Beato Anacleto Gonzalez Flores y la persecución religiosa en México

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El maestro de fuego
Una infancia pueblerina

Fue un niño pobre más de los millones que han habitado en nuestra provincia mexicana, Nace en Tepatitlán Jalisco en 1888, es inquieto y travieso, al transcurrir el tiempo se convierte en líder natural de su grupo, apenas empieza a despertar a la vida surge su primera pasión: la música, era un romántico cuya guitarra y voz prestaría con gusto para llevar serenatas a las señoritas guapas, que hay muchas en esa región y no le faltaría tiempo para escribirles poesías. Se distinguía por su facilidad de palabra y por su nobleza de corazón, no tenía nunca miedo y estaba siempre dispuesto a defender a quien consideraba débil, sin embargo nada parecía destinarlo a no ser otra cosa que un joven que ayudaba a su familia a tejer rebozos y a venderlos.

Una vez fue invitado a dar el discurso oficial del pueblo en la celebración de las fiestas patrias sorprendiendo a todos por su gran facilidad de palabra, pese a su escasa cultura.
No volvió a suceder nada relevante hasta que a los 17 años llegó un sacerdote de Guadalajara para predicar una misión. Anacleto escuchó con toda atención la profundidad y el misterio que encierra la pasión de Cristo -en ese entonces no existía la maravilla del cine o del DVD que permitiera hacer una producción como la Mel Gibson, pero era más viva la imaginación y más sensible el corazón-, y él salió transformado y con una convicción firme y definitiva de que quería hacer algo con su vida que pudiera corresponder a aquel acto de amor tan misterioso. Efraín González Luna (uno de los fundadores del PAN) diría que no había nada que por tradición familiar, cultural o económica pudiera haber influido en el cambio de este hombre, este solo es explicable por una vocación providencial muy especial.

Esto no hizo desde luego que cambiara su buen humor y su ancha sonrisa, al contrario, siguió con su vida, solamente que ahora empezó a vislumbrar que para cumplir con una misión es necesario ensanchar los horizontes, más adelante diría que no solamente venimos a la vida para comer frijoles, sino para dejar una huella. 

Ahí empezó a demostrar que el verdadero sentido del cristianismo es conexión inmediata con la realidad, buscó todo lo que estuvo a su alcance para saber más a cerca de la religión, a buscar una vida interior más profunda y al mismo tiempo a hacer obras de caridad con los necesitados del pueblo así como a enseñar el catecismo invitando a los pequeños y muchas veces desarrapados niños a ir de paseo los fines de semana, de tal manera que la enseñanza era al mismo tiempo divertida. Al ver el cambio de actitud de su vida recibió ayuda de un sacerdote y su hermana que vieron en el alma de Anacleto potencial para realizar una obra mayor a la que hubiera podido realizar en su pueblo natal.

Había que dejar el pueblo querido y emigrar hacia un lugar que para sus aspiraciones de ese entonces era como un sueño; San Juan de los Lagos, al seminario que era el único centro de cultura de la región de los altos, que si bien no tenía un nivel destacado, al menos daba las bases y el hábito de estudio para buscar destinos más elevados. No dejaría tampoco ahí de admirar la belleza de las muchachas, pero esto no impedía que estudiase con esmero, leía con pasión todo lo que podía y pronto los profesores se sorprendieron de su inteligencia que a los pocos meses le permitía ya sostener una conversación con sus maestros de latín y por ser mayor que sus compañeros y por la facilidad con que fluían las palabras de su boca, pero sobre todo por el fuego ardiente que había cuando hablaba de temas importantes, empezó a sustituir cuando era necesario a alguno de los profesores ganándose el sobre nombre, al principio como de broma, y luego con toda seriedad entre sus compañeros de: “el maistro”. Así sería ya conocido hasta el fin de sus días, porque encarnaría como pocos de una manera totalmente natural lo que este título significa.

Continuará