En Cada Vida Hay un Milagro

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En Cada Vida Hay un Milagro

Recordemos que cuando los profetas, bajo el influjo de la cultura palestina, piensan y hablan de los vergeles y de los bosques, están haciéndolo desde un contexto en que lo normal es la sequedad, el calor, la infertilidad; situaciones, todas ellas, que el pueblo judío no podía solucionar. Por eso, cuando el Profeta Isaías nos dice que el Líbano está a punto de convertirse en un vergel, y el vergel en un bosque, así como los signos con los que expresa la presencia de Dios, el Día del Señor —los sordos que oyen, los ciegos que ven, los oprimidos que se alegran en el Señor, los pobres que se gozan en el Santo de Israel— está vinculándolo con situaciones que el hombre no puede transformar.

Así es como Dios llega a nuestra vida; muchas veces lo hace a través de nuestras dificultades y problemas. Yo creo que, de una manera o de otra, el acercamiento a Dios, en cada uno de nosotros, no ha sido porque nos pareció bien o porque nos convencimos racionalmente. Cuántas veces nuestro acercamiento al Señor ha sido a través de un momento de dificultad, de cruz, de angustia, de soledad. ¡Cuántas veces hemos sido rescatados por Él, con su mano misericordiosa, de nuestras debilidades!

Así también se van realizando en nuestras vidas los signos de la presencia de Dios, del Día del Señor. Signos que indican que el poder de Dios está por encima de los poderes de los hombres, de nuestras posibilidades; que el poder de Dios es capaz de hacer aquello que nosotros solos no podemos llevar a cabo.

Es muy importante el reflexionar que el Señor quiere venir a nuestra vida para enseñarnos que Él es el que tiene el poder, que es el único que puede realizar lo que a nosotros nos parecería imposible. ¿Quién puede hacer que un ciego vea? ¿Quién puede hacer que un sordo oiga unas palabras? ¿Quién puede hacer que un oprimido se alegre y un pobre goce? Solamente Dios, porque nosotros más bien nos encontramos con que cuanto más avanza la civilización, más difícil es hacer que un corazón dolorido sane, se cure, se libere de sus penas.

Ahora bien, a veces nos podría pasar que se nos acostumbrase el alma a todos los signos de Dios, y que todos los beneficios que el Señor nos ha dado, acabásemos tomándolos como normales. Reflexionemos: ¡Cuánto ha hecho Dios por cada uno de nosotros! ¿De dónde nos ha sacado? ¿Cómo nos ha llamado? ¿Cómo nos ha arropado? ¿Cómo nos ha amado? ¿Cómo se ha ido fijando en nosotros? ¡Con qué delicadeza nos ha ido llevando! ¡Con qué amor, con qué ternura el Señor ha ido haciendo que nuestra vida tenga un constante progreso espiritual!

Si consideramos todo esto, tenemos que darnos cuenta que no es algo normal. El alma no puede conformarse como si esto fuese una situación dada, como algo que no podría haber sido de otra manera, porque no es así. En toda vida hay un milagro, que es el camino de Dios en cada uno de nosotros.

Sin embargo, las obras de Dios en la vida del ser humano requieren, por nuestra parte, un esfuerzo. Nosotros tenemos que acoger, desarrollar y hacer crecer ese don. Y es lo que el Señor en el Evangelio de San Mateo nos dice cuando, antes de realizar el milagro en los ciegos, antes de que se realice el signo de la presencia de Cristo que el profeta anunciaba, les pregunta a los ciegos: “¿Creen que puedo hacerlo?”. Ellos le responden: “Sí Señor”. “Entonces les tocó los ojos y les dijo: que se haga en ustedes conforme a su fe”.

La fe que tengamos en Dios es la única condición que el Señor pone al hombre para salir de los problemas, de las dudas, para enfrentar las dificultades, para crecer en nuestros gozos, para ilusionarnos en nuestras felicidades. La fe como condición de crecimiento, como condición de presencia de Dios. Una fe que es la certeza, en la obscuridad, de que Dios puede hacer todo aquello que nosotros no podemos hacer. La fe es un don de Dios que solos no podemos alcanzar, es por eso que la debemos pedir todos los días como un regalo que Cristo puede darnos.

El salmo 26 dice: "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?”. ¿Puedo yo afirmar estas palabras? ¿Puedo decir que esto es un retrato de mi existencia? ¿Puedo tomar esta frase y hacerla el lema de mi vida?

¡Cuántas veces nuestros problemas de generosidad, de caridad y de entrega, o problemas en el ámbito conyugal, familiar y social no son sino problemas de fe en Dios, porque nos olvidamos de que Él es capaz de caminar por nuestra vida con sus caminos, aunque no los entendamos!

Pongámonos en este Adviento en camino hacia ese encuentro con la fe en Cristo. Una fe que nos lleve a permitirle al Señor realizar en nosotros todos los milagros que Él quiere llevar a cabo. Para que con esa fe seamos capaces de darles a conocer a nuestros hermanos, los hombres, muy especialmente a nuestras familias, todo lo que vamos descubriendo. Y sobre todo, transmitirles que también en sus corazones se puede producir el mismo milagro que se ha realizado, con la gracia y misericordia de Dios, en cada uno de nosotros.

Isaías: 29, 17-24
San Mateo: 9, 27-31