inflamar nuestra voluntad, ahora a fortificar nuestro corazón, ahora a darnos un tiempo de luz, ardor, y fuerza sobrenatural o a dejarnos percibir sola la distinción de nuestro modo humano de actuar, nuestra impotencia, nuestro nada.”33 Diferencia entre meditación y contemplación La diferencia principal, evidenciada y hecha notar ya varias veces con anterioridad estriba en que la meditación es fruto del hombre y la contemplación es una garcia de Dios.

En la meditación el hombre comienza a conocer a Dios a través de sus facultades humanas y su voluntad comienza amoverse para cumplir sólo con su voluntad. En la contemplación Dios infunde al hombre un nuevo conocimiento y permite que sus facultades actúen en forma sobrenatural. “Nos encontramos con Dios, a Él nos unimos en una luz y en un amor que encontramos en nosotros, pero no es nuestro, no nos pertenece y nos lleva a conocer a Dios, a amarlo en un modo que va más allá de un proceso de reflexión, desapegándose y ensalzándose sobre el modo humano de ver y sentir la verdad, que no es ya aquel actuar de nuestras actividades humanas, ni ayudado por la gracia ordinaria”34. Signos o criterios para pasar de la meditación a la contemplación. La importancia de los signos o criterios. Hasta este momento el alma que se había empeñado honestamente en su oración, dependía de su esfuerzo para encontrarse con Dios. La lectura, la reflexión, los actos de la voluntad no eran sino medios humanos para mejor disponerse a la gracia de encontrarse con el Señor para oír su voz y seguir su voluntad.

32 Battista Mondin, Antropologia Filosofica, Edizioni Studio Dominicano, Bologna, 200 pp. 121 – 122. 33 Diaro di Raissa, a cura di J. Maritain, 343 34 S. Teresa, Castillo interior, Morada IV, c. II.

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Cuando el alma avanza y quiere darse completamente al Amor, si Dios le da la garcia de la contemplación mística, ya no serán los criterios humanos que la guiarán para saber si va por el buen camino. Deberá estar atenta a no dejarse engañar ni por el demonio ni por ella misma. Por el demonio, pues muchas veces las tinieblas se revisten de Ángel de luz y en dónde se cree tener ya una contemplación mística, puede ser tan sólo un juego del demonio para apartar al alma de un camino de conversión, creyéndose ya del todo convertida. Ella misma puede también engañarse y lo que ella cree que es contemplación puede ser una imaginación o una excusa para no esforzarse en la oración discursiva. Varios autores místicos como Santa Teresa y San Juan de la Cruz nos han dejado criterios o signo en los que el alma puede confiar para saber el momento precios en que Dios lo llama a la gracia de la contemplación, dejando la meditación. Primer signo: dificultad en hacer la meditación. El alma no puede hacer ya una meditación discursiva como la solía hacer al inicio de su vida de oración. Como Dios quiere regalarle el don de la contemplación y como el alma quiere amar a Dios sobre todas las cosas y ya purificada de sus debilidades, está preparada para dejarse llevar por donde Dios le indique. Siendo la meditación discursiva un pasaje básico para alcanzar el amor de Dios, el alma siente que se pierde, que no encuentra los afectos que antes encontraba. Rápidamente se dirige hacia los actos de la voluntad (afectos, decisiones, preguntas) que más se asemejan o más acercan a la contemplación infusa. El director espiritual, advierte San Juan de la Cruz, deberá estar muy atento para no pedir a estas almas que continúen haciendo un ejercicio que las aleja de Dios, en lugar de acercarse. Deberán pedir a sus dirigidos una gran confianza en Dios, para que Él pueda proceder a regalar el don de la contemplación mística. Segundo signo: el alma no encuentra gusto ni satisfacción en ninguna cosa particular, interior o exterior. Este signo viene unido con el primero. Puede ser que el alma encuentre difícil la meditación por varios motivos como pueden ser la distracción, el cansancio físico o mental, la pereza o la acidia. En estos casos no puede hablarse de un signo que llama a la contemplación. Pero cuando es Dios quien está invitando al alma a pasar a la contemplación, para regalarle un conocimiento experimental de Él y de sus cosas (finalidad de la contemplación mística) entonces podemos entender que el alma, movida por Dios, busca sólo su complacencia en las cosas de Dios. Tercer signo: el alma sólo encuentra gusto y satisfacción en la afectuosa intimidad con Dios.

Y por extensión podemos decir que esta alma no sólo no encuentra gusto en las cosas internas de la oración discursiva, sino que también no sabe ya gustar las cosas exteriores,

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pues comienza a comprender experimentalmente la grandeza de Dios de frente a todas las criaturas.

