En busca de respuestas

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En busca de respuestasIgnacio SarreNo es fácil combinar la profundidad de pensamiento con la sencillez y la claridad como Benedicto XVI sabe hacerlo. Al publicar su segunda encíclica, Spe Salvi, una vez más ha demostrado ser un maestro en este arte. Una encíclica no busca sólo informar, ni mucho menos pretende entretener o vagamente dejar un mensaje. Consciente de que su voz no es “una más” en el gran coro de la humanidad, el Papa nos está invitando, llamando, interpelando. ¿A qué? A reflexionar, a cuestionarnos, a buscar respuestas.El tema elegido está íntimamente relacionado con interrogantes que calan hasta lo más profundo de nuestro ser. De hecho, en el documento abundan las preguntas directas: ¿De verdad queremos esto: vivir eternamente? ¿Qué es realmente lo que queremos? ¿Qué es realmente la «vida»? ¿Qué podemos esperar? ¿Qué significa realmente «progreso»? ¿Cuándo es «mejor» el mundo? ¿Qué puedo hacer para que otros se salven? ¿Cómo encontramos el rumbo?Benedicto no nos regala simplemente “sus” respuestas. Recurre a lo que Dios mismo nos dice en la Escritura, sobre todo en las cartas de san Pablo, de quien toma el mismo título de la encíclica: En esperanza fuimos salvados. Deja hablar, también, a los Padres de la Iglesia, de los que san Agustín es el más ampliamente citado. Y también da espacio a la experiencia y testimonio de los santos de nuestros tiempos: Josefina Bakhita –una esclava africana que encontró en Dios a su verdadero dueño– y Pablo Le-Bao-Thin –mártir vietnamita que mantuvo la esperanza en medio de terribles sufrimientos–. En todo esto, el Papa combina genialmente su teología con su gran humanidad.Antes de ofrecer su respuesta, Benedicto XVI analiza el pensamiento moderno y la limitación de la fe en el progreso, que “ofrece nuevas posibilidades para el bien, pero también abre posibilidades abismales para el mal”. Los hombres nos hemos creado un tipo de esperanza humana con pretensiones infalibles. Nos hemos creído capaces de instaurar un mundo perfecto. Pero, ¿cuál es la respuesta del Papa? “Necesitamos tener esperanzas –más grandes o más pequeñas–, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios”. A partir de aquí, el realismo de Benedicto XVI nos ofrece algunos “lugares de aprendizaje y ejercicio de la esperanza”. En primer lugar, la oración: “Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios”. Después, nuestro obrar cotidiano y el sufrimiento. Afirma: “Es cierto que debemos hacer todo lo posible para superar el sufrimiento, pero extirparlo del mundo por completo no está en nuestras manos”. “Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido”. Y sentencia: “La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre”... “Esta capacidad de sufrir depende del tipo y de la grandeza de la esperanza que llevamos dentro”. El tercer “lugar” para ejercitar la esperanza es la visión del juicio final. “El Juicio de Dios es esperanza, tanto porque es justicia, como porque es gracia”.En estas páginas, Benedicto XVI nos habla con confianza de la libertad, el sufrimiento, la felicidad, la vida eterna. Temas vitales, esenciales. Nos recuerda que no bastan las esperanzas humanas. Que la esperanza –¡la gran esperanza!– tiene un nombre: Jesucristo, el que puede cambiar nuestra vida. El Papa nos dirige preguntas profundas que esperan una respuesta. Nuestra tarea es encontrar ahora, sinceramente, las nuestras.