Carta del P. Álvaro Corcuera, L.C. sobre el Año Sacerdotal

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¡Venga tu Reino!

19 de junio de 2009

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

A todos los miembros del Regnum Christi con motivo del «Año sacerdotal» convocado por el Papa Benedicto XVI

Muy estimados en Cristo,

Siempre es un gusto poder escribirles unas líneas y compartir la alegría de ser una familia unida en Cristo. Vivimos un periodo muy intenso del año litúrgico pues hemos celebrado grandes solemnidades como Pentecostés, la Santísima Trinidad y el Corpus Domini, y hoy celebramos la del Sagrado Corazón, que tanto nos ayuda a contemplar el amor de Cristo hacia cada uno de nosotros. Dios no deja de derramar su gracia de modo sobreabundante en nuestras almas y por eso buscamos vivir también con un corazón agradecido y generoso, pidiéndole con humildad el don de formar un corazón como el suyo, en esa oración tan hermosa de la Iglesia: «Sagrado Corazón de Jesús, haz nuestro corazón semejante al tuyo».

El motivo de esta carta es el deseo de que reflexionemos juntos sobre el significado y las implicaciones para nuestra vida del «Año sacerdotal» que el Papa ha convocado y que comienza precisamente hoy, con esta solemnidad del Sagrado Corazón, teniendo como lema: «Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote». 

La ocasión que ha dado pie para este especial acontecimiento es el 150º aniversario de la muerte de san Juan María Vianney, a quien Benedicto XVI proclamará patrono de todos los sacerdotes del mundo. Mejor conocido como «el Cura de Ars», la gran obra de este sacerdote fue haber desgastado su vida por la salvación de las almas. Cuando era joven, antes de ingresar al seminario, se decía: «Si soy sacerdote podría ganar muchas almas para Dios»; ésta era su gran ilusión. 

Fue párroco del pequeño pueblo de Ars durante más de cuarenta años. Ahí se dedicó con intensidad a la predicación, a formar a sus feligreses en la fe, a las obras de caridad y, sobre todo, a celebrar los sacramentos. Sólo Dios sabe cuántos milagros y conversiones tuvieron lugar en su confesonario, en el que llegaba a pasar hasta doce horas en un día ordinario.

El gran secreto del Cura de Ars fue su amor a Dios y el tener su mirada fija en el cielo. En una carta a un primo suyo, le animaba así, hablándole del cielo: «Qué divina felicidad. Ver al buen Jesús que tanto nos ha amado y que nos hará dichosos». Y dicen que pocas horas antes de morir, pronunció estas palabras: «Qué bueno es Dios; cuando ya nosotros no podemos ir más hacia Él, Él viene a nosotros». Toda su vida fue un «ir hacia Dios» y llevar a los hombres a Él.

Cuánto debemos dar gracias a Dios porque, hoy también, Él se hace presente en nuestra vida e ilumina nuestro camino con el testimonio de muchos sacerdotes santos. Misteriosamente, Él ha querido que su gracia nos llegue a través de instrumentos humanos. Cada uno de nosotros puede considerar cómo fue a través de un sacerdote que recibimos el don de la filiación divina y la fe, por el bautismo. Cada vez que queremos reconciliarnos con Dios y renovar nuestra amistad con Él, en la confesión, es un sacerdote quien en nombre de Cristo nos dice: «Yo te absuelvo de tus pecados…». 

Sólo el sacerdote tiene el poder para que, al pronunciar las palabras que dijo Jesús en la Última Cena, se haga presente de modo incruento el sacrificio de la cruz, y el pan y el vino se transformen en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Por eso, para valorar lo que un sacerdote representa basta preguntarnos qué sería de nuestra vida si no contáramos con sacerdotes que nos sirvieran como puentes para llegar a Dios. El Cura de Ars decía: «El sacerdote es algo grande. No se sabrá lo que es, sino en el cielo. Si lo entendiéramos en la tierra, moriría uno, no de espanto, sino de amor».