Este darse cuenta de la grandeza de Dios frente a todas las criaturas lleva necesariamente a no encontrar gusto mas que estando con Dios, lo cual es el tercer signo. El alma puede ya mirar amorosamente a Dios y gozar de los afectos sin la necesidad de pasar por los actos discursivos ni ejercitar las potencias del intelecto, la voluntad, el amor. Dios la llama a sí y el alma se complace en este acto. “Esta amorosa cognición general es de tal forma delicada, sutil, máxime cuando es más pura, simple, perfecta y más espiritual e interna, que el alma, aunque está en sí misma ocupada, no se da cuenta y no lo siente.35” Concomitancia de los tres signos. Es necesario que se den estos tres signos, para estar seguros que Dios está invitando al alma a la contemplación mística. El no poder hacer meditación, sin estar acompañado por un no encontrar gusto en las cosas internas y externas y sólo satisfacerse y gozar en Dios, podría entenderse como una deficiencia del alma que no quiere o no puede o no sabe esforzarse para hacer bien la meditación. Por ello, el director espiritual o la misma persona, deberá hacer una revisión completa de la vida del alma para comprobar que estos signos se dan al mismo tiempo y así estar seguro de que se puede ir pasando, porque Dios invita al alma, de la oración discursiva y afectiva a la contemplación mística. Sin la presencia de estos signos, el paso sería temerario y pondría en riesgo el verdadero perfeccionamiento espiritual del alma. El alternarse de la meditación y la contemplación. Hemos hecho un análisis esquemático de la oración afectiva y de la contemplación mística. Hemos también señalado los signos para el pasaje de un tipo de oración a otra. Sin embargo no debemos olvidar que estamos tratando siempre con realidades espirituales: el alma, el diseño de Dios para aquella alma, la libertad del hombre, la gracia de Dios. Esperar que los pasos se den en forma automática o que se den en ciertos momentos y bajo ciertas circunstancias es encasillar a Dios. Si bien es cierto que pueden alternarse momentos de meditación con momentos de contemplación, el alma deberá estar atenta a la acción de Dios sobre ella misma. Y para estar segura de no errar, de no caminar por dónde no debe cuenta con un medio privilegiado al poder buscar asesoría en la dirección espiritual. Puesto que el progreso en la oración no es obra sola del esfuerzo del hombre, sino de la libre cooperación del hombre con la gracia de Dios y sabiendo, como lo veremos en el último capítulo de este ensayo, que la oración afecta también a toda la vida del alma, los signos que vaya encontrando la persona tendrían que ser verificados con la vida. Y, como nadie es buen juez de su propia causa, podrá confrontar dichos signos con su director espiritual, de tal forma que estará segura de caminar de acuerdo con la voluntad de Dios y no de acuerdo consigo misma.

35 San Juan de la Cruz, La Salita, l. II, c. XII, n. 6 (in certe edizioni c. XIV).

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Sucede muchas veces que el alma puede quedar influenciada por una lectura, por un acontecimiento en la vida o por un fuerte deseo de santidad, a veces mal expresado o mal encaminado. La labor del director espiritual ayudará a discernir estas circunstancias y aquilatarlas como verdaderas gracias de Dios o deseos humanos. El deseo de la contemplación. Por lo anteriormente expuesto nos damos cuenta de la importancia y la excelencia de la contemplación mística. Siendo este tipo de oración una gracia venida de Dios podríamos preguntarnos si es lícito pedir dicha gracia y si todas las almas están llamadas a obtener dicha gracia.

Las almas consagradas, por su misma naturaleza, están llamadas a seguir más cercanamente a Cristo, a imitarlo en todas sus acciones. Podemos por tanto fundamentar que el deseo de la contemplación es concomitante a la naturaleza de la vida consagrada, ya que si Cristo es el primer contemplador del Padre, sus seguidores más cercanos, las almas consagradas, están por lo tanto invitadas a la contemplación mística. Además, sin esta contemplación mística de poco o nada serviría su acción en Edmundo, pues las almas consagradas buscan reflejar en su acción lo que han contemplado en la oración. “Los religiosos y religiosas deben continuar en cada época tomando ejemplo de Cristo el Señor, alimentando en la oración una profunda comunión de sentimientos con El (cf. Flp 2, 5-11), de modo que toda su vida esté impregnada de espíritu apostólico y toda su acción apostólica esté sostenida por la contemplación.36”

Y no sólo es lícito y aconsejable desearla, sino que es muy saludable dicho deseo. Sin embargo como es una gracia debemos disponernos a recibir una gracia. Y en este punto debemos ser muy cautelosos. No es lo mismo prepararnos a recibir una gracia que sabemos que se nos será dada, que el disponernos a una gracia que posiblemente nos será dada. Quien se prepara a recibir la garcia del perdón mediante el sacramento de la confesión se prepara con actos adecuados, sabiendo que recibirá la gracia en la medida que el alma se abra a recibirla. Sin embargo la garcia de la contemplación mística está sólo a Dios donarla a las almas que Él así lo disponga. El alma podrá disponerse, pero no prepararse a recibir esa garcia. “El hombre debe disponerse, hacerse pronto y dócil a la acción del dulce huésped que habita en él.37” No es mediante continuos rezos o jaculatorias cómo la persona se dispone a seguir las inclinaciones del Espíritu. Debe entablar propiamente un diálogo con Él. Debe empezar una amistad con el “dulce huésped del alma” y hacerse dócil a sus inspiraciones. El Espíritu habla a todas las personas. Lo importante es saber escucharlo. No hacer nada sin consultar al Espíritu. Seguir sus mociones. Y todo esto para cumplir con mayor docilidad la voluntad de Dios sobre uno mismo.

Para que este diálogo pueda realizarse y de esta forma el alma pueda disponerse a recibir el don de la contemplación, algunos místicos han aconsejado la vivencia de algunas

36 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 9. 37 Antonio Furioli, op.cit., ip. 215.

