Conversión de Alec Guinness

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

La biografía oficial del actor británico Alec Guinness, muerto hace 10 años, destaca el papel de Dios en su vida y su proceso de conversión.

Ha aparecido en inglés la biografía oficial del actor británico Alec Guinness, fallecido el año 2000. Guinness fue ídolo de toda una generación por su papel del maestro jedi Obi Wan Kenobi en La Guerra de las Galaxias, pero antes ya se había hecho un enorme prestigio en el mundo del cine, con un Óscar en 1957 por su papel en El puente sobre el Río Kwai. El biógrafo, Piers Paul Read, presta en esta obra (Alec Guinnes: the authorized biography), una atención especial a la fe católica del actor, la fe de un converso en la que siempre encontró consuelo y crecimiento. 

Hijo de madre soltera y bebedora

 La infancia de Guinness no fue fácil: nació en Londres en 1914, nunca supo quién fue su padre y vivía en pensiones con una madre que apenas se preocupaba de él. De ella confiesa dolorido:

— Mi madre era una puta... Se acostó con toda la tripulación del yate de Lord Moyne en la Regata Cowes y, cuando dio a luz, llamó Guinness al bastardo, pero mi padre fue probablemente el maldito cocinero.

Vendía su cuerpo, bebía y robaba. Madre e hijo sumidos en la pobreza, compartida durante cuatro años con un padrastro violento, el militar escocés David Stiven, que prestó el apellido a Alec. 

Pese a la dureza de su infancia completó la escolaridad primaria. Eso sí; soñando con los escenarios y el cine, por eso estudió interpretación teatral. Como reacción a esta infancia, cuando años después Guinness triunfe, desarrollará un cierto dandismo, un puntillismo famoso en círculos artísticos y un gusto por los trajes elegantes y las compras exquisitas. 

 En su época de estudiante Guinness conoció los ambientes turbios de la homosexualidad e incluso experimentó inclinaciones en este sentido, aunque parece ser que las resistió. El biógrafo recoge su amistad con el director Peter Glenville, un católico convencido, que sin embargo mantuvo una relación homosexual de por vida a la vez que reconocía la necesidad de confesarlo, arrepentirse y seguir la enseñanza de la Iglesia. Guinness escribió que este tipo de pasiones “podían controlarse, si no curarse, mediante la oración, el arrepentimiento y la gracia de Dios”. 

Tras la escuela, trabajó un año en una firma publicitaria y después empezó a formarse como actor. En 1934 John Gielgud  puso en marcha su exitosa carrera con el papel de Osric en Hamlet. 

 La andadura religiosa 

Durante la Segunda Guerra Mundial Guinness adoptó el anglocatolicismo, la rama ritualmente más parecido al catolicismo de la Iglesia Anglicana. Según escribió, la religión anglicana era “un baluarte psicológico contra las incertidumbres de la guerra y el miedo al futuro y me mantuvo por el buen camino”. Incluso, después de casarse, jugó un tiempo con la idea de hacerse sacerdote anglicano. 

A los cuarenta años Guinness escribe en su diario: 

       “Mi alma, mi cuerpo, mi cerebro languidecen necesitando religión. El mundo es demasiado inhóspito e inexpresivo sin un sentido de adoración”. 

Escribe: 

“Quería ver el catolicismo en su aspecto más tétrico y menos simpático. Por lo tanto decidí ir unos días a un monasterio trapense, donde casi siempre hay silencio y se dice que la vida es desolada... Pusieron a mi disposición un monje para charlar con él cuando quisiera. El padre Robert Hodge había sido sacerdote anglicano en Dartmouth, tenía 50 años y no muy buena salud. Poseía un gran encanto y resultó ser casi un charlatán, siendo yo el que me refrenaba, salvo para hacer preguntas. Cuando los monjes celebraban la Santa Misa en privado, había como un sentimiento reverencial de Dios expandiéndose, como si llenara cada rincón de la iglesia y del mundo.

Cuando su hijo Matthew cayó enfermo de poliomelitis, Guinness hizo el pacto con Dios de convertirse si el chico se recobraba: Matthew se curó y Guinness se convirtió. Así lo explica en su autobiografía Blessings in Disguise (1985), aunque Piers Paul Read y otros señalan que fue en realidad un paso más en un deseo lento pero tenaz de vivir y crecer en fe. 

A partir de ese momento, Guinness devorará las obras espirituales del cardenal Newman, de Chesterton, de Hilaire Belloc, de Knox, de Carlos de Foucauld y de santa Teresa de Ávila. En uno de sus diarios apunta un pasaje de las Revelaciones del Amor Divino, una de las visiones de la beata medieval Juliana de Norwich:

Vi una cosa pequeñita en la palma de mi mano, del tamaño de una avellana, redonda como una bolita. Pensé, ¿qué será esto? Y se me respondió: “esto es todo lo que ha sido hecho”. Me maravilló como podía mantenerse y no caer en la inexistencia por su pequeñez. Se me respondió: “se mantiene, y se mantendrá siempre, porque Dios lo ama”. 