Quienes hemos recibido esta vocación, sabemos que la grandeza del sacerdocio es puro don gratuito de Dios. No hay mérito alguno de nuestra parte. Al contrario, somos conscientes de que Dios nos llamó, siendo débiles y pequeños, como todo hombre. Experimentamos la desproporción que hay entre lo que somos –hombres, creaturas frágiles–, y lo que representamos –¡a Dios mismo!–; entre nuestras fuerzas y capacidades limitadas, y la misión trascendente que se nos ha encomendado. Con san Pablo, podemos decir: «llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros» (2Co 4, 7). 

O como dice la carta a los Hebreos, somos tomados de entre los hombres y puestos a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios (cf. Hb 5, 1). Ante esta realidad, nos llenan de confianza y nos iluminan mucho las palabras que Cristo nos dirige en el Evangelio: «A vosotros os he llamado amigos… No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 15-16). 

Sabemos que nuestra fidelidad es posible porque Jesucristo es fiel y cumple su palabra, porque contamos con su gracia, su auxilio y su misericordia. Él es el Amigo fiel. El Papa Juan Pablo II, nos decía muy bien: «Tened confianza en Jesucristo, el Amigo, pues Él no nos abandona. Él sostiene nuestro ministerio, aún ahí donde externamente no se alcanza un éxito inmediato. Creed en Él; creed que Él espera todo de vosotros, del mismo modo que un amigo lo espera de su amigo» (Homilía a los sacerdotes y seminaristas en la catedral de Fulda, 17 de noviembre de 1980). 

El sacerdote debe ser siempre una puerta abierta a todos, debe saber escuchar, tratar a cada persona con todo su corazón, dedicando a cada uno el tiempo necesario, amando y acogiendo a todos como el mismo Jesucristo. No da sólo su tiempo, sino su misma vida, sin límite alguno. Se puede decir que su vocación es ser un mártir del servicio al prójimo. Una sola alma vale la pena todo el esfuerzo de un sacerdote. El mundo necesita a Cristo. Todos le necesitamos, porque sólo con Él tiene sentido nuestra vida, nuestros afanes diarios, nuestras alegrías y nuestras luchas. 

Por eso, Dios quiere sacerdotes santos que nos ayuden a encontrar a Cristo. El Papa ha convocado este año sacerdotal «para favorecer esta tendencia de los sacerdotes a la perfección espiritual de la que depende sobre todo la eficacia de su ministerio» (Discurso a los miembros de la Congregación para el Clero, 16 de marzo de 2009). Resuenan aquí de nuevo las palabras con las que Cristo invita a sus apóstoles a permanecer en su amor, unidos a la vid, y a guardar sus mandamientos para dar fruto abundante (cf. Jn 15, 1-10). 

Sólo así el sacerdote puede encarnar en su vida la imagen del Buen Pastor, manso y humilde, con quien el yugo es suave y la carga, ligera (cf. Mt 11, 29-30). Sólo así se puede tener como única recompensa el bien de las almas, sin esperar nada a cambio, reflejando en la propia vida los frutos de la presencia del Espíritu Santo que definen al cristiano: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Ga 5, 22-23). Repasar este texto, en examen de conciencia, le da al cristiano las pautas para ir en el camino correcto. Son signo evidente de que el Espíritu Santo está en nuestros corazones. No son dones para nuestro propio beneficio, sino para compartirlos de modo desinteresado con nuestros hermanos los hombres, sin cansarnos de hacer el bien.

Podríamos pensar que es éste un llamamiento dirigido exclusivamente a los sacerdotes, pero sin duda es una oportunidad para que todos los cristianos cobremos conciencia de esta realidad y veamos de qué modo podemos colaborar para que haya más sacerdotes y sacerdotes cada vez más santos. Para nosotros, como miembros del Regnum Christi, esta iniciativa del Santo Padre representa un deseo de Cristo mismo. El Movimiento Regnum Christi está para «servir a la Iglesia y a sus Pastores, y, desde la Iglesia, servir a los hombres» (Manual del miembro del Regnum Christi, 11). Contar con sacerdotes santos es, sin duda, una de las más apremiantes necesidades de nuestra querida Iglesia. Por eso, quisiera también proponerles algunos medios con los que creo que todos podemos sumarnos a este año sacerdotal, sea individualmente, en familia, en las parroquias o en los centros y obras del Regnum Christi. 

