El complejo de Superman

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Imagine
usted que de pronto se encuentra en un mundo en el cual todas las cosas
son enormes en comparación a usted. Para lavarse las manos necesita una
escalerilla, pues el lavabo está totalmente fuera de su vista y de su
alcance. No logra hacer que corra el agua pues su mano parece demasiado
pequeña para abarcar la llave. El jabón le resulta más o menos del
tamaño de una caja de zapatos. Milagrosamente aparece un gigante que le
ayuda y entonces está listo para pasar a la mesa del comedor. Intenta
comer sentada pero la mesa es tan grande que el plato de comida está a
la altura de sus ojos y su boca queda debajo de la mesa; decide
hincarse para ganar un poco de altura, y es en esta posición, hincado,
como finalmente puede comer. Los cubiertos y el vaso que tiene ante
usted son tan grandes que le parece manejar herramientas de jardinería.
La cuchara no cabe en su boca, así que come por un ladito de la misma.
Que no se le ocurra ir al baño... el sanitario es tan enorme que todo
el tiempo que permanece sentado teme caer dentro y ahogarse. No puede
escapar del lugar donde se encuentra porque las perillas de las puertas
sólo son alcanzadas por el gigante.

Continúe imaginando... un automóvil en donde al entrar se pierde
contacto con el mundo exterior pues es tan grande que usted no alcanza
a ver por las ventanillas, a menos de que viaje parado o que el gigante
le acomode un asiento especial.

Como el gigante (o giganta, si prefiere) es muy amable con usted y
le ayuda en todo lo que usted no puede hacer, siente una enorme
gratitud con él. También le respeta y teme nada más de pensar en un
grito que saliera de su boca tan enorme o en un golpe proveniente de
sus manotas. Como usted quiere sobrevivir en ese mundo de pesadilla y
se sabe totalmente dependiente del gigante, se siente un tanto
incómoda. Todo lo bueno y lo malo que le suceda será gracias a él o por
culpa de él. ¡¡¡El gigante es poderoso!!!

Más o menos así es como se ha de sentir un niño de uno o dos años
en el mundo real. Su desarrollo cognoscitivo (mental) no le permite
darse cuenta de las cosas de la forma en que usted lo hace en el
supuesto mundo de los gigantes. Sin embargo, sí debe experimentar el
sentimiento de dependencia absoluta y la sensación de encontrarse ante
alguien muy, muy poderoso, cuando se relaciona con un adulto.

Si el niño es afortunado y se encuentra con adultos amables y
cariñosos, sus vivencias serán agradables; pero si los adultos que le
rodean se aprovechan de la situación para manejarlo a su antojo (si me das un beso, te alcanzo las galletas), el niño podría vivir acumulando sentimientos negativos y resentimientos hacia sus mayores.

Afortunadamente para el niño, esta relación de dependencia absoluta
se va resolviendo a medida que crece. La dependencia total (física,
mental y psicológica) se va desvaneciendo poco a poco. La dependencia
física desaparece a medida que el niño se vuelve más capaz, por su
tamaño y maduración, de bastarse a sí mismo. Por ejemplo, aprende a
vestirse solo, a acercar un banco para alcanzar las galletas y pronto
las llega a alcanzar sin necesidad del banco.

La dependencia mental permanece por un tiempo mayor. Al principio es: tú no puedes y además, ni sabes cómo. Luego el tú no sabes predomina sobre el tú no puedes. Es en esta etapa, entre los 5 y los 10 años, cuando se agudiza en los papás el complejo de Superman.

Aunque el niño puede hacer muchas cosas, el papá las hace más
rápido y mejor: Es más fuerte, le pega mejor a la pelota, puede
arreglar el carro y otras cosas, carga cajas muy pesadas, etc. La mamá
también tiene lo suyo: envuelve bien y rápidamente el regalo para la
piñata, hace bonita letra, arregla la ropa descosida ¡¡y puede partir
un huevo sin que se le reviente la yema!!

En cuanto a lo mental, la superioridad de los papás es abrumadora.
Aún recuerdo el día cuando, después de responderle una pregunta a mi
hijo, quien entonces tenía 6 años, exclamó con azoro: ¡Ay, mamá!... ¿cómo le haces para saber tantas cosas?

La sabiduría de los papás es explotada con frecuencia.
Hacemos creer a nuestros hijos que somos seres sobredotados -como
Superman- y aprovechamos su ignorancia para sentirnos muy importantes e
inteligentísimos cuando en realidad lo único que sucede es que con los
años hemos acumulado mayor cantidad de información que ellos. Las cosas
se van al extremo cuando, por no quedar mal con la imagen de Superman o
Mujer Maravilla, llegamos incluso a inventar respuestas para las
preguntas de los niños (al fin que ni se dan cuenta).

Cuando se fomenta demasiado esta imagen falsa e idealizada pueden
surgir dificultades en la adolescencia cuando, gracias al desarrollo,
el joven ya es capaz de evaluar la información que se le presenta.
Cuando se da cuenta de que su papá y su mamá son seres normales, con
errores y defectos, y no los seres superpoderosos que percibía de niño,
puede aparecer un gran rencor y rechazo hacia los padres.

Seamos honestos y verdaderos para con nuestros hijos. Respondamos con un humilde no sé
y ofrezcamos la ayuda para averiguar la respuesta correcta antes que
decirles que llueve porque las nubes están llorando o que los cerros
son tan grandes porque un camión gigante apareció un día y descargó tal
cantidad de tierra en ese lugar.

En la honestidad, en la seguridad de nuestro amor incondicional, y
en el deseo de tener una relación abierta y sincera con nuestros
pequeños, está el verdadero poder.