Catecismo de la Iglesia católica. El décimo mandamiento

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TERCERA PARTE
LA VIDA EN CRISTO

SEGUNDA SECCIÓN
LOS DIEZ MANDAMIENTOS

CAPÍTULO SEGUNDO
«AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO
A TI MISMO»

ARTÍCULO 10
EL DÉCIMO MANDAMIENTO

No codiciarás... nada que sea de tu prójimo (Ex 20, 17).

No desearás... su casa, su campo, su siervo o su sierva, su
buey o su asno: nada que sea de tu prójimo (Dt 5, 21).

Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mt
6, 21).

2534 El décimo mandamiento desdobla y completa el
noveno, que versa sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del
bien ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude, prohibidos por el
séptimo mandamiento. La ‘concupiscencia de los ojos’ (cf 1 Jn 2, 16) lleva
a la violencia y la injusticia prohibidas por el quinto precepto (cf Mi 2, 2).
La codicia tiene su origen, como la fornicación, en la idolatría condenada en
las tres primeras prescripciones de la ley (cf Sb 14, 12). El décimo
mandamiento se refiere a la intención del corazón; resume, con el noveno,
todos los preceptos de la Ley.

I El desorden de
la concupiscencia

2535 El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas
agradables que no poseemos. Así, desear comer cuando se tiene hambre, o
calentarse cuando se tiene frío. Estos deseos son buenos en sí mismos; pero
con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar
injustamente lo que no es nuestro y pertenece, o es debido a otra persona.

2536 El décimo mandamiento prohíbe la avaricia y
el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo
desordenado nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder.
Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se
dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

Cuando la Ley nos dice: ‘No codiciarás’, nos dice, en
otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos
pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás
saciada, como está escrito: ‘El ojo del avaro no se satisface con su suerte’
(Si 5, 9) (Catec. R. 3, 37).

2537 No se quebranta este mandamiento deseando obtener
cosas que pertenecen al prójimo siempre que sea por medios justos. La
catequesis tradicional señala con realismo ‘quiénes son los que más deben
luchar contra sus codicias pecaminosas’ y a los que, por tanto, es preciso ‘exhortar
más a observar este precepto’:

Los comerciantes, que desean la escasez o la carestía de las
mercancías, que ven con tristeza que no son los únicos en comprar y vender,
pues de lo contrario podrían vender más caro y comprar a precio más bajo; los
que desean que sus semejantes estén en la miseria para lucrarse vendiéndoles o
comprándoles... Los médicos, que desean tener enfermos; los abogados que
anhelan causas y procesos importantes y numerosos... (Catec. R. 3, 37).

2538 El décimo mandamiento exige que se destierre del
corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el
arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía
una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico que, a pesar de sus
numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la oveja (cf 2 S
12, 1-4). La envidia puede conducir a las peores fechorías (cf Gn 4, 3-7; 1 R
21, 1-29). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (cf Sb 2, 24).

Luchamos entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos
contra otros... Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a
dónde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo... Nos declaramos
miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo harían las fieras. (S.
Juan Crisóstomo, hom. in 2 Cor. 28, 3-4).

2539 La envidia es un pecado capital. Manifiesta la
tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de
poseerlo, aunque sea en forma indebida. Cuando desea al prójimo un mal grave es
un pecado mortal:

San Agustín veía en la envidia el ‘pecado diabólico por
excelencia’ (ctech. 4,8). ‘De la envidia nacen el
odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del
prójimo y la tristeza causada por su prosperidad’ (S. Gregorio Magno, mor.
31, 45).

2540 La envidia representa una de las formas de la
tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra
ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el
bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad:

¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien,
alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por
vosotros. Dios será alabado -se dirá- porque su siervo ha sabido vencer la
envidia poniendo su alegría en los méritos de otros (S. Juan Crisóstomo,
hom. in Rom. 7, 3). 

II Los deseos del Espíritu

2541 La economía de la Ley y de la Gracia aparta el
corazón de los hombres de la codicia y de la envidia: lo inicia en el deseo del
Supremo Bien; lo instruye en los deseos del Espíritu Santo, que sacia el
corazón del hombre.

El Dios de las promesas puso desde el comienzo al hombre en
guardia contra la seducción de lo que, desde entonces, aparece como ‘bueno
para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría’ (Gn 3, 6).

2542 “La Ley confiada a Israel nunca fue suficiente
para justificar a los que le estaban sometidos; incluso vino a ser instrumento
de la ‘concupiscencia’ (cf Rm 7, 7). La inadecuación entre el querer y el
hacer (cf Rm 7, 10) manifiesta el conflicto entre la ‘ley de Dios’, que es
la ‘ley de la razón’, y la otra ley que ‘me esclaviza a la ley del pecado
que está en mis miembros’ (Rm 7, 23).

