Cuando la fidelidad marca la diferencia

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La fidelidad, hoy en día es un término que ha perdido valor y sentido, sin embargo es una virtud que está al alcance de todos y que tiene infinitas expresiones en cualquier campo de la vida humana, para enriquecernos y hacernos buenas personas. Es fiel el amigo que no vuelve la espalda a los suyos en los momentos de dificultad, más aún los acompaña y les brinda todo su apoyo moral y material. 


Es fiel el novio que ni de lejos juega con el amor de su prometida, sino que lo cultiva con los pequeños detalles de cariño y afecto: la invita a salir, la respeta, evita lo que le molesta.

Es fiel el esposo que, después de una larga aventura de años y años con su mujer, cada mañana le brinda la misma frescura de su amor en su beso de “¡Buenos días!”. Reina entre los dos un ambiente de total confianza porque saben que son fieles y ninguno fallará.

Es fiel el hombre consagrado que cada mañana se presenta ante su Señor con una sonrisa en los labios y un sincero “Gracias por el nuevo día. Aquí estoy para hacer tu voluntad”.

Nadie es verdaderamente fiel por temor al castigo. Esto no sería auténtica fidelidad. La fidelidad es un compromiso que nace de lo más hondo de nosotros mismos. Es un “conozco las consecuencias y quiero, con todo lo que implique…”. El hombre fiel es el que confirma su opción fundamental con cada una de las pequeñas decisiones que forman el entramado de su existencia. Es un hombre libre que aceptó y sigue aceptando, que amó y sigue amando. La fidelidad es la confirmación diaria de un sí que no pertenece al pasado. 


Los frutos del que es fiel no se hacen esperar. La felicidad profunda y la alegría verdadera vienen a constituir el fruto más evidente de la auténtica fidelidad. El hombre fiel es maduro, sincero, trabajador, realista. Hay una coherencia entre lo que es y dice ser. 


Ser fiel es creer, confiar, amar…, sufrir con resignación, aguantar con paciencia, esperar contra toda esperanza, luchar sin desalentarse, empeñarse en la meta, apasionarse por el ideal, perseverar en medio de las más atroces dificultades… para corresponder a otro que primero nos ha sido fiel. Para nosotros, cristianos, ese Otro se escribe con mayúscula y su nombre es Jesucristo. Le dejo esta historia, que espero les ayuda a confiar y valorar cada acto de fidelidad.

 

Fue en el año de 1912. La señora Straus y su esposo eran pasajeros del Titánic en el fatídico viaje. No muchas mujeres se hundieron con el barco, pero la señora Straus fue una de las pocas que no sobrevivieron por una sencilla razón: no podía soportar separarse de su marido.

 

Así es como Mabel Bird, la sirvienta de la señora Straus, quien sobrevivió al desastre narró la historia después de su rescate:

 

“Cuando el Titánic comenzó a hundirse, los primeros en pasar a los botes salvavidas fueron las mujeres y los niños dominados por el pánico. El señor y la señora Straus estaban tranquilos, consolaban a los pasajeros y ayudaron a muchos a entrar en los botes.”

 

“Si no hubiera sido por ellos”, declaró Mabel, “me hubiera ahogado. Yo estaba en el cuarto o quinto bote salvavidas. La señora Straus me obligó a entrar en el bote y me cobijó con algunas frazadas gruesas”. 

 

El señor Straus suplicó a su esposa que subiera al bote salvavidas con su sirvienta y los demás. La señora Straus comenzó a hacerlo, y con un pie ya en la borda, de pronto cambió de parecer, se dio la media vuelta y regresó al buque que se hundía.

 

“¡Por favor, querida, sube al bote!”, suplicó su esposo. La señora Straus miro profundamente a los ojos del hombre con quien había pasado la mayor parte de su vida, el hombre que había sido su mejor amigo y siempre un consuelo para su alma. Se aferró a su brazo y acercó el cuerpo tembloroso de su esposo al suyo.

 

“No”, se dice que la señora Straus respondió desafiante. “No me subiré al bote. Hemos estado juntos durante demasiados años. Ahora somos viejos y no te dejaré. A donde tú vayas, yo iré”.

 

Amigos míos: Ahí fue donde se les vio por última vez, parados, brazo con brazo, sobre la cubierta, a esta devota esposa, abrazada valerosamente de su esposo, a este amoroso esposo estrechando protectoramente a su esposa, al hundirse el barco... Juntos por siempre. Una fidelidad incondicional.