Cuando te digo: "Quiero hacerte feliz"

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Cuando te digo: "Quiero hacerte feliz"

Desear el bien es desear felicidad. Desear el bien para otra persona es buscar su felicidad. Haremos esta reflexión en la forma directa, como si un novio o una novia lo estuviera diciendo: “Cuando me preguntan por qué me caso contigo, lo primero que me viene a los labios es “porque quiero hacerte feliz”. Pero, enseguida reflexiono más en profundidad y me viene la pregunta: “¿qué significa hacer feliz a una persona?”. En nuestro caso “¿cuál es la felicidad que te prometo y para cuya consecución me comprometo para toda la vida?” Sé que tengo que superar un modo de ver meramente pragmático, fruto, como nos dice el Papa, del positivismo agnóstico y utilitarista de nuestro tiempo, que es incapaz de reflexionar “metafísicamente”. Tengo que llegar al misterio de tu persona.

Yo sé que hay felicidad y felicidades. Un vestido nuevo, un viaje, los hijos, nuestra vida conyugal... constituirán momentos de felicidad y en nuestro matrimonio buscaremos estas cosas. Sin embargo, yo sé que estas felicidades nunca te harán feliz totalmente, definitivamente. Hay algo en ti que no se llena con nada de lo que es creado, finito, limitado, temporal. Tu tienes una capacidad infinita y yo quiero que se te llene. Sigue siendo verdad lo que San Agustín decía después de haber disfrutado muchas cosas: “Tú, Señor, nos hiciste para ti e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti”. Esto te lo aplico también a ti.

Es la felicidad completa la que quiero para ti. Esto es el objetivo último de mi compromiso: el bien total y definitivo de tu persona. No busco que estés bien... sino que busco tu bien, y el Bien Total. Esta es la meta a largo plazo que tomo como compromiso y a la que prometo ser fiel. Prometo hacerte feliz, sí, pero no sólo con las felicidades pasajeras y necesariamente limitadas de todos los días, sino que quiero alcanzarte la Felicidad con mayúscula.

Yo sé que no soy capaz de darte esta felicidad total que anhelas, pues yo también la busco, yo también soy mendigo de ella. Entonces, ¿qué te puedo ofrecer? Me comprometo a acompañarte en el camino y en la búsqueda de esa felicidad que nada ni nadie te podrá quitar.

Eres una persona, amada por Dios por ti misma; yo también te quiero en la totalidad de tu ser; quiero tu bien total. Por eso, te quiero para siempre, para toda la vida, hasta que alcances tu meta. Para mí, este ideal vale la pena y las penas que pudiera implicar. Por eso me atrevo a decirte: "en lo próspero y en lo adverso". Con esa expresión te estoy diciendo que te amo tanto que quiero tu bien total y te prometo fidelidad hasta que lo logres. Ni siquiera la adversidad me hará renunciar a este amor, a este objetivo, a este compromiso.

Si la pareja se ama así, con esta profundidad, tendrá fuerzas para superar las dificultades. En la vida, cuando tenemos una gran meta, los problemas se hacen más llevaderos y mas relativos. Así es también en el matrimonio. La pareja que tiene una meta, un objetivo suficientemente grande como para justificar los sacrificios del camino, encontrará razones para ser generosa. En el caso del matrimonio es la felicidad total de la persona amada lo que justifica los sacrificios que exige el don de sí mismo. Ser capaz de un amor así es la prerrogativa del ser humano hecho a imagen y semejanza de Dios. En este don de sí mismo encuentra su propia plenitud también, pues no hay mayor realización que amar de esta manera.

La fidelidad a ese don exige renovarse todos los días. La fidelidad es una permanente creación: es sentir siempre la frescura del primer amor.

El hombre es, en cierta manera, un ser condenado a crear. La creación es para él una obligación igualmente en el terreno del amor. Con frecuencia el verdadero amor no llega a formarse a partir de materiales prometedores de sentimientos y de deseos. Sucede incluso lo contrario cuando materiales modestos producen a veces un amor verdaderamente grande [...]. Pero semejante amor no puede ser sino obra de las personas y de la gracia [...] participación escondida del Creador invisible que, siendo El mismo amor, tiene el poder, a condición de que los hombres colaboren, de formar todo amor [...]. Por lo cual el hombre no se ha de desalentar si su amor sigue caminos tortuosos, porque la gracia tiene el poder de enderezarlos 1.

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1 Amor y Responsabilidad, p. 153