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virtudes: la mortificación, la sencillez, la pureza, la humildad y la abnegación, y la obediencia. Mortificación. El alma consagrada que entrevé las ventajas que puede traerle para su vida y espiritual y para su labor apostólica el don de la contemplación, se dará cuenta de que la contemplación es un gozar de Dios sin mezcla de otras criaturas. Podrá por tanto disponerse a la contemplación en la medida que aprende a usar las criaturas sólo en la medida en que le ayuden a cumplir con su fin. Aquí recordamos la máxima de San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales, de usar las criaturas “tanto en cuanto” sea necesario para mi salvación. De este uso se sigue una abnegación para saber renunciar a aquellas que no son útiles a la propia salvación, que no van de acuerdo con la voluntad de Dios. En la vida consagrada se ha acostumbrado usar la mortificación en un sentido negativo como no ver, no hablar, no decir. La mortificación es para poder contemplar mejor a Dios, no despreciando ni minusvalorando las cosas por Él creadas, sino dándoles su justo valor. Se renuncia a aquello que no es la voluntad de Dios para elegir lo que es la voluntad de Dios. Sin una visión positiva de la mortificación, esto es, la elección gozosa de lo mejor y más bueno para gloria de Dios, la mortificación se reduce a un ejercicio negativo de la voluntad. Se echa mano de la mortificación para vivir más gozosamente la unión con Dios. Sencillez. De alguna manera el desapego de las criaturas que la virtud de la mortificación otorga a las almas, ayuda a vivir la virtud de la sencillez, que no es sino ver las cosas con una realidad objetiva, verlas “con los ojos de Dios”. La virtud de la sencillez es una manifestación de la actitud auténtica de la persona, requiere claridad, inteligencia y rectitud de la voluntad. La persona no es sencilla (o) cuando hay una complicación y doblez en sus pensamientos y en sus deseos. Esta virtud cuida la concordancia entre el actuar y las intenciones de la persona, es opuesta a la doblez. Prepara de esta forma a la contemplación mística que es la visión sencilla y única de Dios. Para vivir esta virtud el alma debe enseñarse a contemplar todo el acontecer cotidiano de su vida bajo la óptica de la voluntad de Dios, sin detenerse en las complicaciones que trae una visión mundana de las cosas y de los aconteceres. Pureza La pureza perfecta de la mente y del corazón dan al espíritu humano una penetración sobrenatural que permite contemplar la belleza de Dios, la sublime armonía de las perfecciones divinas. La mente de los puros del corazón, siendo desapegada de todo afecto inadecuado, pueden contemplar mejor las cosas de Dios. San Antonio dice que esta virtud es requisito indispensable para la contemplación ya que deja al alma libre de todo afecto desordenado, permitiéndole ver con una nueva visión las cosas de Dios.

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Humildad y abnegación. Humildad y abnegación para vivir la caridad con Dios y con las personas. Como el alma comienza a vivir desapegada de las cosas terrenas, no encontrará satisfacción en las personas con las que deba tratar y sin embargo, deberá tener un exquisito trato caritativo con ellas. Obediencia No es servilismo, sino que la obediencia sobrenaturaliza al hombre, ya que lo libera del orgullo y lo pone en la verdad. En la obediencia la fe ilumina y potencia la visión de la mente, purifica el corazón, prepara la intuición y el amor de Dios en la contemplación. El ejercicio de esta virtud purifica cada vez más a la persona, la desapega de toda criatura, la rectifica profundamente y la hace pronta a las mociones del Espíritu Santo.

III. ORACIÓN Y ACCIÓN.

Impostación del problema Hemos hablado de la dimensión contemplativa de la oración, como un estado avanzado de la oración, si es que se puede llamar estado a la gracia que Dios concede a las almas contemplativas. Sin embargo, debemos dejar establecido que no es el propósito de la vida consagrada el alcanzar esta gracia. Y no porque no sea excelso o deseable esta gracia de la contemplación, sino porque no es un fin en sí misma para la vida religiosa. Es tan solo un medio para cumplir mejor con la consagración. Durante muchos años se ha venido teniendo la idea de un divorcio establecido entre la acción y la oración. Se pensaba que las almas consagradas, por su especial vocación de donación al Señor, tenían los medios a su alcance para alcanzar la contemplación mística, y para muchas de estas almas, toda la vida giraba en torno a este ideal.

El Concilio Vaticano II y la época de renovación que nos ha tocado vivir nos han hecho ver que oración y contemplación no están peleadas y que el objetivo de la vida consagrada no es alcanzar solamente la contemplación mística. En primer lugar, lo que ha hecho el Concilio ha sido situar todas las realidades de la Iglesia conforme al designio salvífico de Dios. Tal y como nos lo recordó Juan Pablo II al final del Jubileo: “« Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación » (1 Ts 4,3). Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: « Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor »”38. Una invitación que desde hace ya más de 40 años nos viene repitiendo el Concilio Vaticano II y en donde recalca, a despecho de los teólogos de la disidencia, la importancia de la santidad para el estado religioso –hoy diríamos, para la consagración: “Esta santidad de la Iglesia se manifiesta incesantemente y se debe manifestar en los frutos de gracia que el Espíritu

