Beato Francisco Regis Clet


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17 de Febrero. Beato Francisco Regis Clet.

Un grupo de soldados conducían hacia las afueras de la ciudad de Hou-pe, no lejos de Pekín, a un viejecito de 72 años, mal vestido, encorvado y gastado, pero sonriente. Llegaron al campo de los ajusticiados.

Ya no quedaba más que morir. Sin embargo, en China, morir estrangulado es morir tres veces. Los cristianos habían pagado a los verdugos para evitar que el suplicio fuese tan cruel con este pobre anciano.

Pero fue inútil. A Francisco le quedaba un momento antes de que el verdugo le quitara la vida. Un instante mas para volver a ver los setenta y dos años de vida que se iban.

Francisco Regis Clet había reunido ahora todo lo que quedaba de su vida, todos los recuerdos. Desde el umbral de la muerte lo recordaba todo para ofrecérselo a Dios. Podía ver allá lejos, más allá de estas montañas de China, la querida Francia y aquella ciudad de Grenoble, donde nació el 19 de agosto de 1748. Pudo recordar a su padre, comerciante de tejidos; a su madre; su despedida para ingresar al seminario de la Congregación de la Misión de Lyon. Su ordenación sacerdotal en 1773, sus años de profesor de teología, donde era llamado "biblioteca ambulante". Su marcha a París para la Asamblea general de la Congregación, y su nombramiento de director de novicios.

Francisco se acordó de Vicente de Paúl; siempre ha vivido bajo su ejemplo. Hace ya veintinueve años, poco después del asalto a San Lázaro, besó por última vez sus reliquias. Se acordó de su hermana mayor, María Teresa, que había sido como una madre para los hermanos de la familia Clet. Francisco era el décimo de los quince hermanos. En su recuerdo estuvierFrancisco a la misión del Kiang-si. Más tarde se trasladó al Hou-Kouang, subdividido en las provincias de Bou-pe y Ho-nan, donde había 10,000 cristianos diseminados, refugiados en las montañas por causa de la persecución de 1784 por miedo de las bandas de sublevados contra el emperador. Para tantos cristianos hubo sólo tres sacerdotes, y a veces sólo el padre Clet, caminando de monte en monte, disfrazado. En medio del peligro visitaba a grupos de cristianos, que en veinte o treinta años no habían visto un sacerdote. En los días de descanso confesaba durante nueve o diez horas seguidas. Al final todavía conservaba su buen humor.

A todos los rincones llegaba la fama de su abnegación, sabiduría y santidad. Era considerado como el buen espíritu de todos los misioneros de China.

Francisco se hizo viejo en los caminos, en la administración de los sacramentos y en los escondrijos. Vivió perseguido, sabiendo que el mandarín había ofrecido 3,000 tails y la condecoración nacional por su cabeza. A los 70 años, a punto de ser capturado y estrangulado, tenía Francisco serenidad y coraje para decir que de las cosas de este mundo no deseaba más que un buen reloj de bolsillo.

Pero ahora ya no necesitaba ni este reloj. Se había entregado totalmente a la voluntad del Padre. Veinte meses de prisión con sus tormentos habían pasado y no lograron romper su equilibrio interior. Francisco Regis Clet sonreía mientras esperaba la orden para que el verdugo apretara definitivamente su garganta.

Más allá de las montañas está Francia. Más allá de las nubes está Dios...

El mandarín dio la señal. El verdugo le apretó por tercera vez la garganta, sin miedo, hasta el fin. Francisco Regis Clet parecía sonreír. Así murió.

El día 27 de mayo de 1900 fue beatificado con otros 11 mártires de China.