Con la voluntad a la baja

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Con la voluntad a la baja

Qué feo se siente querer y no poder. Me vienen a la memoria unas palabras de Pablo de Tarso cuando declara: “hago el mal que no quiero”, y cuántas veces he de reconocer que a mi me pasa lo mismo todos los días. Triste realidad tener que reconocer que nuestra voluntad está a la baja.

Constantemente escucho sobre negocios que ofrecen aditamentos para aumentar la velocidad y la memoria del disco duro en las computadoras, y me ilusiono pensando que pudiera comprar algo que aumente mi fuerza de voluntad, y así conseguir aprovechar mejor el tiempo para decidirme a leer todos esos libros tan llenos de sabiduría; como también para poder realizar el ejercicio tan necesario para conservar un buen estado de salud, y tantas cosas más.

¡Cómo quisiera encontrar un libro que lleve por título: “Logre una enorme fuerza de voluntad en diez lecciones sin hacer esfuerzo”! pero todo parece indicar que no va por ahí la solución a mis problemas. Paradójicamente, tener voluntad exige la voluntad de tenerla. Es decir que deberé ejercitarme en continuas renuncias a cosas pequeñas, para llegar a tener una decisión grande; de la misma manera que se construyen los enormes edificios a base de pequeños ladrillos.

Oh cuan errados están aquellos padres de familia que ponen tanto interés en evitarles a sus hijos todo esfuerzo y dolor, pensando que como son pequeños, no pueden resistir ningún tamaño de problemas, y con el paso de los años es precisamente “eso” lo que consiguen, que sus hijos no sean capaces de superar las dificultades que la vida presenta a cualquier persona, y de forma especial cuando se tienen que enfrentar a la vida matrimonial...; y a las exigencias de la paternidad y la maternidad.

Por el otro lado están esos papás que se preocupan por llevar a sus hijos a que practiquen deportes en ligas de futbol, baseball, natación, karate, football americano, y otros más, donde saben que los entrenadores les exigen para dar más de lo que se puede, y demostrarles...: que sí podían.

Ya quisiera yo tener la fortaleza de una bailarina de ballet, de esas que son capaces de resistir horas de duros entrenamientos, para poder hacer lo que hacen, y además, como si fuera fácil. Pero puedo suponer que detrás de ellas hubo también una mamá insistente, de esas que no les perdonan a sus hijas su clase diaria, al igual que una maestra, quizás un poco temperamental, pero con un gran corazón y con el único deseo de forjar bailarinas de gran nivel, y no descansan, -ni dejan descansar- hasta conseguirlo.

Muchos de los casos de depresiones tienen cierta relación con esa capacidad empequeñecida para enfrentar lo que no nos gusta, es decir, que a base de procurar la comodidad desde pequeños vamos acrecentando nuestro umbral de dolor, y así lo pequeño nos parece grande, y lo grande inmenso... e insuperable. Muchas veces no fracasamos porque las dificultades nos superen, sino que nos superan porque nos damos por vencidos antes de enfrentarlas.

La fortaleza, en las competencias deportivas, es una virtud que también lleva a muchos hombres y mujeres al triunfo. Pero todo ello requiere un plan de trabajo, con metas a corto, mediano y largo plazo, donde inmediatamente se trabaja para corregir los errores, y se exige con energía, al tiempo que se anima haciendo consciente al deportista de sus avances y éxitos.

Todos podemos dar un poco más cada día. Por lo menos podemos intentarlo. En nuestro mundo hacen falta ese tipo de héroes que -pasando desapercibidos a los ojos del gran público- van haciendo que las cosas salgan cada vez mejor. Necesitamos líderes, pero para conseguirlo, nosotros hemos de luchar para ser sus formadores... No nos engañemos; no hay otro camino.