38 Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, 6.1.2001, n. 30

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Santo produce en los fieles; se expresa de múltiples modos en todos aquellos que, con edificación de los demás, se acercan en su propio estado de vida a la cumbre de la caridad; pero aparece de modo particular en la práctica de los que comúnmente llamamos consejos evangélicos. Esta práctica de los consejos, que por impulso del Espíritu Santo algunos cristianos abrazan, tanto en forma privada como en una condición o estado admitido por la Iglesia, da en el mundo, y conviene que lo dé, un espléndido testimonio y ejemplo de esa santidad.39”

Esta santidad de vida para las almas consagradas tiene unas características particulares, debido a la profesión de los consejos evangélicos. No obstante esta consagración no escapa a los consagrados que se apliquen a la oración, como medio común que la Iglesia propone a todos los cristianos para alcanzar la santidad. “Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración (...) En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: «Permaneced en mí, como yo en vosotros » (Jn 15,4). Esta reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda vida pastoral auténtica. Realizada en nosotros por el Espíritu Santo, nos abre, por Cristo y en Cristo, a la contemplación del rostro del Padre. Aprender esta lógica trinitaria de la oración cristiana, viviéndola plenamente ante todo en la liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial, pero también de la experiencia personal, es el secreto de un cristianismo realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro, porque vuelve continuamente a las fuentes y se regenera en ellas.40” Y de este cristianismo vital, de este cristianismo que debe reflejarse en obras, no está exenta la vida consagrada. Estas obras nos lanzan al planteamiento de la acción, pues para producir obras es necesaria la acción. De esta argumentación surge la necesidad de ser santos mediante la oración, que deberá reflejarse en obras. Pasaremos a analizar cuál es la acción que debe desarrollar el alma consagrada y así comprender que acción y contemplación no son dos términos excluyentes, sino íntimamente relaciones entre sí y que, apoyándose mutuamente, consiguen la santidad en la persona. La acción de las consagradas.

Analizaremos el concepto filosófico de acción para después enclavarlo en la visión cristiana del trabajo. Es lógico que la acción apostólica no sea cualquier acción. Viene impulsada por algo más que una mera transformación externa de la materia. La acción del hombre, definida por Battista Mondin, contiene las siguientes características. “El trabajo (la acción) por su naturaleza nunca será una creación total, sino solamente una transformación y que pone de manifiesto la relación que debe darse entre el hombre y sus productos. El hombre no posee un poder absoluto en grado de generar el ser mismo de las cosas. Él puede solamente modelar y transformar en forma genial y profunda el ser de las cosas, como lo atestiguan las obras de arte y los productos de la técnica. A través del

39 Pablo VI, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Genitum, 21.11.1964, n. 39 40 Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, 6.1.2001, n. 32

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trabajo el hombre se expresa, hace suya y asimila parte de la realidad del mundo, humaniza parcialmente el cosmos, y sin embargo, en el profundo de su ser, de su naturaleza, la realidad puesta en acto por el trabajo permanece diversa del hombre. El producto del trabajo del hombre en sí misma no comporta un perfeccionamiento de la esencia del hombre a nivel sustancial: el producto del trabajo queda como parte de la esfera del tener y no del ser.41”

Cabe hacer notar que mediante la acción el hombre se relaciona con el mundo y lo transforma, pero sigue siendo él mismo. Su esencia no cambia. Estos dos elementos filosóficos serán muy importantes para entender cuál es la acción a la que está llamada la consagrada. “La consagración es una acción divina. Dios llama a una persona y la separa para dedicársela a Si mismo de modo particular. Al mismo tiempo, da la gracia de responder, de tal manera que la consagración se exprese, por parte del hombre, en una entrega de sí, profunda y libre. La interrelación resultante es puro don: es una alianza de mutuo amor y fidelidad, de comunión y misión para gloria de Dios, gozo de la persona consagrada y salvación del mundo.42” La respuesta de la consagrada a esta invitación de Dios es una acción que permea toda su vida. Una acción que lleva en sí misma algo de divino porque procede de Dios y a Dios se dirige. “No se trata, para el religioso y la religiosa, de una acción cualquiera. El concilio habla de acción apostólica y caritativa originada y animada por el Espíritu Santo. Tan solo una acción de este género cabe dentro de la naturaleza misma de la vida religiosa, en cuanto constituye un ministerio sagrado y una obra particular de caridad que han sido confiados a los religiosos por la Iglesia y han de ser ejercitados en su nombre. La característica propia de tal acción es el impulso de la caridad alimentada en el corazón del religioso; el corazón, considerado como el santuario más íntimo de su persona, en el cual vibra la gracia de la unión entre interioridad y actividad.43” Un elemento esencial es que esta acción es la expresión de una respuesta a una llamada. No es la iniciativa de la mujer consagrada al ver un problema, una necesidad. No es tan sólo la respuesta a sus ansias de infinito. Es sí, la respuesta, pero a una iniciativa divina. Es la manifestación de un corazón cargado de Dios.

Y para la consagrada esta acción tiene unos cauces muy concretos y específicos, que es el carisma de la Congregación o del Instituto a la que ella pertenece. El Fundador/a ha vivido un don44 y lo ha transmitido a los demás. Las acciones específicas de la Congregación no son más que respuestas a este don, formas muy concretas de expresar la riqueza interior que se lleva dentro. “Es un testimonio espléndido y variado, en el que se refleja la multitud de dones otorgados por Dios a los fundadores y fundadoras que, abiertos a la acción del Espíritu Santo, han sabido interpretar los signos de los tiempos y responder de un modo clarividente a las exigencias que iban surgiendo poco a poco.

