El bien que no hace ruido

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Londres, 9-XII-2009. Durante el transcurso de una subasta, en la conocida casa Christie’s, un anónimo coleccionista compró por 32,1 millones de euros (29,2 millones de libras esterlinas) un diseño en papel del pintor renacentista italiano, Rafael, titulado “Cabeza de una musa”. Con dicha compra estableció así el precio más alto jamás pagado por una obra en papel del artista italiano, y el segundo precio absoluto más alto de todos los tiempos por una obra moderna. El anónimo coleccionista que pagó los 32,1 millones de euros participaba en la subasta por vía de conexión telefónica.

Roma, 12-XII-2009. Al término de la ceremonia de ordenaciones sacerdotales de 59 legionarios de Cristo, efectuada en la basílica de San Pablo Extramuros, una señora anciana se acercó al Superior de los padres legionarios. La señora llevaba dos bolsas en las manos, y al principio el padre pensó que era una persona que se acercaba para pedirle una limosna. Mas aquella anciana, pobre pero digna, al tiempo que le entregaba las bolsas, le dijo: “sabía de estas ordenaciones sacerdotales aquí en San Pablo. Reciba por favor esta contribución para los nuevos sacerdotes –en las bolsas había estolas y otros paramentos litúrgicos--, que he conseguido con mis ahorros de un año”. El superior de los legionarios de Cristo quedó impresionado por este gesto de fe y de generosidad de aquella anciana. Después ella se retiró y nadie sabía quién era la señora ni de dónde había venido.

En el primer caso, una persona con un enorme poder económico adquiere una obra de arte por una cantidad fabulosa, mediante una simple llamada telefónica. En el segundo, la señora anciana declara que desde un año antes había usado sus ahorros para conseguir los regalos que quería ofrecer a los neosacerdotes. Dos hechos de vida de dos persona anónimas, ocurridos a unas cuantas horas de diferencia y a unos pocos cientos de kilómetros de distancia, entre Londres y Roma. El primer hecho salió puntualmente referido en los periódicos, mientras que el segundo lo registraron sólo los padres que se encontraban en la basílica, después de la ceremonia religiosa.

Hay mucho, mucho bien en nuestro mundo que no hace ruido. Alguien dijo con mucho tino que el bien no hace ruido y el ruido no hace bien. En el acto de generosidad de la anciana de Roma nos parece volver al Evangelio, donde Jesús nos señala el ejemplo de una pobre viuda que acababa de echar unas moneditas en la alcancía del templo. Y Nuestro Señor añade: “En verdad os digo que esa pobre viuda echó más que todos… ella, en su pobreza, echó todo cuanto tenía para su sustento” (Marcos 12, 43). La generosidad de esas almas, que se privan hasta de lo necesario para ofrecerlo a Dios o al prójimo, queda inadvertido para el mundo mas no para Dios, quien ve y conoce el corazón de cada persona.

Seguramente la señora anciana se retiró feliz, después de haber cumplido su misión de entregar al Superior de los recién ordenados sacerdotes legionarios su sencilla, pero muy significativa contribución, fruto de un año de ahorros y sólo Dios sabe de cuántas privaciones personales. Ella lo hizo con el deseo de aportar su regalo a los nuevos sacerdotes consagrados para la Iglesia y la sociedad. Lo grande y hermoso de esta acción no está en el dinero gastado ni en la cantidad de los objetos que pudo conseguir, sino en la magnanimidad de su corazón y en la fe que sabe de ofrecerle a Dios todo cuanto tiene.

P.d.: “Querida señora, su acción no aparecerá seguramente en los periódicos o en algún conocido telediario, pero ha quedado profundamente grabada en el corazón de los nuevos sacerdotes, que le mandan donde quiera que usted se encuentre, su bendición sacerdotal y un gracias de corazón por la lección de fe y de amor que nos ha dado a todos. Sin hacer ruido, usted nos enseña cómo debemos hacer el bien en vez de quejarnos o de lamentarnos por “lo mal que va el mundo”, o porque los demás no cooperan, etc. Al final lo que cuenta es lo que hacemos por Dios y por nuestros hermanos”.