Catecismo de la Iglesia católica. Nuestra vocación a la bienaventuranza

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TERCERA PARTE
LA VIDA EN CRISTO

PRIMERA SECCIÓN
LA VOCACIÓN DEL HOMBRE:
LA VIDA EN EL ESPÍRITU

CAPÍTULO PRIMERO
LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

ARTÍCULO 2
NUESTRA VOCACIÓN A LA BIENAVENTURANZA

I.- Las bienaventuranzas

1716 Las bienaventuranzas están en el centro de la
predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo
elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la
posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos:

Bienaventurados los pobres
de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados los
mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que
lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y
sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los
misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los
limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que buscan
la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los
perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda
clase de mal contra vosotros por mi causa.
Alegraos y regocijaos porque vuestra
recompensa será grande en los cielos.

(Mt 5,3-12)

 

1717 Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad;
expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su
Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida
cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las
tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya
incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los
santos.

II El deseo de felicidad

1718 Las bienaventuranzas responden al deseo natural de
felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del
hombre a fin de atraerlo hacia El, el único que lo puede satisfacer:

Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay
nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea
plenamente enunciada. (S. Agustín, mor. eccl. 1, 3, 4).

¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque
al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi
alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti. (S. Agustín, conf.
10, 20.29).

Sólo Dios sacia. (Santo Tomás de Aquino, symb. 1).

 

1719 Las bienaventuranzas descubren la meta de la
existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su
propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero
también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la
promesa y viven de ella en la fe.

III. La bienaventuranza cristiana

1720 El Nuevo Testamento utiliza varias expresiones
para caracterizar la bienaventuranza a la que Dios llama al hombre: la llegada
del Reino de Dios (cf Mt 4, 17); la visión de Dios: “Dichosos los limpios
de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8; cf 1 Jn 3, 2; 1 Co 13, 12);
la entrada en el gozo del Señor (cf Mt 25, 21. 23); la entrada en el Descanso
de Dios (Hb 4, 7-11):

Allí descansaremos y veremos; veremos y nos amaremos;
amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué
otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin? (S. Agustín,
civ. 22, 30).

 

1721 Porque Dios nos ha puesto en el mundo para
conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza nos hace
participar de la naturaleza divina (2 P 1, 4) y de la Vida eterna (cf Jn 17,
3). Con ella, el hombre entra en la gloria de Cristo (cf Rm 8, 18) y en el
gozo de la vida trinitaria.

1722 Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y
las solas fuerzas humanas. Es fruto del don gratuito de Dios. Por eso la
llamamos sobrenatural, así como también llamamos sobrenatural la gracia que
dispone al hombre a entrar en el gozo divino.

“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos
verán a Dios”. Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria,
‘nadie verá a Dios y seguirá viviendo’, porque el Padre es
inasequible; pero su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia
llegan hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios... ‘porque
lo que es imposible para los hombres es posible para Dios’. (S. Ireneo,
haer. 4, 20, 5).

 

1723 La bienaventuranza prometida nos coloca ante
opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus
malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña
que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la
gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como
las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en
Dios, fuente de todo bien y de todo amor:

El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde
homenaje ‘instintivo’ la multitud, la masa de los hombres. Estos miden
la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la
honorabilidad... Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se
puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y
la notoriedad es otro... La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de
hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa), ha
llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un
objeto de verdadera veneración. (Newman, mix. 5, sobre la santidad).

 

1724 El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la
catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los
cielos. Por ellos avanzamos paso a paso mediante los actos de cada día,
sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de
Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios (cf la
parábola del sembrador: Mt 13, 3-23).

Resumen

1725 Las bienaventuranzas recogen y perfeccionan las
promesas de Dios desde Abraham ordenándolas al Reino de los cielos. Responden
al deseo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón del hombre.

1726 Las bienaventuranzas nos enseñan el fin
último al que Dios nos llama: el Reino, la visión de Dios, la participación
en la naturaleza divina, la vida eterna, la filiación, el descanso en Dios.

1727 La bienaventuranza de la vida eterna es un don
gratuito de Dios; es sobrenatural como también lo es la gracia que conduce a
ella.

1728 Las bienaventuranzas nos colocan ante opciones
decisivas con respecto a los bienes terrenos; purifican nuestro corazón para
enseñarnos a amar a Dios sobre todas las cosas.

1729 La bienaventuranza del cielo determina los
criterios de discernimiento en el uso de los bienes terrenos en conformidad a
la Ley de Dios.