41 Battista Mondin, Antropología Filosofica, Edizioni Studio Dominicano, Bologna, 2000, p. 203 42 Sagrada congregación para los religiosos y los Institutos seculares, Elementos esenciales sobre la vida religiosa, 31.5.1983, n. 5. 43 Sagrada congregación para los religiosos y los Institutos seculares, La dimensión contemplativa de la vida religiosa, 12.8.1980, n. 4. 44 Fabio Ciardi, In ascolto dello Spirito, Città Nuova Editrice, Roma, 1996.

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Siguiendo sus huellas muchas otras personas han tratado de encarnar con la palabra y la acción el Evangelio en su propia existencia, para mostrar en su tiempo la presencia viva de Jesús, el Consagrado por excelencia y el Apóstol del Padre. Los religiosos y religiosas deben continuar en cada época tomando ejemplo de Cristo el Señor, alimentando en la oración una profunda comunión de sentimientos con El (cf. Flp 2, 5-11), de modo que toda su vida esté impregnada de espíritu apostólico y toda su acción apostólica esté sostenida por la contemplación.45” Y es esta riqueza interior la que debe ser alimentada por la oración, estableciéndose de esta forma la unión entre vida contemplativa y vida activa: contemplativo y conquistador, activo en la contemplación y contemplativo en la oración. Oración y acción: los problemas.

Conjugar oración y acción no es un ejercicio de malabarismo o la especificación exacta y minuciosa del horario y el reglamento de las comunidades de forma que todo esté equitativamente proporcionado entre oración y acción. Es algo más, porque si la acción debe ser el reflejo de lo que se lleva dentro, entonces la oración debe pernear la acción y no quedar reducida a unas cuántas horas o actos piadosos. “Cuando vuestra vocación os destina a otras funciones en servicio de los hombres –vida pastoral, misiones, enseñanza, obras de caridad, etc.-, ¿no será sobretodo la intensidad de vuestra adhesión al Señor que la hará fecunda, de acuerdo a la medida de la unión en el secreto? Si queréis permanecer fieles a la enseñanza del Concilio, los miembros de cada instituto buscando sobretodo a Dios, ¿no deben unir la contemplación, mediante la cual se adhieren a Él con el corazón y con el espíritu, al amor apostólico, que se esfuerza por asociarse a la obra de la redención y de extender el Reino de Dios?46” Puede surgir muchas veces el deseo de dejar la vida así dicha activa, para huir a la vida contemplativa. Pero esto no sería una solución, sería precisamente eso: una huída. La vida contemplativa en los monasterios es una vocación, una respuesta a una llamada. Y así como Dios llama a ciertas almas a que sean su testigo en medio del mundo, así también hay otras a las que los invita para que sean almas contemplativas. Oración y acción: tres alternativas incompletas. Frente a esta disyuntiva podemos lanzarnos a tres soluciones alternativas, excluyentes pero que no satisfacen completamente las aspiraciones del alma contemplativa que quiere al mismo tiempo llevar el mensaje salvífico a las almas.

La primera de ellas consiste en lo que sería la herejía de la acción o la herejía del activismo. Nace cuando el alma se deja envolver de la acción y fija en ella el único medio posible para hacer algo por el mundo y por la salvación de las almas. Son personas cuya intención es buena, que han comenzado su vida consagrada con muy buena intención. Han visto el sufrimiento en diversas artistas del espectro humano, se han entregado con pasión en el apostolado que la obediencia les ha señalado, pero han hecho

45 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita Consecrata, 25.3.1996, n. 9 46 Pablo II, Exhortación apostólica Evangelica Testificatio, 29.6.1971, n. 10

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una división, a veces inconsciente, entre vida de oración (vida contemplativa) y apostolado. Creen que la una no tiene nada que ver con la otra. Posiblemente se han dejado influenciar de aquellas personas, que interpretando erróneamente al Concilio, se dejan llevar por un horizontalismo humanitario que ha sustituido la adecuada visión de la acción apostólica, siendo ésta, una manifestación del amor de Dios por los hombres. No se han hecho instrumentos de este amor de Dios, convirtiéndose inconscientemente en protagonista. Para no desentonar con su estado de almas consagradas, recurren a la oración pero sólo como un medio más que encuentran a su disposición para llevar a cabo la acción apostólica. Esta fragmentación llevada al extremo puede reducir a la mujer consagrada a un mero funcionario, en donde importa más el desempeño profesional que la realización del plan de Dios sobre las almas, el alma propia y el de las personas encargadas a ella en la obra de apostolado. Para hacer contrapeso a esta alternativa, hay almas que se recluyen en si mismas y en la oración para hacer frente a las demandas del apostolado. Cabe hacer la aclaración que no estamos hablando de una vocación a la vida contemplativa. En este caso, la vida de estas personas se enfoca a la contemplación como una verdadera vocación, es decir como una auténtica respuesta al llamado de Dios. En esta alternativa el alma, que ha sido llamada por Dios a expresar su amor dentro del apostolado, frente a la disyuntiva errónea de acción o vida contemplativa, se refugia en la oración, descuidando la parte activa.

