Contra la cruz

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Al principio de su extraordinaria novela La esfera y la cruz, el escritor inglés Gilbert K. Chesterton pone al profesor Lucifer y al monje Miguel en una nave que sobrevuela Londres.  

Lucifer —el inventor de la nave— va despotricando contra la religión cuando está a punto de chocar contra la cúpula de la catedral de San Pablo, una esfera en cuya cima se ha implantado una cruz.

El anciano monje impide la colisión y enfrenta, suavemente, al tal profesor Lucifer —defensor del racionalismo— con argumentos a favor de lo que es la cruz para los hombres (para todos los hombres): el signo del más inmenso amor que ha conocido el mundo. Lucifer quiere acabar con la cruz y dejar la esfera. La cruz es paradójica —dice Lucifer—, mientras que la esfera es acabada, perfecta, absolutamente normal. Lucifer quiere que todos vivamos en la locura de la normalidad, mientras que fray Miguel explica que la medida del hombre es la locura de la cruz: la locura del amor total.

Y cuenta la historia de un hombre (parecido a Lucifer) que opinaba también «que el símbolo del cristianismo era un símbolo de barbarie y de sinrazón». 

El hombre del cuento de fray Miguel comenzó por no tolerar el crucifijo en su casa, «ni siquiera pintado, ni pendiente del cuello de su mujer».  

Después, comenzó a enfermar: «quería derribar los crucifijos de los caminos, porque vivía en un país católico romano». Luego, subió al campanario de las iglesias para derribar las cruces que las presidían y el acabose sucedió cuando una tarde de verano, camino de regreso a su casa en el campo, vio que una cerca de madera muy larga era como «un ejército interminable de cruces, ligadas unas a otras de la colina al valle».

El tipo cogió un garrote y derribó el cerco; llegó a su casa, y se dio cuenta que «todas las cosas labradas por el hombre, correspondían con el diseño maldito».  Pegó fuego a su casa y se echó al río.  «Es la parábola de todos los racionalistas como usted —le dijo fray Miguel a Lucifer—.  Empiezan rompiendo la cruz y concluyen destrozando el mundo habitable». Y es lo que está pasando hoy en Europa y en el mundo, porque el odio «racional» a la cruz es el odio real a la vida.