A Guinness le cautivó esta visión y en su caja de maquillaje llevaba siempre una avellana, que era lo primero que sacaba y ponía en la mesa del camerino al llegar a un teatro. 

Un actor contra los pecados de la lengua

 También era un lector devoto de san Francisco de Sales, patrón de escritores y periodistas. Guinness tenía una innegable capacidad para hacer daño a la gente con comentarios hirientes, y luchaba por no decir más mofas y ofensas,  ya que “el pecado de la lengua es el peor que podemos cometer contra nuestro hermano. Guinness  decía a un amigo: “Voy y vengo y vuelvo a empezar en mi vida religiosa, pero se profundiza, creo, y rezo y confío”.

Consciente de sus fallos

 Guinness era muy consciente de sus pecados, “dolorosos, cuando no ridículos o aburridamente repetitivos”. Fue consciente de sus fallos y de hecho la mayoría de sus papeles en cine o teatro trataban el tema del fracaso, fuese como soldado o espía, oficinista o vendedor, científico o noble en desgracia. En su vida espiritual, su reconocimiento de esta debilidad y su dependencia de los sacramentos fortaleció su fe. 

 Guinness fue amigo de sus amigos, generoso y fiel a su esposa. Sin embargo, siempre se mostró desdeñoso e hiriente con cosas que eran valiosas para ella, sus libros infantiles, sus ilustraciones, su cocina. Su esposa Merula veía estos fallos como resultado de su dandismo compulsivo y los perdonaba. “Según unos cuantos de sus amigos más cercanos, mientras Alec mantenía su viejo y difícil yo, era Merula quien ganaba en sabiduría y bondad, adquiriendo el genio de la santidad que había eludido a Alec”, escribe en esta biografía Piers Paul Read. 

“Con todas las contradicciones de su maquillaje, siempre hubo un núcleo de verdad allí en el medio que fue lo que reconocí cuando nos enamoramos por primera vez. Supe que siempre podría confiar en él”, escribió Merula tras la muerte de su esposo, una de las figuras públicas más conocidas del catolicismo público inglés en el arte del s. XX. En su palmarés quedaba el Oscar de 1957 al mejor actor y un Globo de Oro por El puente sobre el río Kwai; el premio honorífico de la Academia en 1980 por su contribución cine; sus nominaciones al Oscar como actor principal por The Lavender Hill Mob en 1951, y también las nominaciones como actor de reparto por La guerra de las galaxias en 1977 y Little Dorrit en 1988.

Bendiciones con disfraz

Alec Guiness es el autor de uno de los libros más extraordinarios. Recurramos a “Bendiciones con disfraz” ("Blessings in Disguise")  título de la primera parte de las memorias del actor.

Llevaba Guinness tiempo dándole vueltas al tema del catolicismo, cuando en una ocasión, iba andando por un remoto camino rural de la campiña francesa vestido de cura, con sotana pues por aquel entonces rodaba una película del Padre Brown. En fin, allí estaba el bueno de Alec, sumido en sus pensamientos, mientras paseaba inconsciente del hecho que no había cambiado el "traje de actor", cuando se le acercó un niño pequeño y le dio la mano.  Él lo narra así: 

 Era de noche. No estaba lejos, cuando oí unos pasos ligeros y una voz chillona, saludando: “¡Padre, Padre!”. Un chico de unos siete u ocho años me tomó de la mano, apretándola con fuerza, la balanceó y se puso a hablar sin parar. Estaba lleno de animación, saltaba, brincaba y no me soltaba. No me atrevía a hablarle por si le asustaba mi espantoso francés. Aunque yo era un completo extraño, él creía que yo era un sacerdote y, por tanto, alguien de fiar. De repente, con un “Buenas tardes, Padre” y una especie de reverencia lateral, desapareció por un agujero en un seto. Había dado un alegre y seguro paseo hasta su casa y a mí me dejó una extraña y tranquila sensación de júbilo.

Mientras seguía mi paseo, reflexioné acerca de que una Iglesia que era capaz de inspirar una confianza tal en un niño, haciendo que sus curas, aunque fueran desconocidos, sean abordables, no podía ser tan intrigante y tenebrosa como se suele pensar. Empecé a desprenderme de mis prejuicios, adquiridos hacía mucho tiempo...

         Algunas frases están tomadas del libro: Carlos de Foucauld y convertidos del siglo

        XX, de José Luis Vázquez Borau y Jacinto Peraire Ferrer. Edibesa. Colección

        “El camino de Damasco” n. 6, Madrid 2009.