Los subterfugios para reducir el trabajo apostólico sólo a la oración, son múltiples y muy variados, especialmente en nuestra época. Son personas que frente a los retos de la sociedad actual –“Tantos hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza, y muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo. Hay numerosos signos preocupantes que, al principio del tercer milenio, perturban el horizonte del Continente europeo que, « aun teniendo cuantiosos signos de fe y testimonio, y en un clima de convivencia indudablemente más libre y más unida, siente todo el desgaste que la historia, antigua y reciente, ha producido en las fibras más profundas de sus pueblos, engendrando a menudo desilusión »”47, se repliegan por temor y creen y hacen creer a los demás sólo la oración es necesaria para lograr la transformación del mundo. Clásica está siendo ya, principalmente en Europa, esta tendencia reduccionista en el mundo de la pastoral vocacional. “Pedid al dueño de la mies” es su bandera de batalla, para abandonar del todo la acción pastoral de buscar, cultivar y concretar el llamado de Dios en las almas de las jóvenes para la vida consagrada. Estas mujeres falsamente consideran que como Dios es el encargado de dar fruto, a ellas solo les corresponde rezar. Buscan en la oración, no la fuerza para la acción, sino el refugio ante el temor.

Hay almas de este tipo de alternativa, que si bien no se refugian en la oración como una huida, sienten la tentación de darse más a la oración. Son almas que verdaderamente se entregan a la acción y que tienen una equilibrada vida interior, ven la hermosura de la

47 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 7

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vida contemplativa y se sienten fuertemente atraída por ella. Recordemos el caso del cura de Ars, “que en medio de sus actividades apostólicas, no soñaba otra cosa que irse a la Trapa.48”

Estas almas deben considerar detenidamente la vocación a la cual han sido llamadas. Una tentación de este tipo no es mala, sino signo de una intensa vida de contemplación. Estas almas deben tomar ejemplo de la vida de santa Teresa de Ávila, alma mística por excelencia, pero que se sabía llamada por Dios para llevar a cabo la reforma del Carmelo. Y así, en medio de sus arrobos místicos supo muy bien traducir en obras lo que Dios le hacia ver en la contemplación. “Pareciéndome a mí ser imposible (a causa de los muchos negocios, así de cartas, como de otras ocupaciones forzosas, por ser en cosas mandadas por los prelados), me estaba encomendando a Dios y algo apretada, por ser yo para tan poco y con tan mala salud que, aun sin esto, muchas veces me parecía no se poder sufrir el trabajo conforme a mi bajo natural, me dijo el Señor: Hija, la obediencia da fuerzas.”49 Esta segunda alternativa no es la solución adecuada para las almas consagradas a las que Dios ha llamado al mundo para transformarlo. Estas almas deben seriamente hacer un análisis de su vida y entender el hecho de la atracción a la oración, para recluirse en ella, como una posible tentación para abandonar el camino que Dios les ha inspirado. El cansancio, el fracaso, la dificultad o la misma belleza de la oración, pueden ser las causas de esta tendencia. Un examen sereno ayudara a las mujeres consagradas a volver al camino adecuado. Como tercera alternativa, hay quienes prefieren esperar a que en la vida se den fuertes hábitos de oración para después lanzarse a la vida activa. Se basan en el hecho de que la acción, el trabajo apostólico debe ser un reflejo de aquello que se contempla en la oración. El alma inflamada del amor de Dios es la única capaz de inflamar a las almas de este amor de Dios. Y a esto tienden los primeros años de la formación, la así llamada formación inicial. Enraizada en fuerte y sólidos hábitos de oración el alma podrá después, según ellos, sumergirse en la acción.

No es esta una alternativa descabellada. El problema es saber cuando se debe comenzar la vida activa y además no olvidar que una vez comenzada la vida activa no se debe dejar a un lado la oración. “Contemplata aliis tradere”50 parecería ser la solución adecuada que genera un círculo virtuoso. El alma contempla las verdades eternas, se acerca a Dios, se inflama del amor de Dios y es tanta esta alegría, este gozo que no puede dejar de comunicarlo a los demás. “Así, pues, para que primordialmente respondan a su llamamiento a seguir a Cristo y servirle en sus miembros, es necesario que la acción apostólica de los mismos proceda de la unión íntima con El. De este modo se fomenta la misma caridad para con Dios y para con el prójimo.”51

48 Antonio Furiolli, op. cit. p. 227. 49 Santa Teresa de Ávila, Libro de las Fundaciones, n.2 50 Cfr. S.Th., II II, 186/6. 51 PauloVI, Decreto Perfectae Caritatis, 28.10.1965, n. 8.