En primer lugar y de modo muy especial, quiero invitarles a que una vez al mes los jóvenes del Regnum Christi organicen en cada localidad una hora eucarística con adoración al Santísimo para pedir al Señor por los sacerdotes y por las vocaciones. Que sean momentos íntimos de oración, de reparación por las faltas y pecados cometidos, de petición de perdón y misericordia, como al iniciar la celebración de la Santa Misa cada mañana. Será algo muy bueno que puedan participar en familia en esa actividad, ya que tanto ayuda rezar unidos, y que inviten también a otros amigos y conocidos. 

Donde sea posible, puede hacerse en una parroquia, de modo que otros fieles se puedan beneficiar también de esa gracia y apoyemos la labor de nuestros párrocos. Dios quiera que logremos que esto se convierta en una tradición, que sin duda nos ayudará a vivir más cerca del Señor y alcanzará muchas bendiciones para toda la Iglesia. 

Este año sacerdotal será también una ocasión magnífica para presentar el atractivo de la vocación sacerdotal y fomentar entre los jóvenes la apertura a un posible llamado de Dios. Sabemos que esto no es tarea exclusiva de los obispos y sacerdotes, sino que los laicos también pueden y deben ser instrumentos eficaces para que un alma perciba la voz de Cristo que invita a seguirle. De hecho, esto es ya una realidad en la Iglesia y en el Regnum Christi. Muchos de ustedes participan en los Círculos de Acción Vocacional o en el programa de Adoración por las vocaciones. 

Otro ejemplo es la labor de los Evangelizadores de Tiempo Completo, gracias a la cual cada año Dios bendice con decenas de vocaciones algunos seminarios diocesanos. Entre los jóvenes del Movimiento, muchos han participado en actividades de discernimiento vocacional y están buscando, con la ayuda de su director espiritual, cuál es la voluntad de Dios sobre sus vidas. Estoy seguro de que las iniciativas para suscitar un mayor número de vocaciones podrán multiplicarse aún más en este contexto del año sacerdotal. El Papa tituló su mensaje para la jornada mundial de oración por las vocaciones, que se celebró el cuarto domingo de Pascua, con palabras que nos llenan de esperanza: «La confianza en la iniciativa de Dios y la respuesta humana».

A continuación quisiera centrar la atención en lo que podemos hacer por quienes ya son sacerdotes. Los miembros del Regnum Christi deben distinguirse por ser apoyo y sostén para todo sacerdote que se encuentren en su camino, sea el propio párroco, un sacerdote amigo de la familia, un sacerdote legionario o de otra congregación religiosa o asociación eclesial, un sacerdote necesitado, que requiera nuestra mayor cercanía y bondad. La motivación fundamental para hacerlo es que todo sacerdote es «otro Cristo», pues por la imposición de las manos su ser ha quedado profundamente identificado con Él y tiene el poder de actuar no sólo en nombre de Cristo sino in persona Christi. Es Cristo mismo quien actúa a través de él. Por tanto, cuando servimos a un sacerdote, servimos al mismo Cristo.

1.Oración y sacrificio por la santificación de los sacerdotes

Además de la iniciativa ya propuesta, todos podemos incrementar nuestra oración y sacrificio por la fidelidad y santidad de todos los sacerdotes, pues sabemos que Dios escucha las súplicas que le dirigimos con fe. No puede faltar entre nuestras intenciones ésta que toca tan esencialmente nuestra vida cristiana. Esta acción, aparentemente imperceptible, es para nosotros, sacerdotes, fuente de fortaleza y de innumerables gracias de Dios. 

