En busca del mundo perfecto

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En busca del mundo perfecto


 

 

Cientos de científicos e intelectuales se habían reunido para preparar el manifiesto por un mundo perfecto.

Allí estaban médicos y biólogos, geólogos y astrónomos, meteorólogos y ambientalistas, economistas y químicos, sociólogos y psicólogos, ingenieros y matemáticos, arquitectos y agrónomos, filósofos y periodistas.

La primera sesión tenía un título atrevido y difícil: “Por la construcción de una mentalidad científica”.

Para ello, un grupo de ponentes subrayó la importancia de eliminar todas aquellas visiones “primitivas” que impedían el desarrollo de los pueblos. Atacaron a las religiones y la magia, la brujería y la superstición, las fábulas y las tradiciones absurdas transmitidas de generación en generación entre personas ignorantes y retrógradas.

Otros relatores preferían formular propuestas positivas. Ese era el tema en discusión: crear en el mundo una mentalidad científica. Para ello, resultaba urgente ayudar a las personas a pensar no en clave de consumo y bienestar, sino en función del respeto hacia las fuerzas que rigen los equilibrios del planeta.

Pero aquí surgieron enormes discrepancias. Unos decían que lo más importante era controlar la población mundial e iniciar un proceso para que el número de humanos quedase reducido a 1000 millones de unidades. Otros decían que el problema no era el número, sino la cantidad de consumo, y que los países ricos deberían volver a sistemas económicos similares a los así llamados países pobres. Otros criticaban los acuerdos internacionales para reducir gases tóxicos por el alto costo que implicaban y porque impedían invertir en la mejora de las condiciones de vida de millones de seres humanos. Otros defendían a ultranza esos mismos acuerdos y consideraban que era sumamente irresponsable ponerlos en discusión ante las emergencias del planeta.

Un grupo de especialistas afrontaba el tema de la presunta superioridad del ser humano respecto a los otros seres vivos de la tierra. Varios científicos declararon que después de Darwin era absurdo hablar de “almas espirituales” y de diferencias profundas entre hombres y animales.

Si todos procedemos de un mismo tronco, si la vida no es más que un proceso casual debido a mecanismos cada vez mejor estudiados, llegaba la hora de dejar orgullos absurdos y discriminaciones “específicas”: la hermandad universal entre todos los animales debía ser implantada a través de acuerdos nacionales e internacionales.

Otros consideraron estas propuestas demasiado radicales y difícilmente proponibles ante tantas personas que mantenían aún ideas filosóficas y religiosas sumamente “anticuadas” (según ellos). Había que ir poco a poco, a través de ataques a las religiones por sus posturas intolerantes y anticientíficas, para que, una vez desprestigiadas, los intelectuales pudiesen imponer en el mundo una perspectiva moderna, atea y verdaderamente justa respecto de los demás seres vivos.

El día pasaba y las discusiones transcurrían entre momentos de mayor consenso y momentos de divergencias profundas. No todos estaban de acuerdo en que tal sistema de riego era bueno o malo, o que los transgénicos podían servir a mejorar el mundo o lo estaban arruinando, o si se podía usar el DDT para combatir la malaria o dejarlo de lado aunque cada año millones de personas fuesen contagiadas por culpa de la picadura de un mosquito...

A pocos metros del salón de congresos, un grupo de jóvenes había salido de la parroquia. Fueron a un asilo de ancianos, con sus guitarras y su alegría. Pasaron con ellos una tarde espléndida: chistes, cantos, lágrimas de alegría, anécdotas e incluso un momento de baile entre los ancianos más decididos.

Es verdad: todos queremos un mundo más perfecto. Unos lo buscan sin Dios, de espaldas a todo lo que consideran como “superado” e inútil, porque no pueden medirlo con sus instrumentos técnicos o sus estudios altamente científicos. Otros lo hacen desde las palabras de Jesús el Nazareno. Un Maestro que nos enseñó a dar un vaso de agua fresca a quien nos lo pide a veces con un silencio lleno de deseos.

La fe lleva al amor, y el amor lleva al servicio. Por eso, también el cristiano sabrá promover estudios y aplicar nuevas técnicas para que el mundo sea un poco más bueno. Pero lo hará siempre desde una certeza profunda: cada vida humana vale mucho, muchísimo, porque ha sido tocada por el Amor eterno de un Dios bueno.