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La acción apostólica la pondrá en contacto con los demás, con las necesidades de los hombres y este mismo contacto, estas necesidades y miserias del hombre la impulsarán nuevamente a la oración, para buscar luz en la solución de los problemas y fuerza para continuar con el apostolado encomendado. No podemos por tanto dar como feliz solución esta alternativa ya que el recurrir a la oración debe ser un hecho constante que no se reduce solamente a la etapa de la formación inicial. Además no podemos establecer con certeza el tiempo en que se debe pasar de la oración a la acción, siendo este proceso un constante flujo y reflujo. Una última palabra antes de terminar de analizar esta alternativa. Si bien es cierto que la mujer consagrada durante todo el curso de su vida debe recurrir a la oración, no debe olvidar que lo que construya en la formación inicial será de capital importancia para toda su vida. No son los actos que importan en cuanto actos, sino en cuanto que, la repetición consciente y fervorosa de ellos, logran crear en la mujer consagrada, hábitos de vida religiosa, que le ayudarán a lo largo de todo su actuar. Son los hábitos los que ayudan a construir el ser, la identidad de la mujer consagrada y parte fundamental de esta identidad son los hábitos de la vida contemplativa. Después de haber hecho estas tres consideraciones nos encontramos con el problema del binomio acción-oración. ¿O mucha acción y poca oración o mucha oración y poca acción? El problema aquí planteado refleja aspectos excluyentes y reductivos puesto que ve las dos realidades como contrapuestas en la identidad de la vida consagrada. Se debe pues buscar la realidad ontológica de la consagración para solucionar este aparente problema. Oración y acción: la solución.

Debemos buscar en la identidad de la vida consagrada la solución a este aparente problema. “Este es el sentido de la vocación a la vida consagrada: una iniciativa enteramente del Padre (cf. Jn 15, 16), que exige de aquellos que ha elegido la respuesta de una entrega total y exclusiva. La experiencia de este amor gratuito de Dios es hasta tal punto íntima y fuerte que la persona experimenta que debe responder con la entrega incondicional de su vida, consagrando todo, presente y futuro, en sus manos. Precisamente por esto, siguiendo a santo Tomás, se puede comprender la identidad de la persona consagrada a partir de la totalidad de su entrega, equiparable a un auténtico holocausto.”52

La persona consagrada vive por tanto no ya para sí misma sino para Dios. Esta es la “perfecta caridad” a la que debe tender, si quiere vivir con coherencia su consagración. Es el amor, la caridad perfecta la que es guía, centro y alma de todo su ser y por tanto, de todas sus acciones. Actúa, piensa, obra no conforme a sí misma sino conforme a la norma

52 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita Consecrata, 25.3.1996, n. 17

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suprema del amor. Lo que hace, lo que dice, lo que piensa, tiene siempre como norma el amor.

La persona consagrada coherente con su consagración, encontrará en la caridad la solución para vivir el balance perfecto entre oración y acción, ya que oración y acción no son más que dos aspectos de la misma caridad hacia Dios, que es una e indivisible. Podemos afirmar lo dicho por la Congregación para los Institutos de Vida consagrada y sociedades de vida apostólica: “El apostolado de todos los religiosos consiste en primer lugar en el testimonio de su vida consagrada, que ellos deben alimentar con la oración y la penitencia. En los institutos dedicados a obras de apostolado, la acción apostólica forma parte de su propia naturaleza. La vida de sus miembros debe estar imbuida de espíritu apostólico y toda actividad apostólica debe estar imbuida de espíritu religioso.”53 Oración y acción son momentos de un mismo proyecto, que es amar plenamente a Dios. Por lo tanto, la solución al problema antes establecido estriba en tener la caridad como norma suprema de la vida, de forma que la mujer consagrada tiene momentos de oración y momentos de acción que juntos, hacen el todo de su vida. Esta unidad de la oración y la acción nos lleva a pensar en la mujer consagrada como un alma contemplativa en la acción. La formación del alma contemplativa en la acción. La lógica o la simple reflexión de este concepto no llevan a la mujer consagrada a ser un alma contemplativa en la acción. Son muchos los problemas, las situaciones personales y externas que acosan a la consagrada, como para pensar que por el sólo hecho de reflexionar sobre esta realidad alcanzará esta unidad de vida de la acción y la oración. Es necesaria la formación de esta realidad. Esta formación no consistirá únicamente en dotar el alma de elementos y hábitos de oración y de acción, ya que estaríamos errando desde la raíz al considerarlos como elementos separados. Los hemos separado para captar mejor la idea de la contemplación en la acción, pero en realidad forman un todo. Un todo que tiene su núcleo en la voluntad, en el corazón de la mujer consagrada. Será por tanto necesario formar la voluntad de esta mujer consagrada, principalmente en los aspectos que ayuden a que la mujer consagrada esté dirigida, en cuerpo y alma, a la voluntad del Padre. Purificación del espíritu.

Si el alma contemplativa en la acción es aquella que vive la caridad perfecta porque busca en todo, acción y oración, cumplir con la voluntad del padre, será necesario por tanto formar el corazón de forma que la voluntad quiera siempre y en todo lugar y circunstancia hacer la voluntad del padre. Será necesario purificar lo más íntimo del espíritu para suprimir cualquier cosa que no va de acuerdo con la voluntad de Dios. Se trata por tanto de formar una voluntad que trabaje con generosidad para luchar con el pecado venial deliberado, contra las pasiones y sobretodo, contra el orgullo. Es necesario formar el alma en una verdadera orientación a Dios, que toda ella, sin dejar ningún

53 Congregación para los Institutos de Vida consagrada y sociedades de vida apostólica, Elementos esenciales sobre la vida religiosa, 31.5.1983, nn. 29 y 30

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escondijo, se dirija a Dios. Por ello es necesario enseñarse a apartar el pecado venial que hace al alma alejarse de Dios, ya que es una desviación voluntaria de su querer. Las pasiones distraen el alma de Dios y la vinculan con las criaturas, por lo que se las deben de canalizar y formar adecuadamente. Por último la lucha contra el orgullo que es lucha contra nuestro “yo” que se rebela a morir. En todo ello la mortificación será siempre necesaria. Quien no quiera dejar su “yo”, quien esté siempre con componendas entre lo que le dicta su conciencia y lo que le dicta su naturaleza, no podrá alcanzar una pureza del espíritu que la llevará a ser un alma contemplativa en la acción, ya que muchas veces su acción quedara opacada por sus conveniencias personales y no podrá darse plenamente en la oración por sus reservas mentales o los espacios de su corazón que no han sido conquistados para Dios. Custodia del corazón.

