Carta de un hijo a su padre.

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

Es natural que los bebés empiecen aprendiendo dos palabras, las dos son expresiones que reportan al niño seguridad y confianza. Todos indistintamente aprendimos a decir, papá, mamá. Hoy precisamente festejamos a todos los papás, presentes y ausentes.

 

El ambiente reinante muchas veces aprovecha este tipo de fiestas o reconocimientos, sólo para un fin comercial, pero dejando de lado esta connotación banal, materialista y superficial, quisiera hacerme presente en este día, en la que nos viene a la mente esa figura siempre actual y presente del hombre de la casa, “del papá”. Cómo recuerdo con cariño los momentos que conviví en mi niñez y primera adolescencia con mi Padre. Lo recuerdo cercano, exigente, educador y siempre dispuesto a ayudarme. 

 

Cómo quisiera hoy unirme a todos sus sentimientos paternales y poder juntos dar gracias a Dios, por este encargo tan maravilloso, por esta confianza que Dios les ha tenido a darles, y ser instrumentos vivos para educar, formar  y enseñar a sus hijos el arte de vivir, de modelar la figura de Jesús y así encausar y guiar el  alma de sus hijos para que lleguen al cielo.

 

Recibe hoy, papá este mensaje, como quisiera que fuese lo qué tu hijo piensa de ti.

Papá: La imagen de tu presencia está siempre detrás de mis ojos. En todos los acontecimientos importantes, en todas las decisiones definitivas, en todas las enfermedades, tristezas y golpes de la vida. Siempre como el eje, el aguantador, el responsable.
Mi padre es el control de mis fronteras cuando salgo con mis amigos.
Es como las leyes que pregona en la casa y me vienen a la mente en el momento en que más las necesito.
Es la solución de lo que a mí me parece un imposible.
Es el modelo que yo critico por fuera y admito por dentro.
Es el control que a veces lo echo en cara, porque me creo todo un hombre... y luego la vida me demuestra que lo necesito.
Es ese modelo fuerte, seco, sabio, conocedor, que habla sin titubeos y me descubre lo que yo mismo no me atrevo a confesar.
Es ese hombre simpático y bromista, que le quita a la vida ese sello seco y aburrido que tanto detesto.
Es el padre que siempre tiene tiempo para mí y todo lo que me es importante le interesa.
Es como la voz de mando y, sin embargo, nunca contradice a mi madre cuando ella decide algo.
Es el padre que conoce los peligros antes que yo, y me alerta, me previene, me pone en guardia.
Es el padre que lee en mis ojos lo que yo quiero ocultar y adivina de mi corazón lo que no quiero mostrar a nadie. Y así, me va enseñando a crecer poco a poco.
Cuando triunfo, no deja que me envanezca, lo mide por lo que me costado conseguirlo, y por la ayuda que he recibido de Dios.
Cuando fracaso, no me hiere, ni me recrimina, ni me acusa. Me muestra el rayito de luz para seguir y el huequito que siempre deja Dios para reconstruirme, sin quedar más cicatrices que las del amor.
Jamás me abandona a mi suerte, pero tampoco quita todo radio de acción para que pueda realizarme solo.
Siempre está sobre aviso, para llegar a tiempo.
No me amarra las alas: me enseña a volar.
No me disfraza los peligros: me da el alerta para protegerme.
No me mueve los pies: ¡me enseña a caminar!
No me construye el edificio: me pone los cimientos.
No me educa a lo antiguo, ni me deja hundir en lo moderno.
No me impide divertirme, pero me hace entender los niveles, los muros, la fuerza que llevo dentro para cuando sea necesario oponerme.
Se puede no aceptarlo a pie juntillas, pero siempre busca la forma de que nuestras vidas encajen.
Es un hombre de cubierta dura, pero con una húmeda ternura que la ablanda.
Un hombre que parece inflexible, tenaz, indoblegable, pero puerta adentro, tiene incrustado el oro en el corazón y pinceladas de cielo en las ilusiones.
Tiene el tronco recio, pero con una pulpa dulce. La corteza gruesa, pero aterciopelada por debajo.
La cáscara seca, pero derretida la semilla. La voluntad de acero, la vista de águila, ¡y el corazón de niño!
Mi padre es un hombre bueno. Hace bien sin que lo beneficien. Todo lo que me da es con alegría y lo que pone en mi bolsillo pasa como por arte de magia a prenderse en mi corazón.
Leemos en su ejemplo, y su trabajar para nosotros, el mejor libro que puede brindar la biblioteca de la vida.
Quiere darnos una niñez feliz, una adolescencia protegida, una madre respetada y un hogar con orden y dignidad.
No le pesa la carga... más bien parece que Dios se la confió como un "honor".
Mi padre es ese que experimentó lo que yo quiero conocer, y me sirve de maestro.
Es ese que modeló su vida y me sirve de ejemplo.
Es ese que está vinculado a mi vida con un lazo que nadie puede romper.
Lo trato como a un ser "único", un ser dispuesto, vigilante, ayudador, amoroso, que nos quiere y nos cuida.
Lo trato con todo lo humano, lo divino, lo sensible, lo hondo y lo enaltecedor que es tener un padre así.
¡Lo trato como un hijo de Dios! GRACIAS PAPÁ, POR SER QUIEN ERES….GRACIAS PAPÁ POR SER REFLEJO DE DIOS PADRE…..

Por lo tanto, papá manos a la obra, aquí tienes un estupendo programa de vida, una idea muy clara de tu vocación y de tu misión, de lo que Dios y tus hijos esperan de ti.  Estoy seguro que no los defraudarás.