Clave para la armonía familiar: ¡Nunca criticar!

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Los hijos  lo asimilan todo de sus padres: sus reacciones, su conducta, sus actitudes, sus virtudes y también sus defectos. De ahí la importancia de dar buen ejemplo.

En el tema de vivir la caridad y no criticar a los demás, es algo que se aprende desde el seno del hogar.

C. S. Lewis, el célebre autor inglés de Las Crónicas de Narnia y cuyas obras recomiendo ampliamente por la riqueza de sus contenidos, tiene  otro libro suyo bastante interesante, titulado: Cartas del Diablo a su sobrino.

Trata de la acción del Demonio, que en opinión de este escritor,  ejerce sobre los humanos y que no está lejos de la verdad. 

El autor imagina a un viejo demonio llamado Screwtape que le va relatando, en forma epistolar, a su sobrino Orugario (un joven diablo inexperto) sus experiencias de cómo causar males y  estragos en la tierra.

Hay un aspecto que me llamó particularmente la atención. Le transmite este consejo: el no atacar descaradamente a los humanos porque se espantan, sino en forma discreta e imperceptible, que a la larga resulta más eficaz.

Por ejemplo, le recomendaba, dentro de las familias: el  ir sembrando envidias, insidias, divisiones, murmuraciones, chismes, y sobre todo, mucha desconfianza y recelo entre sus miembros para que se fracture la unidad y no se viva la caridad  entre los esposos ni la filiación de los hijos  a los padres, y menos, la fraternidad entre los hermanos y parientes.

Es como esa gotita pequeña que cae durante mucho tiempo sobre una roca y, al final, acaba resquebrajándola.

Un principio que pienso que en toda familia debería quedar asentado es: nunca hay que criticar a los demás ni permitir que se practique esa nociva costumbre. 

Un símil que me viene a la cabeza para explicar mejor esto, es el trabajo que observamos en cualquier construcción: es más fácil demoler un edificio con esa gigantesca bola de acero desde una grúa; a la tarea de proyectarlo, luego cimentarlo, construirlo y terminarlo hasta los más pequeños detalles. Esto último, lleva mucho tiempo, dinero y esfuerzo.

Criticar no es sólo fácil, sino que envilece a la persona y muchas veces se esconde la cobardía de no  decirle noblemente a la cara a otra persona un aspecto donde debería de corregirse. 

¡Cuántas vidas han cambiado positivamente gracias a una advertencia hecha con afecto, cariño y la noble intención de que el otro mejore en su conducta o en su actitud!

En cambio, con una crítica infundada, se puede destruir la buena fama o el prestigio humano y moral de una persona, que ha cultivado a lo largo de toda su vida.

Desde mi adolescencia, leí unos pensamientos de San Josemaría Escrivá de Balaguer, en su conocido libro Camino, que me han servido de guía y orientación en  este tema de los juicios sobre los demás, uno de ellos dice: “No hagas crítica negativa: cuando no puedas alabar, cállate” (No. 443).

Y aquel otro punto de reflexión en el  que aconseja: “No admitas un mal pensamiento de nadie, aunque las palabras u obras del interesado den pie para juzgar así razonablemente” (No. 442).

En la casa  nuestra, hemos de crear un clima de confianza, de tal manera que todos se sientan comprendidos, respetados, perdonados, porque -por encima de todo-, pretendemos que se respire y se viva un ambiente de profundo cariño.

En síntesis, hay que tener la actitud psicológica de pensar siempre bien o lo mejor de los demás.

Mi Tía Josefina, cuando salía en la conversación, el tema de una persona ausente y de la que    –por las cosas que le había hecho- no podía expresarse elogiosamente de ella, decía invariablemente:

-Mira, no  me hagas hablar ni faltar a la caridad; mejor platiquemos de otro tema.

Ahí terminaba, de forma contundente, el peligro de hablar mal del prójimo.

También, un amigo mayor de la familia, Don Emilio, me daba este útil consejo:

-Cuando vayas a opinar sobre la actuación de una persona ausente, imagínatela a tu lado, como si estuviera presente. Y verás cómo matizas mejor tus juicios y vives una mayor delicadeza en lo que vayas a decir sobre ella.

El gran Clásico de la Literatura Universal,  William Shakespeare, tenía esta frase lapidaria: “Cuida de tus palabras, no sea que malogren tu destino”. 

Vivir la mesura en las palabras y juicios sobre los demás, comenzando por nuestros seres queridos, contribuye  a una grata convivencia familiar, a vivir mejor la justicia y la caridad, y ayuda a evitar muchos conflictos.