Cooperación interreligiosa

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     Si en la antigüedad los diversos credos religiosos aparecían como antagonistas o por lo menos competidores, en el panorama del tercer milenio la perspectiva parece cambiar, y se inclina más bien a que entre ellos se genere una profunda colaboración, en beneficio de la sociedad. La realidad va mucho más allá de la conocida frase de Hans Küng: “no habrá paz en el mundo hasta que no haya paz entre las religiones”; no se trata solo de “dejar en paz”, sino de colaborar juntos en orden al bien común. Esta afirmación se opone directamente a uno de los postulados del pensamiento débil, ahora tan en boga: “la religión esconde una forma de intolerancia, cuando no de violencia, por lo que se la debe controlar y encerrar en la conciencia, si no es posible erradicarla como nociva para la sociedad”.

     Benedicto XVI a lo largo de su pontificado ha buscado resaltar más lo que las religiones tienen en común y no lo que las distingue, sin renunciar tampoco a esto último como elemento de su precisa identidad. Ha creado todo un movimiento de unidad y colaboración que ha servido, y seguramente servirá más en el futuro, como un dique frente al secularismo y al laicismo. Ambas corrientes amenazan con diluir el hambre espiritual que anida en el corazón humano, con el consiguiente empobrecimiento de horizontes para la vida del hombre y la sociedad en su conjunto.

     Lo ha hecho de nuevo en Gran Bretaña durante su visita oficial. Afirmó, por ejemplo, como es labor de las religiones recordar que “la dimensión espiritual de nuestras vidas es fundamental en nuestra identidad como seres humanos”, en medio de un ambiente que se empeña en ahogarla, desprestigiarla, o anegarla en medio de la ola de materialismo, erigida en el horizonte y la aspiración última de la existencia humana. La religión, la religiosidad en general tienen la misión de recordar que esto no es así, el hombre no se debe conformar con tan poco, y por el contrario, debe y puede aspirar a más: “la genuina creencia religiosa nos sitúa más allá de la utilidad presente, hacia la trascendencia. Nos recuerda la posibilidad y el imperativo de la conversión moral, el deber de vivir en paz con nuestro prójimo y la importancia de llevar una vida íntegra. (...) Nos motiva a cultivar la práctica de la virtud y a acercarnos a los demás con amor, con el mayor respeto por las tradiciones religiosas diferentes a las nuestras".

     El Papa está empeñado en disolver el falaz vínculo entre religión e intolerancia, mostrando que la auténtica religión conduce a una profunda comunión interpersonal, y en consecuencia, es una de las fuerzas que generan unidad y paz dentro de la sociedad. Si en algún caso no ha sido así, el Papa o bien reconoce el error, o bien invita a una purificación de la religión a través de la razón y el diálogo; las patologías religiosas son eso, patologías, y como tales deben ser curadas. En los diversos diálogos con las tres religiones monoteístas siempre ha incidido en que la religión es una fuerza de paz y justificar la violencia en el nombre de Dios es blasfemo.

     Así  por ejemplo al responder la interesante y lógica pregunta de si “¿se puede hacer algo para mostrar a la Iglesia como institución más creíble y atractiva para todos?", desconcierta con la respuesta, por su amplitud de horizontes y el consiguiente efecto de unidad y comunión a que avoca los diferentes credos cristianos: “Diría que una Iglesia que busca sobre todo ser atractiva, estaría ya en un camino equivocado. Porque la Iglesia no trabaja para sí, para aumentar los propios números, el propio poder. La Iglesia está al servicio de Otro, sirve no para sí misma, para ser un cuerpo fuerte, sino para hacer accesible el anuncio de Jesucristo. Si anglicanos y católicos ven que no sirven para sí mismos, sino que son instrumentos para Cristo (…), si ambos siguen la prioridad de Cristo y no de sí mismos, entonces van juntos. Porque entonces la prioridad de Cristo los une y no son ya competidores, cada uno buscando el mayor número, sino que están juntos en el compromiso por la verdad de Cristo que entra en este mundo, y de este modo se encuentran también recíprocamente en un verdadero y fecundo ecumenismo".

     El Papa supera cualquier vestigio de “eclesiocentrismo” o de “excesivo espíritu de grupo”, adoptando una perspectiva por un lado sobrenatural, de fe –el mensaje no es mío, sino de Dios, y por tanto no dispongo a mi antojo de su contenido, ni busco a toda costa ser aceptado, para no desvirtuarlo-, y por otro de comunión. En efecto, si cada confesión cristiana busca servir a Cristo, y si el camino de ese servicio es el hombre concreto, trabajarán de la mano para reavivar esa raíz sobrenatural ínsita en cada corazón humano. El ecumenismo se hace trabajando juntos a favor del hombre concreto y de la sociedad, mostrando que es un empobrecimiento humano reducir el horizonte de la persona, excluyendo el ámbito de lo sobrenatural y trascendente; es decir, haciendo frente común al secularismo dominante. Es interesante y “profético” que el Papa diga esto precisamente en Inglaterra, uno de los focos difusores del secularismo en el mundo actual.