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ESPIRITUALIDAD CRISTIANA INTRODUCCIÓN Hace
casi dos mil años, pasó un hombre por Palestina que causaba asombro entre los
habitantes de aquellas regiones. Su nombre era Jesús de Nazareth. Los judíos
tenían memoria histórica de hombres extraordinarios, que conocían profundamente
a Dios, como habían sido los grandes patriarcas y los profetas, los jueces y
los reyes y los sabios del pueblo. El pueblo elegido siempre tenía una especie
de predisposición para reconocer a los enviados del Señor. Especialmente en los
momentos más duros de su historia, Dios no se había hecho esperar y había
enviado guías para su pueblo, pero hacía ya mucho tiempo que el Señor no
enviaba profetas ni guías a su pueblo. Había surgido un destello de luz nueva con la
presencia de Juan el Bautista. Pronto la muchedumbre le tomó por profeta y
comenzaron a seguirle, pero él aseguraba que había venido a preparar el camino
a otro, pues él no era la Verdad, no era Aquel a quien debían de seguir (Cfr.
Mt 3, 15-17). Así que la venida de Jesús de Nazareth significó
para los judíos y los habitantes de Palestina, una novedad extraordinaria, la
luz en medio de la oscuridad, una cometa luminosa en una noche sin estrellas.
Todos se dieron cuenta de que Jesús era diferente por lo que decía y por lo que
hacía: "Y quedaron asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como
quien tiene autoridad y no como los escribas" (Mc 1,22; Mt 7,28). Lo
consideraban "un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante
todo el pueblo" (Lc 24,19). Con los hechos demostraba tener poder
sobre las enfermedades, sobre la misma muerte, sobre los pecados y finalmente
sobre el mismo demonio. Ya durante su vida terrena Jesucristo causaba
asombro entre los hombres, todos veían en El algo especial: una sabiduría, un
poder, una vida particular, que aportaba beneficios a todo el que entrara en
contacto con El, tanto en el orden físico, como en el moral y espiritual. Todos
experimentaban una verdadera liberación de sus enfermedades, de sus pecados, de
la posesión del demonio y de la misma muerte. Obraba con gran poder, más aún,
con "el Poder de Dios", o con el "Espíritu de Dios", o con
el "dedo de Dios", según las varias expresiones de los testigos,
recopiladas en los Evangelios. Los hombres se preguntaban sobre El y decían que
era un gran profeta, o el mismo profeta Elías, uno de los más grandes profetas,
que no había muerto, sino que Dios lo había tomado consigo en el cielo. Hasta
hubo quienes, como el apóstol Pedro, llegaron a comprender que Jesús era el
mismo Hijo de Dios hecho hombre. Pero esta oleada de vida nueva que trajo
Jesucristo, que tanto beneficio había aportado a los hombres que se le podían
acercar y que había suscitado tantas esperanzas, llegó a manifestar todo su
esplendor y su potencia benéfica con su muerte cruenta en la cruz y con su
resurrección de entre los muertos, al tercer día. Los discípulos constataron
que "la muerte no había tenido poder sobre El". Más bien con
esa muerte había ganado una condición de gloria, es decir de victoria
definitiva sobre el demonio y la muerte, de plenitud de vida divina, de
eternidad y felicidad. Su capacidad de derramar beneficios hacia todos
los hombres era ahora incontenible; los discípulos se dieron cuenta, a través
de ese signo de Pentecostés, que Jesucristo cumplió aquello que había prometido
antes de su muerte: derramar el Espíritu Santo, el mismo Espíritu de Dios que
vivía en El como Hijo de Dios Padre y como hombre resucitado, sobre ellos y
sobre toda la humanidad. Comunicaba la vida divina, la eternidad a todos los
hombres. Así Cristo instauraba su Reino, el Reino de Dios, al transformarnos en
"hombres nuevos", como es El, hombre nuevo, y al reunirnos en un
pueblo nuevo, en su Iglesia. Estos acontecimientos no fueron solamente para la
gente de aquella época, sino que también los hombres de hoy nos vemos tocados
por los beneficios de Cristo. En efecto, a través del sacramento del Bautismo,
la Iglesia nos pone en contacto con Jesucristo, quien gracias a su muerte y
resurrección derrama sin límites su Espíritu Santo sobre nosotros. Recibimos
así la vida divina, la eternidad, la "vida nueva en Cristo". Nos
transformamos en "hijos de Dios", como Cristo es Hijo de Dios.
Además, no por naturaleza como Cristo, sino por adopción, es decir, por
beneficio concedido también a nosotros, nos transformamos en "hombres
nuevos", en "creaturas nuevas", como dice S. Pablo. Todos los bautizados, forman la Iglesia, el pueblo
de los redimidos, de los hijos de Dios, de los destinados a vivir eternamente
con El. La Escritura usa muchas imágenes para describir la Iglesia y el Reino
de Dios; dice que somos el pueblo de Dios, los elegidos sellados con el sello
de Dios, el cuerpo cuya cabeza es Cristo, la ciudad santa en la que reina
Cristo, el banquete del Hijo al que somos invitados todos, la Esposa que es
elegida y amada por el Esposo que es Cristo, etc. El hombre que ha recibido un beneficio tan grande,
con el bautismo adquiere el compromiso de vivir y acrecentar la amistad y la
unión con Dios, autor de ese don, y de vivir realizando en todas las
circunstancias de la vida la imagen del "hombre nuevo", según el
modelo de Jesucristo. Nuestra vida se ve plenamente comprometida en este
sentido, al habernos encontrado con Jesucristo y al haber recibido sus
beneficios. Esta plena transformación en Cristo, la
realización de la imagen de Cristo en cada uno de nosotros se llama SANTIDAD.
Esta palabra se refiere al modo de ser de Dios. Dios es santo. La santidad que
nos corresponde deriva de nuestra unión con El, y de la transformación que
logremos gracias a esa unión. El cristiano tiene que ser santo, como Dios es
santo. Antiguamente los cristianos se denominaban simplemente "los
santos", precisamente por su relación especial con Dios a través de
Cristo, y por el modo de vivir a imitación de Cristo. La Iglesia nos pide que seamos santos, en este sentido profundo de la palabra: ser cristianos de verdad, ser plenamente coherentes con la amistad recibida de Dios, con los beneficios recibidos en nuestro bautismo. Es importante ser santos de verdad, para no echar en saco roto la obra de Dios en nosotros. Nuestro objetivo principal por lo tanto es esta santidad. No podemos ni debemos renunciar a ella. |
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