Esta pureza del espíritu no es un acto que se consigue para toda la vida. Será necesario estar siempre vigilantes para que el corazón no se empañe con alguna tendencia, algún amor o preferencia que no son del todo de Dios. “Prácticamente la custodia del corazón se traduce en vigilancia atenta, sostenida y recogimiento interior.”54 Docilidad al Espíritu Santo. La pureza del espíritu y la custodia del corazón forman en el espíritu de la mujer consagrada las disposiciones necesarias para que el espíritu Santo pueda actuar. Docilidad no significa quietismo ni desgana, sino poner todas las fuerzas y capacidades en acto para secundar las inspiraciones del Espíritu Santo, que sin duda alguna, podrá actuar más fácilmente en un alma que busca en todo la caridad perfecta. Es el Espíritu quien suscita la unión con Cristo, con el Padre y con el mundo entero en una sola moción de caridad, ya que Él es el Amor. Elementos concretos del alma contemplativa en la acción. No basta tan sólo con formar el alma en los aspectos antes descritos. Será necesario ejercitarla en la oración, el espíritu de fe y la recta intención de forma que ayuden a mantener la persona consagrada unida y orientada a Dios, de forma que no se disperse en el trabajo, sino que se mantenga en contacto con Dios, bajo la influencia de su amor. De esta forma en sus acciones no dejará de amar a Dios y de trabajar para su gloria y para la extensión de su reino. Oración.

Hemos hablado ya con bastante suficiencia de la importancia de la oración para la vida consagrada. Bástenos aquí recordar la importancia que tiene la oración como centro de la vida del alma contemplativa en la acción. No es ya un punto aislado de la vida del alma, sino un momento privilegiado de dicha vida del alma. Ahí, la mujer consagrada encuentra la fuerza para transformarse más en Cristo y para transformar en Cristo las almas a ella encomendada. Anotamos lo dicho en un documento del Magisterio de la Iglesia que puede iluminarnos las cualidades que debe tener esta oración. “La oración es el aliento indispensable de toda dimensión contemplativa: en estos tiempos de renovación

54 Antonio Furiolli, op. cit. p. 236

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apostólica como siempre por lo demás, cuando se trata de una tarea apostólica, el primer lugar se ha de dar a la contemplación de Dios, a la meditación de su plan de salvación y a la reflexión sobre los signos de los tiempos a la luz del Evangelio, de suerte que la oración pueda alimentarse y crecer en calidad y en frecuencia. De este modo la oración, abierta a la realidad de la creación y de la historia, se convierte en reconocimiento, adoración y alabanza constante de la presencia de Dios en el mundo y en su historia, eco de una vida solidaria con los hermanos, sobre todo con los pobres y los que sufren. Pero esa oración, personal y comunitaria, se evidencia tan solo si el corazón del religioso o religiosa alcanza un grado elevado de vitalidad y de intensidad en el diálogo con Dios y en la comunión con Cristo Redentor del hombre. Por eso, en el ritmo a veces fatigoso de las tareas apostólicas, la oración personal y comunitaria habrá de tener sus momentos cotidianos y semanales cuidadosamente elegidos y suficientemente prolongados. Esos momentos se completarán con experiencias más intensas de recogimiento y de oración realizadas mensual y anualmente.”55 Espíritu de fe. El alma contemplativa en la acción ve a Dios en todas las cosas, no solamente en la oración. Por ello debe buscar crear el hábito de ver en todas las cosas a Dios. “YA sea que comáis, ya sea que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, haced todo por la gloria de Dios.” (1Cor. 10, 31). Es una cualidad que se adquiere día a día y que requiere el ejerció de una fe continua. De esta manera la vida de oración no será un punto aparte de la vida de acción. Todo se irá haciendo uno. Recta intención. El espíritu de fe, que busca ver a Dios en todas las cosas lleva lógicamente al ejercicio de la recta intención. La consagración busca ver a Dios y quiere todo para la gloria de Dios. La recta intención ayuda a que el alma no se desvíe en su actuar para no caer en un plano horizontalista o laicisista, en donde la acción lleva la primacía. La recta intención ayuda a que el alma consagrada se pregunte en todo momento sobre el porqué de su acción. Convendrá hacerla un hábito y examinarse al inicio y al final de la jornada sobre las disposiciones que hay en el alma para cumplir tal o cual acción apostólica. De esta forma aseguramos que el alma permanezca unida a Dios, al hacer lo que tiene que hacer simple y sencillamente por gloria de Dios, huyendo de un activismo vano, una acción meramente