La Congregación vaticana para el Clero está impulsando con mucho empeño este auténtico apostolado de la oración, promoviendo la «adopción espiritual»: una persona se compromete a rezar por un sacerdote concreto. Es algo que suelen hacer las religiosas, y cuánto nos ayudan con sus plegarias, pero también los laicos pueden sumarse a este modo de apoyar a los sacerdotes. Les invito también a informarse sobre las indulgencias que el Santo Padre ha concedido para este año sacerdotal mediante un decreto de la Penitenciaría Apostólica; son oportunidades especiales para alcanzar gracias de Dios.

En todas estas oraciones debemos pedir, ante todo, que los sacerdotes seamos hombres de oración, porque un sacerdote es lo que es su oración. En la oración se forma y se define el sacerdote. Por eso, buscamos estar el mayor tiempo posible con Jesucristo ante el Sagrario. La celebración eucarística debe ser el centro de nuestra jornada, lo que marca nuestra vida. Tener a Cristo en nuestras manos y recibirle en nuestro corazón es el don más grande que se nos puede dar. Por eso nos llena de alegría dedicar un tiempo en silencio, sin prisas, para la acción de gracias después de la comunión, después de haber repartido a nuestros hermanos el alimento de salvación, el tesoro de nuestra vida. 

Recordando las cartas a los sacerdotes de Juan Pablo II, tengo presente cómo nos ponía en guardia del peligro del aseglaramiento y de la secularización. Escribía el Papa: «Es la oración la que señala el estilo esencial del sacerdocio; sin ella, el estilo se desfigura. La oración nos ayuda a encontrar siempre la luz que nos ha conducido desde el comienzo de nuestra vocación sacerdotal, y que sin cesar nos dirige, aunque alguna vez da la impresión de perderse en la oscuridad. La oración nos permite convertirnos continuamente, permanecer en el estado de constante tensión hacia Dios, que es indispensable si queremos conducir a los demás a El. La oración nos ayuda a creer, a esperar y amar, incluso cuando nos lo dificulta nuestra debilidad humana» (Carta a los sacerdotes, jueves santo de 1979, 10).

2. Caridad

La caridad es el distintivo del cristiano y virtud fundamental en el espíritu del Regnum Christi. El sacerdote debe ser el hombre que ama y pasa haciendo el bien; el que comprende y sale al paso de su hermano caído, enfermo o solo; el que goza cuando ve que sus hermanos crecen y él disminuye (cf. Jn 3, 30). El sacerdote ama también reparando el Corazón de Cristo por sus pecados y los de todos los hombres. 

Es instrumento de perdón, a través del sacramento de la confesión, en el que las almas se encuentran con Cristo; pero al mismo tiempo se sabe un hombre frágil, necesitado de la misericordia de Dios. ¡Cómo sentimos necesidad de pedir perdón por los pecados, los de los fieles y los de cada uno de nosotros, como sacerdotes!

Hemos recibido tanto amor de Dios, que nuestros pecados nos llenan de un dolor mayor cuando no hemos estado a la altura, cuando hemos podido opacar la imagen de Cristo o cuando no hemos vivido conforme a nuestra condición sacerdotal. Por eso todas las noches terminamos la jornada ante Cristo crucificado, rezando el salmo Miserere: «Misericordia, Señor, hemos pecado» (Sal 50). La forma de reparar es dar la vida por Dios y por los hombres nuestros hermanos, sin cansarnos de hacer el bien.

El sacerdote lucha con todo su corazón por conocer y experimentar la misericordia de Dios para después transmitirla a sus hermanos en el sacramento de la Reconciliación y en ministerio sacerdotal, buscando ser siempre un espejo de la bondad de Dios. Él mismo sabe que esto no es fruto de su esfuerzo personal, sino que es un don recibido del amor infinito de Dios. La corona del sacerdote es presentarse al final de su vida habiendo sido instrumento fiel para llevar muchas almas al cielo. Por eso, el sacerdote es promotor de las buenas obras de sus hermanos. Su alegría hace brillar aún más la belleza de nuestra fe cristiana y de la consagración a Jesús.

