Claudia Cecilia

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Claudia Cecilia

Es una chica formidable. Tiene 17 años y vive en una aldea de la Sierra norteña de Sonora, llamada Mazocahui. Por allí el ejército ha apostado retenes de soldados que persiguen a los traficantes de "cristal", la droga más barata.

Pero Claudia Cecilia no sabe que hace ya muchos años, allá por 1646, la corona española embarcó hacia sus tierras soldados y misioneros. Las armas de los primeros sirvieron para aplacar a los Apaches, la raza más agresiva y hostil de las cuarenta tribus que poblaba estas tierras. Cierto día los Apaches saquearon una guarnición española y fueron castigados. En represalia, los pieles rojas atacaron sin piedad, matando y destruyendo. El P. Juan Bautista, amigo de todos los indios, los recibió con los brazos abiertos. Los temibles Apaches respondieron con sus arcos y flechas. Una a una, le clavaron más de veinte saetas. Agonizando y desangrado, el misionero se arrastró a gatas hasta los pies del crucifijo de la misión. Era una talla de gran tamaño, esculpida por los indios órapas. Se abrazó a él. Y murió así, mezclando su sangre con la del Cristo. Ese es el pasado glorioso de estas tierras.

En el avión, los periódicos nos servían como platillos noticias de suicidios y de guerra. Atrás quedaban Europa, el Océano Atlántico y la ciudad de México. Otro avión nos trasladó a Hermosillo. El cambio de horario, de comidas, de presión atmosférica, de aire se hacían notar. La primera impresión fue la de toparme con una tierra casi virgen, inhóspita, en medio de una sierra desértica. Un paisaje casi lunar, pero hermoso. Grandes montañas en la lejanía y desierto a ambos lados de una carretera comarcal pobremente asfaltada. Algunas cruces a los lados mostraban el lugar donde tantas personas habían perdido sus vidas. Sobre el color arenoso de la tierra se asoman algunos paisajes verdes. Noches de luna, con un cortejo de estrellas fieles, brillantes y juguetonas. Noches limpias.

La jornada de Juventud Misionera comenzaba muy temprano y acababa en la madrugada del día siguiente. Después de levantarnos, un suculento y nutritivo desayuno mexicano. Luego, un rato de oración y a recorrer o “visitear” a las familias de estas aldeas. La campana atraía a pequeños y grandes a la capilla. Mientras tanto las misioneras visitaban a las familias, daban catequesis o preparaban a las gentes para los sacramentos. Yo, como sacerdote, confesaba durante todo el día y luego celebraba la Misa. Si había enfermos, los visitaba y les administraba los sacramentos. Así conocía a este encanto de niña.

Claudia Cecilia es… No he visto unos ojos como los suyos. Alguien nos pidió ir a visitarla. ¿En qué calle vive? Una sonrisa contenida nos acompañó, pues allí nos existen nombres ni números. Su casa es pobre, muy pobre. Tiene una cocinita y dos habitaciones. En la primera yace su papá, de 95 años, también en cama, casi inmóvil. A su lado, como un ángel bueno, la mamá cuida de los dos. No se queja. De sus labios brotan palabras de consuelo, de amor, de bendición. Da la impresión de ser del cielo.

-¡Te vienen a visitar estos misioneros, Cecilia, y te traen la comunión!

No pude contener las lágrimas. No sabíamos si era chico o chica, pues desde su nacimiento estaba paralítica, con sus miembros deformados. Su mamá nos dijo que los médicos, por error, en el parto le golpearon la espina dorsal y esto le afectó terriblemente. Llevaba 17 años en cama, de día y de noche. Le saludamos cordialmente, acariciándola, diciéndole que la queríamos, que era importante para nosotros. Logró mover su cuello y nos miró. Nunca he visto una mirada más limpia, más pura, más transparente. Sus ojos negros eran un pozo de luz. El brillo de sus pupilas vírgenes delataba la presencia de Dios en su alma. Era un alma blanca, sin mancha.

Al día siguiente volvimos con todo el grupo de misioneras. Claudia Cecilia nos sonrió. Nuevamente recibió la comunión. Y de nuevo volvimos a sentirnos taladrados por aquellos ojos puros, por aquellos labios silenciosos, mudos desde el nacimiento, pero que siguen gritando que el dolor se puede vivir con amor; que cualquier enfermedad es sufrible y amable si hay fe; que la cruz no es un castigo sino un atajo hacia Dios.

Con lágrimas en los ojos, las misioneras y yo nos despedimos de ella, sabiendo que Claudia Cecilia, seguramente vivirá y morirá, como aquel misionero, abrazada al crucifijo