¿Con quién me voy?

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Esa
tarde salió a flote una vez más la discusión -muy frecuente en esta
casa, de: "Mamá, ¿por qué no te gusta ese programa y por qué no nos
dejas verlo a nosotros? ¡A todas mis amigas sí las dejan!". Esta vez
ella reaccionó de manera diferente. Encendió de nuevo la televisión y
les dijo a sus hijos de cinco, diez y 14 años: "Está bien, vamos a
verlo juntos".

Se trataba de un programa en el que la heroína presentaba, con gran
naturalidad, la infidelidad acompañada de mentiras, engaños, conductas
agresivas y actitudes por el estilo. Esta ocasión el mencionado
programa sirvió de base para establecer una plática en familia respecto
a qué es lo que se busca -o se debe buscar, además de pasar el rato- al
elegir un programa de diversión o entretenimiento.

Después de la prolongada y paciente plática, la familia llegó a la
conclusión de que en esta época estamos expuestos, tal vez más que
nunca, al "bombardeo" de una diversidad de criterios en las que resulta
difícil educar a las nuevas generaciones y enseñarles a distinguir los
límites entre lo bueno y lo menos bueno, lo justo y lo injusto, lo
permitido y lo prohibido.

Esta dificultad no estriba tanto en que haya una diversidad de
criterios y puntos de vista, sino en nuestra "capacidad" para
digerirlos y hacerlos parte de nuestra conducta, o sea, en la formación
o deformación de nuestra manera de pensar de acuerdo a una conciencia
bien formada, o lo que es lo mismo, una conciencia recta.

Esta manera de pensar, o conciencia bien formada, exige de la
persona una cierta coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y
lo que se hace. Por ejemplo, si alguien piensa que ser sincero es
importante, transmitirá esa misma idea a sus hijos y, por consecuencia,
tratará de no mentir ni engañar a los demás.

Esa "voz interior" o conciencia recta, no se adquiere de una vez
por todas, es una capacidad que necesita irse formando poco a poco,
pues de no ser así, se puede ir perdiendo o deformando. Para educar
mejor a los hijos en este campo, es importante conocer cómo va
progresando la formación de la conciencia, de acuerdo a las diferentes
etapas de su desarrollo.

En los niños.

Cuando son niños resulta un poco más fácil ya que a esta edad los
papás son quienes dan la pauta a través de su ejemplo y sus palabras,
es decir, para un niño, algo es bueno o malo, justo o no, de acuerdo a
lo que sus padres opinen.

En los pre-adolescentes.

En el muchacho pre-adolescente las cosas cambian. Él tiende a
actuar basado en lo que ha aprendido, especialmente de sus papás, a
pesar de que no son los únicos que influyen en el desarrollo de su
hijo.

A esta edad (10 a 13 años), es también muy común que actúe por imitar y agradar a sus compañeros de grupo o de "palomilla".

A veces los pre-adolescentes actúan por identificarse con esa
persona que admiran -por lo general se trata de una persona mayor que
ellos: el profesor, el entrenador o el artista del momento.

Sabemos que muchas veces pueden recibir influencias negativas, sin
embargo no por eso debemos aislarlos, sino irles ayudando a formar esa
conciencia recta - a través de pláticas profundas y entrañables - que
les ayudarán a elegir, de entre lo bueno, lo mejor. ¿Qué se puede hacer
para inculcar y para adquirir esta forma de pensar y de actuar?

En primer lugar la reflexión, y a través de ella ser sinceros con
nosotros mismos, para que podamos ser dueños de nuestra persona y de
nuestra forma de proceder, sin que sea el ambiente el que nos lleve.

En segundo lugar la vigilancia constante, día a día porque los
fracasos comienzan cuando se empieza a "aflojar" en los pequeños
detalles y luego éstos dan entrada a fallas mayores.

Hay que tener cuidado porque resulta fácil ir "domesticando" la
conciencia y acomodarla de acuerdo a lo que más nos guste, no tanto a
lo que deba ser.

Para los padres es todo un agradable reto educar en estos
principios, claro que no es muy fácil lograr que los hijos distingan
entre determinados límites en su conducta, sobre todo porque alguna
gente tiende a creer que si una conducta la repiten muchas personas
significa que aquello es bueno cuando eso está muy lejos de ser verdad.

Es un reto, pero cuando se logra a través del diálogo y el ejemplo
constante, los hijos adquieren una conciencia recta que les ayuda a
escoger en cada caso la opción más conveniente, y entonces corresponde
a su voluntad la decisión de ejecutarla en contra de cualquier
obstáculo y con ello obtienen una paz interior y una íntima
satisfacción por su forma de ser.