¿Científico es igual a ateo?

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No es raro escuchar quejas contra esas manipulaciones de la historia que llamamos leyendas negras. Incluso a veces pensamos que las leyendas son verdad y que, por ejemplo, Galileo murió en la hoguera, decapitado o ahorcado por la Inquisición. En realidad, tal vez hubo fuego cuando murió. Sí, es fácil imaginar que habría una fogata encendida para calentar el cuarto de su casa de campo, cuando vivía sus últimas horas a sus 78 años, rodeado de discípulos y algunos familiares. Era enero de 1642 y en las afueras de Florencia el invierno era intenso.

Tal vez nos hemos comido, sin darnos cuenta, aquello de que hoy en día los científicos son ateos. En algún momento tal vez lo fueron, sobre todo la en tiempos de la Ilustración. Es emblemática, de hecho, una conferencia de Emmanuel Kant, que invitaba a los hombres ilustrados a “atreverse a saber”, “sapere aude”, y dejar las supersticiones de la religión a la gente poco formada. Sin embargo este prejuicio ideológico, que tanto influyó en su momento, ya está en buena parte superado.

El siglo XIX fue una época de grandísimos progresos en la ciencia y sentó las bases de algunos de los paradigmas aún vigentes. Lobachevski, Lamarck, Darwin y Faraday son algunos de los nombres más destacados en distintos campos de investigación. Incluso podríamos mencionar a Pasteur con sus descubrimientos en la medicina. Nacen, además, los primeros gérmenes de las ciencias humanas que se desarrollarán fuertemente en el siglo XX.

La ideología reinante en este momento se encontraba intensamente influenciada por el ya citado Kant, el empirismo de David Hume, y el positivismo de Augusto Comte. Para estos tres pensadores, lo que conocemos de Dios es incierto y ficticio, fantasioso. Por lo tanto, en una época que buscaba el progreso científico como su mayor ídolo y que pretendía que los libros de ciencia llegaran a ser un reflejo perfecto de todo, absolutamente todo lo que pasa en el mundo, la religión, la fe y lo que tenga que ver con realidades no empíricas (sobre todo de carácter espiritual, pero incluso las realidades físicas que no son inmediatamente sensibles), son imaginaciones o proyecciones que van en contra del verdadero desarrollo científico, cierto, riguroso, metódico, matemático.

Además de este afán de comprobación empírica y de medir todo lo que conocemos, hubo ciertos conflictos con la interpretación de la Biblia que parecían contraponer ciencia y religión.

El más conocido es de Galileo que, incluso quitando todo lo que hay de mito, sí ofrece materia interesante de reflexión en ese punto. Otro ejemplo menos conocido lo tenemos en el campo de la biología y la evolución. Carlos Linneo es el creador de la nomenclatura binomial con la que hasta la fecha clasificamos las especies de los seres vivos. Digamos que nos llamamos homo sapiens sapiens, gracias a este ilustre personaje. Se le considera, de hecho, el fundador de la taxonomía moderna. Sin entrar en profundidad en su pensamiento y en la idea que él tenía de Dios, es muy elocuente su famosa frase que, traducida a nuestra manera actual de hablar, asegura: contamos exactamente el mismo número de especies que fueron creadas al inicio. En otras palabras, creer en la creación y, por tanto, en Dios, le lleva a ver a las especies de los seres vivos de manera estática. Por tanto, cuando se descubre que las especies no son estáticas sino evolucionan, la ciencia se encuentra ante una aparente contradicción entre la revelación y la ciencia. En consecuencia, si la evolución nos explica (según ellos) el origen último del hombre y el Génesis nos dice algo contrario, la Biblia no tiene un valor más elevado que las fábulas de Esopo o el mito de la caverna de Platón. La Biblia es prácticamente ciencia ficción. 

Con todo esto es fácil entender que el anhelo científico reinante en el siglo XIX y los conflictos entre fe y ciencia como el que hemos mencionado, dieron origen a una tendencia atea o agnóstica entre la comunidad científica del momento. Esto no quita que hubo nombres creyentes de gran relieve en aquella época. Aunque poco conocido fuera del ámbito especialista, el beato Francesco Faà di Bruno y su Théorie générale de l'élimination todavía tiene resonancias en las matemáticas hoy día. Son más conocidos Angelo Secchi, sacerdote jesuita, pionero de la astrofísica, y Gregor Mändel (Gregorio Mendel), abad agustino y padre de la genética moderna.

Saltemos a nuestros días, aunque el salto sea brusco y pasemos por alto hitos importantes como Einstein y el Círculo de Viena. Ciertamente si pensamos en los científicos más famosos de nuestros días tal vez nos vengan a la mente los nombres del etólogo Richard Dawkins o del astrofísico Stephen Hawking. Ambos, ciertamente, ateos militantes. Queda claro que la medicina experimental, las neurociencias, o la mecánica cuántica son campos importantes de investigación científica hoy pero detengámonos en la astronomía para no dispersarnos.

El 14 de mayo de 2009 la Agencia Espacial Europea, con el apoyo de la NASA, lanzó la sonda Planck. El satélite, que cuenta con la más alta tecnología, desarrollada expresamente para las investigaciones que está realizando, se encuentra entre los estudios de vanguardia que se están realizando actualmente. El objetivo de la misión es medir con mayor precisión la información ofrecida por las dos sondas que le precedieron el WMAP y el COBE (que consiguió el premio Nobel de Física 2006 a sus creadores, John Mather y George Smoot). Ambas sondas midieron la levísima variación de la intensidad de energía que se dio menos de un segundo después del Big Bang (hace 13.4 billones de años) y que permitió que se formara el universo que hoy conocemos.

El director del proyecto es un físico italiano, Marco Bersanelli. He tenido la oportunidad de escucharle en dos conferencias y es impactante constatar, no tanto su competencia científica (la doy por supuesta en una persona que ocupa un papel de esta categoría), sino su profunda formación humanista y su fe sencilla, profunda y madura. Impacta escucharle citar casi de memoria un buen párrafo de la Divina Comedia y hace ver que, al lado de su formación científica, ha desarrollado también su sensibilidad humana. Vamos, no es el estereotipo de científico enajenado y casi extraterrestre sino una persona íntegra.

Cuando se le pregunta sobre la dificultad que puede tener un científico para creer en Dios dijo, entre otras cosas, que él no cree que hoy el índice de ateos sea más elevado entre los científicos que entre otras profesiones. Lo dice alguien que lo vive desde dentro y no simplemente una de esas estadísticas tuertas, muchas veces tendenciosas. Aceptó honestamente que hay compañeros suyos que no aceptan que Dios existe pero él y otros muchos compañeros suyos no se explican la maravilla del cosmos (que conocen con una profundidad muy considerable en su campo) sin una Persona detrás que procure hacer las cosas bien. Por otro lado, con una gran sensibilidad de espíritu nos decía que le parece tan maravillosa la estructura y el orden de una hoja como la de una gigantesca galaxia a millones de años luz de nuestro planeta.

Hace unas semanas me encontraba trabajando tranquilamente en mi casa cuando sentí un ruido estrepitoso. No supe qué pensar, tal vez era un choque en la calle o, incluso, una explosión. Cuando bajé a ver, me encontré con un frondoso pino, más alto que un edificio de cuatro pisos, postrado y como arrancado de la tierra. Por años había crecido poco a poco, sin ruido. Recordé cómo hace más ruido un árbol cuando cae que un bosque mientras crece.