En un mundo muchas veces agresivo, la caridad y la benedicencia son todo un reto para nosotros. Estamos llamados de modo especial a difundir con objetividad la buena fama de los sacerdotes, a fomentar el justo aprecio hacia a sus personas y a ponderar sus virtudes. Como decía recientemente el cardenal Cláudio Hummes en una entrevista, se trata de «llevar a los sacerdotes el mensaje de que la Iglesia los ama, los respeta, los admira y se siente orgullosa de ellos» (Zenit, 3 de junio de 2009).

3. Cercanía, gratitud y amistad

El sacerdote, como recordaba el Papa Benedicto XVI el pasado jueves santo, pertenece exclusivamente a Dios. Su corazón está puesto en Dios y, por Él, abierto a todos los hombres. A ellos se entrega y de ellos puede esperar también una sincera amistad. Hay muchos detalles por los que podemos manifestar nuestra gratitud y aprecio a los sacerdotes, especialmente a aquellos que viven solos o en situaciones más difíciles. Es verdad que el sacerdote encuentra una auténtica familia en su Obispo y en sus hermanos sacerdotes, o en sus superiores y hermanos en el caso de los religiosos, pero es de desear que también experimente la cercanía y acogida de los fieles que Dios pone en su camino. 

Por su parte, el sacerdote es por definición el hombre de la gratitud. Se sabe bendecido por Dios. En todo reconoce su mano amorosa y, por eso, todo lo agradece, en todo inspira e infunde confianza. ¿Cómo ser sacerdote sin ser instrumento de paz? El sacerdote no sólo sabe agradecer, sino que está dispuesto a humillarse por el bien de los demás y a ser el primero en reconocer sus propias faltas, sabiendo que es sólo un instrumento. Su misión es la de ser un puente hacia Dios o, incluso podríamos decir, la de ser como un tapete por el que los hombres pasan para llegar al cielo. 

Y por eso, el sacerdote busca desarrollar también esas facetas tan humanas que ayudan a acercar a las almas al amor de Cristo: un trato respetuoso, lleno de bondad y de detalles de cortesía, caracterizado por una auténtica amabilidad, a ejemplo de su Maestro.

4. Disponibilidad, iniciativa y obediencia

Un modo muy concreto de vivir este año sacerdotal es ponernos a disposición de los sacerdotes –por ejemplo, del propio párroco– para ayudarles en todo lo que necesiten y esté a nuestro alcance. La primera manifestación de disponibilidad será acoger sus orientaciones con docilidad y sumarnos con ánimo a las iniciativas de la parroquia y de la diócesis. Aún más, no debemos esperar a que nos pidan ayuda, sino fomentar el espíritu de iniciativa, saber adelantarnos, ofreciéndonos para colaborar de algún modo en las necesidades espirituales, pastorales o materiales de la parroquia o de los fieles.

5. Poner el Movimiento Regnum Christi al servicio de los sacerdotes

Al poner nuestras personas a disposición de los sacerdotes, les podemos ofrecer también el carisma que Dios nos ha regalado. Dios nos ha dado este don no sólo para nuestro propio provecho, sino para servir a la Iglesia y a todos los hombres. Nuestra espiritualidad, nuestra metodología, los recursos formativos, los apostolados y obras deben contribuir al bien de la Iglesia y ofrecer un apoyo incondicional a los sacerdotes. Lo queremos compartir con sencillez, como un don recibido que queremos poner al servicio de nuestros hermanos.

Espero que estas sugerencias les puedan ayudar y que en comunicación con sus directores de sección, las vayan aplicando del modo más conveniente para realizar el mayor bien posible a cada situación concreta. En algunos países contamos ya con centros sacerdotales que están haciendo mucho bien en este sentido. Pueden dirigirse a ellos para obtener ayuda o para compartir las iniciativas que tengan. Vivamos este período de nuestra vida dentro de la Congregación y el Movimiento, como un año de mucha oración, humildad, penitencia y caridad.

Antes de terminar, les agradezco una vez más su testimonio y todo lo que hacen por Cristo y por la Iglesia. Que María les alcance muchas bendiciones y nos conceda a todos la gracia de cada día conocer y amar más a su Hijo. Me despido, asegurándoles un recuerdo en mis oraciones, suyo afectísimo en Cristo,

Álvaro Corcuera, L.C.