2543 ‘Pero ahora, independientemente de la ley, la
justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas,
justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen’ (Rm 3,
21-22.]. Por eso, los fieles de Cristo ‘han crucificado la carne con sus
pasiones y sus apetencias’ (Ga 5, 24); ‘son guiados por el Espíritu’ (Rm
8, 14) y siguen los deseos del Espíritu (cf Rm 8, 27).

III La pobreza de
corazón

2544 Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a El
respecto a todo y a todos y les propone ‘renunciar a todos sus bienes’ (Lc
14, 33) por El y por el Evangelio (cf Mc 8, 35). Poco antes de su pasión les
mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio
todo lo que tenía para vivir (cf Lc 21, 4). El precepto del desprendimiento de
las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos.

2545 ‘Todos los cristianos... han de intentar orientar
rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a
las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica,
buscar el amor perfecto’ (LG 42).

2546 ‘Bienaventurados los pobres en el espíritu’ (Mt
5, 3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de
belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres, a quienes pertenece
ya el Reino (Lc 6, 20)

 El Verbo llama ‘pobreza en el Espíritu’ a la
humildad voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el apóstol nos da
como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: ‘Se hizo pobre por nosotros’
(2 Co 8, 9) (S. Gregorio de Nisa, beat, 1).

2547 El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran
su consuelo en la abundancia de bienes (cf Lc 6, 24). ‘El orgulloso busca el
poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los cielos’
(S. Agustín, serm. Dom. 1, 3). El abandono en la providencia del Padre del
cielo libera de la inquietud por el mañana (cf Mt 6, 25-34). La confianza en
Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres: ellos verán a Dios.

IV ‘Quiero ver a Dios’

2548 El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre
del apego desordenado a los bienes de este mundo, y tendrá su plenitud en la
visión y la bienaventuranza de Dios. ‘La promesa de ver a Dios supera toda
felicidad. En la Escritura, ver es poseer. El que ve a Dios obtiene todos los
bienes que se pueden concebir’ (S. Gregorio de Nisa, beat. 6).

2549 Corresponde, por tanto, al pueblo santo luchar, con
la gracia de lo alto, para obtener los bienes que Dios promete. Para poseer y
contemplar a Dios, los fieles cristianos mortifican sus concupiscencias y, con
la ayuda de Dios, vencen las seducciones del placer y del poder.

2550 En este camino hacia la perfección, el Espíritu y
la Esposa llaman a quien les escucha (cf Ap 22, 17) a la comunión perfecta con
Dios:

Allí se dará la gloria verdadera; nadie será alabado allí por
error o por adulación; los verdaderos honores no serán ni negados a quienes
los merecen ni concedidos a los indignos; por otra parte, allí nadie indigno
pretenderá honores, pues allí sólo serán admitidos los dignos. Allí reinará
la verdadera paz, donde nadie experimentará oposición ni de sí mismo ni de
otros. La recompensa de la virtud será Dios mismo, que ha dado la virtud y se
prometió a ella como la recompensa mejor y más grande que puede existir:
"Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo" (Lv 26, 12)...Este es
también el sentido de las palabras del apóstol: "para que Dios sea todo
en todos" (1 Co 15, 28). El será el fin de nuestros deseos, a quien
contemplaremos sin fin, amaremos sin saciedad, alabaremos sin cansancio. Y este
don, este amor, esta ocupación serán ciertamente, como la vida eterna, comunes
a todos (S. Agustín, civ. 22,30).

Resumen

2551 "Donde está
tu tesoro allí
estará tu corazón" (Mt 6,21)
.

2552 El décimo mandamiento prohíbe el deseo
desordenado, nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y del poder.

2553 La envidia es la tristeza experimentada ante el
bien del prójimo y el deseo desordenado de apropiárselo. Es un pecado capital.

2554 El bautizado combate la envidia mediante la
caridad, la humildad y el abandono en la providencia de Dios.

2555 Los fieles cristianos "han crucificado la
carne con sus pasiones y sus concupiscencias" (Gal 5,24); son guiados por
el Espíritu y siguen sus deseos.

2556 El desprendimiento de las riquezas es necesario
para entrar en el Reino de los cielos. "Bienaventurados los pobres de
corazón".

2557 El hombre que anhela dice: "Quiero ver a
Dios". La sed de Dios es saciada por el agua de la vida (cf Jn 4,14).